El hombre necesita transcender, ir de un ámbito a otro, es su destino, caminar hacia delante y ver más allá de sus horizontes, adentrarse en el misterio y buscar en lo desconocido. El hombre es un ser que se compone de sensaciones, y a través de ellas actúa; se pinta, se esculpe y se escribe con sensaciones, se pintan se esculpen se escriben sensaciones. Estas traspasan la esencia del material elegido y se transforman en materia, se produce un proceso de transformación. La materia se vuelve en elemento de expresión del ser creador, éste como artista transciende el hecho creativo en comunicación con lo inefable, se produce el acto de revelación y nuestra mirada se vuelve hacia el interior, donde la experiencia estética se torna en espiritual. La dimensión mística de la materia en el hecho pictórico nos desvelara los secretos de una realidad que está mas allá, nos lleva a preguntarnos qué sabemos en verdad, quienes somos y qué hay dentro de nosotros. La pintura nos enseña a ver una parte del sentido del mundo que de otra forma nos sería muy difícil de ver y comprender, aunque éste sea inexpresable no implica que no exista, sino que nos recuerda la incapacidad del lenguaje para abarcar toda nuestra experiencia. La pintura rastrea aquello que, de otra forma, no podríamos expresar pero que interiormente sabemos que también existe.
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