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Íntimas convicciones. El hombre y sus creencias

Sabine Weiss. El hombre y sus creencias

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Héctor Fouce

Los humanos son, en esencia, el resultado de sus creencias. El creer se anticipa al hacer para definir quiénes somos, Pero en nuestra sociedad contemporánea, creer es un acto desvalorizado, una reminiscencia de lo antiguo; en las sociedades modernas no hay creencias, sino opiniones, argumentos, posiciones, puntos de vista. La verdad, y más aún la verdad ciegamente aceptada, parece no ser un tema central de unas sociedades que se imaginan a si mismas como espacios de raciona­lidad, de debate, que se quieren cientifistas y rechazan que haya lugares a los que no llega el intelecto o el empirismo y que es conveniente dejar en la penumbra.

 

Sin embargo, los individuos y los grupos humanos resisten tercamente esta imagi­nada modernidad libre de creencias. Las fotografías de Sabine Weiss vienen a ser la huella de esa persistencia, una continuidad que iguala y emparenta a hombres y mujeres de diferentes lugares, de diferentes tiempos, de diferentes contextos y frente a distintos dioses. Cada ser humano tiene su historia y su individualidad, pero al tiempo están hermanados en su mirada expectante ante el infinito y lo desconocido.

 

La ambición por desterrar las creencias irracionales formaba parte del programa de la Ilustración, pero también estaba en ese programa el deseo de poner al hombre en el centro de la creación. Este humanismo marca la fotografía de Sabine Weiss: su objeto de atención no son los dioses, sino lo que los humanos hacen ante ellos. Comportamientos, agrupaciones, espacios y lugares, objetos y momentos. Estos son los elementos que pueblan las fotografías de esta exposición.

 

En el fondo, el trabajo profundamente humanista de Weiss en busca de cómo los humanos manifiestan sus creencias es, como en tantos otros fotógrafos de esta corriente estética, filosófica y ética, un estudio casi antropológico sobre lo que los humanos somos. La definición clásica de Tylor explicaba que la cultura era un todo complejo que incluye el conocimiento, las creencias, el arte, la moral, el derecho, la costumbre y cualesquiera otros hábitos y capacidades adquiridos por el hombre como miembro de la sociedad. ¿Cuántos de estos elementos están ausentes en las fotografías de Sabine Weiss? En ellas vemos a sacerdotes y pastores ante los altares, pero también los objetos del culto que hermanan la utilidad, el simbolismo y la esté­tica. Vemos a hombres y mujeres en sus rutinas cotidianas permeadas por lo religioso.

 

Un hombre descansa a la sombra con un rosario sobre las rodillas; un grupo de musulmanes, ajenos a la funcionalidad de las cabinas de teléfono y a lo poco cálido del espacio, rezan mirando hacia La Meca; una pareja, enmarcada entre la televisión y el papel pintado op art, ha extendido sus esteras para orar. Actitudes espirituales que se desarrollan en medio del día a día, en plena modernidad, en contraste con esos circunspectos gurús indios, con apenas cuerpo, en medio de la nada, haciendo nada. Lo religioso es un amplio velo que cubre desde los instantes y actitudes más sublimes hasta los actos más insignificantes de lo cotidiano: el cura que patina en el hielo envuelto en su sotana o las monjas que ríen bajo sus tocados mientras hablan por teléfono no son más que extremos de esta evidencia. Las ropas, las actitudes, las corporalidades, los actos de muchos seres humanos arrancan en una creencia que impregna, de forma más o menos consciente, cada momento de sus vidas, como ese joven monje budista que juega con el gato y el aro o los otros dos que barren las calles.

 

La creencia es también el resultado de un aprendizaje, explícito a veces, más expe­riencial otras. Los niños y los jóvenes pueblan las fotos de Weiss: niños que miran los iconos religiosos sin entender nada, niños que parecen esforzarse en creer, niños que juegan ajenos a la solemnidad del espacio en el que están, niños que hacen sus tareas escolares de religión, lápiz en mano; las creencias espirituales se transmiten de generación en generación, mantienen una continuidad que la cambiante piel de la historia no es capaz de asegurar. Esos niños que visitan las iglesias con sus padres o que comparten sus rituales están recibiendo, posiblemente sin darse cuenta, un legado que crea lazos con lo que han sido sus antepasados. Los ritos cambian, los mitos pasan de padres a hijos, tal vez modificados, tal vez distorsionados, pero mantienen la línea continua de las historias allí donde la historia con mayúsculas solo apunta discontinuidades.

 

Una de las razones por las que la modernidad ha rechazado el papel central de la creencia espiritual es su resistencia al dogmatismo. Nuestra historia reciente está llena de ejemplos de cómo el fanatismo no trae sino destrucción, miedo y muerte. De nuevo la visión humanista de Weiss viene a combatir este lugar común: en sus fotografías lo espiritual es una vivencia interior que no entra en conflictos. A menudo, como muestran de forma irónica algunas de sus imágenes, las creencias se solapan o simplemente se ignoran mutuamente para asegurar su coexistencia. El vendedor de flores del cementerio vive al tiempo, y con naturalidad, experiencias encontradas: frente a él pasa el dolor por la muerte y el mensaje moral de la iglesia, pero no parece ser óbice para enfundarse una camiseta con un dibujo de marcado tono erótico. En otro lugar, alguien parece no tener suficiente con sólo una creencia, y abraza varias en busca de mayor protección: junto a las herraduras de la buena suerte está colgado un rosario, como si el poder de uno solo de los objetos no alcanzase a reparar su fragilidad ante el destino.

 

El futuro como interrogante, la muerte como misterio, el infinito como límite de la comprensión racional, asoman también en las fotografías de Sabine Weiss. El hombre postrado de rodillas frente a la angosta esquina de una habitación dorada resume esta mirada de la fotógrafa, que viene a dar cuenta de la inutilidad del mirar frente a estas grandes preguntas. A falta de un horizonte para la vista, no queda más salida que mirar hacia dentro, en busca de respuesta que a la larga siguen sin ser contestadas. De ahí la intensa presencia de los libros en las fotos de Sabine Weiss: quienes se afanan en entender los libros sagrados no hacen más que contener por un instante la estupefacción que produce lo inestable de las seguridades cuando uno se asoma al abismo de lo inefable.

 

Quedan, como asideros, los objetos y los lugares. Las pequeñísimas estampas que decoran la casa de adobe compartida con el ganado, o los dos palitos que forman la cruz que sujetan unas manos gastadas. La cámara de Weiss es capaz de moverse desde esos gestos minúsculos hasta las liturgias, hasta los instantes en los que el poder de la religión se funde con el poder militar, como esa impactante imagen en la que cinco legionarios velan al Cristo crucificado. Quizás en la inmensidad de ese espacio vital que va de la vela militar a las manos que sostienen una frágil cruz esté la razón de la persistencia de la creencia en un mundo que quiere imaginarse libre de ella.

 

 

 

Texto facilitado por la Galería y/o Sala de Exposiciones

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