Agenda de Arte

María Teresa Martín Vivaldi, En la orilla, 25x20, gouache spapel
Evento finalizado
21
abr 2017
Sin fecha

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Descripción de la Exposición

A María Teresa Martín-Vivaldi - No quiero recordar aquel tiempo donde el sol ni tan siquiera reinaba pues no había nada sobre lo que regir. Todo era vacío; todo era nada; nada era mi mundo. No voy a pensar en los días que llegaran sin pausa, y mis bóvedas caladas de luz y aire se cerrarán al más oscuro mundo de los ciegos o, aún peor, se abrirán al infinito espacio de los deslumbrados. El pequeño pinzón vive en el lento bosque de madroños y encinas, al oriente de la charca grande, donde millones de príncipes encantados saltan y se deleitan con el deseo de que nunca llegue la impertinente Infanta a romper las normas, donde se tejen tapices trasparentes, de los que Atenea recela. A ras de agua y cielo el microcosmos es ajeno a la lectura reflejada de la bóveda celeste. Y él, desde el palco preferente de la rama seca del castaño, busca las mejores luces entre la tupida hiedra que se enreda por los troncos ásperos. Volar de vez en cuando hasta donde el hombre cree que pone límites a la Naturaleza, donde la Vega extiende sus términos. Los surcos de las huertas se retuercen con "tasquivas" para calmar el brío del agua. Las cañas se clavan entre terrones señalando al cielo, como picas nobles de los invencibles tercios. Llegar hasta el jardín consentido por las hespérides, acariciar los pétalos del ciclamen, detener el tiempo desde el granado y buscar el dolorido álamo blanco que apenas tiene ganas de aguantar otro invierno de escarchas. - No me invento tierras, ni las exporto de Morfeo, tan solo vivo en los lugares cotidianos que los demás no miran. Hay luz en la sombra y color en la tierra. A María Teresa Martín Vivaldi los árboles si la dejan ver el bosque. Observando su obra hay que recordar las palabras de John Ruskin: "Mientras que la forma es absoluta.... El color es totalmente relativo. Cada tono de toda la obra es alterado por cada pincelada que se añade en otros lugares... Nos gusta, del mismo modo que nos gusta una melodía en música." Pero es precisamente esa relatividad la que hace que su obra sea más legítima. La naturaleza no se articula de forma imperiosa, sino que se encuentra, como la policromía, condicionada por una serie de fenómenos posibles o relativos. Prodigios que se esperan, y a veces se ausentan, o aparecen por la puerta de atrás. Y lo cambian todo, provocando la distorsión encantadora del ecosistema. Marite, como un hayku japonés (poema de diecisiete sílabas), nos define de forma refinada el momento concreto al que se refiere la escena, donde el ciruelo florece, el almendro estalla o la nieve nos cubre. Arte y naturaleza se unen en la perfecta imperfección de lo transformable. Como piensa Gombrich, Martín-Vivaldi transforma las tendencias mitológicas de la historiografía romántica por los nuevos procesos que imperan en su tiempo. Así, "El Nacimiento de la Primavera" de Botticelli no conlleva una lectura más profunda o detallada que su obra titulada "Claros en el Bosque". Argumentos idénticos con diferentes figurantes. Las luces caladas entre las ramas apenas llegan al blando suelo de hojas muertas. La consciente composición que alterna espacios retraídos con primeros planos, puede ser tan solícita como los paños que ondean sobre el cuerpo de la diosa. Y el color relativo de la naturaleza se acerca tanto a la verdad como se separa de la misma el mito prerromántico. El color, innato, pero sin romper la nomenclatura lógica de la policromía, transitando al límite de lo imaginado por el decoroso academicismo. Marite rompe esquemas sin destruir principios, renueva los renglones estéticos de la elegancia plástica. No oprime la paleta a la básica mirada de quien no observa y todo lo ve gris. No desborda pigmentos más allá de lo que no ven sus ojos, su mente o su espíritu, ni desemboca en los "fauves". Martín-Vivaldi reinventa vanguardias sin el propósito de acomodarse en ellas, valorando como pocos lo legado, y adaptando como nadie lo aprendido. - Otro día se va muriendo. Entre dos luces regreso al refugio abierto a las estrellas. Me guían las luces de las libélulas y el canto de los grillos. Al joven lagarto le ha sorprendido la noche, y a golpes de azada, los hombres, abren las compuertas de las acequias. El agua inunda la tierra, y yo me duermo en mi vieja rama de castaño. Ceferino Navarro

Actualizado

el 21 abr de 2017 por ARTEINFORMADO

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