Juan Manuel Puente, s/t, 2014. Collage/papel, 40x33 cm. – Cortesía de la galería Cornión
09
feb 2018
03
mar 2018

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Cuándo: 09 feb de 2018 - 03 mar de 2018
Inauguración: 09 feb de 2018 / 20:00
Precio: Entrada gratuita
Dónde: Cornión / La Merced, 45 / Gijón, Asturias, España
Organizada por: Cornión
Artistas participantes: Juan Manuel Puente Rivero
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Etiquetas:
Publicada el 09 feb de 2018      Vista 8 veces

Descripción de la Exposición

Puente después de sí Toda exhibición retrospectiva de obra plástica tiene algo de círculo cerrado, de proyecto cumplido, de totalidad esférica. Y si bien la producción de un artista está siempre en proceso, y por ello esa tarea no ha de darse jamás por concluida, cuando un creador decide meditarla, organizarla y mostrarla es bajo el convencimiento de aglutinar en esa escena lo genuino y orgánico que la integra, su evolución y desarrollo, sus ejes y vectores dominantes, lo que ha vertebrado y dotado de carácter a esa indagación catártica en la materia. La exposición “De tierra y silencios”, que el verano de 2016 reunió, en la sala Robayera de Miengo que fundara y dirigiera durante casi treinta años, la gran muestra global de Juan Manuel Puente, evidenció de manera nítida la condición que el trabajo de un creador digno de tal nombre debe poseer para diferenciarse del aficionado, el disperso o el francotirador: la de haber construido un conjunto coherente, orgánico, original y personal devenido de la vocación y la fe en la pintura y presidido por un pensamiento ético-estético que, mudable en el tiempo como todo aquello que ahonda y progresa, se ha mantenido fiel a unos principios rectores que conectan su labor con aquellas que han sido las turbinas eternas del pensamiento universal, las perennes cuestiones metafísicas, las dimensiones esenciales, el origen y la finitud, la aspiración al infinito, el anhelo de perdurabilidad y el fracaso del Ser que constituyen su caída en el Tiempo y esa muerte total que es el olvido. Juan Manuel Puente es un artista que acomete, amalgama y doma la materia hasta lograr una aleación distintiva. Es él quien configura, dominando lo dado para hacerle expresar lo pretendido. Sus paisajes imaginarios, sus catas en la tierra del inicio y del fin, sus perspectivas horizontales que declaran inabarcables magnitudes son ingrediente cocinado, removido, batido y sublimado en su laboratorio minucioso. Y si el cuadro es la “cosa” fabricada, el ideario del artista lo acredita dotándolo de un sentido que cala y se abisma más allá de la representación —que, en puridad, no existe— e incluso más allá de la evocación o la sensación recibida. Es Puente el dueño de una obra que se mira y se piensa, que nos mira y nos piensa desde ese falso estatismo de lo imperecedero, de lo que no prescribe con la novedad y no declinan tiempos ni costumbres, pues es médula, meollo; es fundamento y núcleo. El componente físico de la función creativa puede y debe adecuarse a las necesidades de expresión o de acción, al ámbito y las condiciones del trabajo. El ideario, en una personalidad artística con la constancia y determinación de Puente, permanece vigente. La materia puede ser densa o dúctil, rugosa o plana. Puede ser amasada, moldeada, fundida o troquelada. Puede ser imprimada o adherida. Lo material puede ser definido mediante líneas o polígonos geométricos, o bien quedar disperso en grumos, escurridos, apiñamientos y drippings. Lo tangible puede ser mezclado en el culo de una botella de plástico, o cortado con cutter en la superficie plana de una cartulina escolar. No hay materiales pobres ni más nobles; noble o pobre solo es su tratamiento bien responda a un pensamiento estético legítimo o al vacío lúdico del ingenio y la mercadería; bien lo consolide un aliento humanista y metafísico como el de Puente, o los juguetes cromáticos que colonizan los parques de atracciones del arte-espectáculo. En esta exposición Juan Manuel Puente es él después de sí. Con un corpus pictórico afirmado en su manera densa y reflexiva de pintorpintor, habiendo demostrado su autoridad, sabiduría y oficio, el artista se reinventa en esta combinatoria de planos geométricos que, más allá de dotar de un nuevo acento a su labor, incide con una inédita forma en lo arraigado de su principio estético: sobriedad, sencillez, penetración, armonía, la presencia de cuanto es inefable, la aspiración a aquello superior. Esta colección de ensamblajes constructivos está más cerca de la pintura que del collage. Su materialización es impecable. Los cortes, bordes, acoplamientos, son precisos hasta la imperceptibilidad. Las piezas carecen de la información caótica ilustrada tan frecuente en el procedimiento que popularizaron los cubistas. Carecen de argumento, de narratividad o de anécdota. Los preside el mismo impulso trascendente que motiva y sustenta la obra plástica de Puente, sus grandes lienzos. Este impulso se apoya en la austeridad de su gama cromática, limitada, proclive a la introspección —la belleza absoluta del negro, la destacada ausencia de colores estridentes—. La razón estética de estas composiciones es paralela a la de sus paisajes, tierras u horizontes. Moderación, pensamiento, emoción contenida, observación, escucha. Hay algo de italiano metafísico, o de ruso suprematista, pero no es más que anecdótico. La divisa minimalista «Menos es más» parece ser su leitmotiv intrínseco. En puridad estas combinaciones transmiten un supremo equilibrio, orden que las dos dimensiones geométricas refuerzan. Trasladan depurada claridad. Con una reservada inquietud: algunas verticales rompen el techo del dibujo, se escapan de ese orden hacia una dimensión más alta, de valor espiritual, quizás inasequible. El conjunto se organiza como una seriación de variaciones rítmicas. Progresa con la cohesión interna de un libro de poemas. Con la sucesividad de los fotogramas de una cinta cinematográfica, que proyectados a velocidad standard fueran mutando unos en otros. Hay un secreto dinamismo entre las piezas y dentro de sí mismas, pues producen un raro efecto de tridimensionalidad. Juegos de sombra y luz que varían según la percepción del observador, que abren huecos y puertas, que ofrecen repliegues y plisados. No son bultos estáticos. Algo hay de templo, o de refugio, de cosa cóncava, en esas falsas construcciones planas. Generan su luz propia, y a todas esa luz se les escapa por sus puntos de fuga hacia un espacio externo, más allá o más arriba. El pensamiento grave de Juan Manuel Puente logra aquí arrinconar su adhesión a los temas mayores del Barroco, Tiempo, Caducidad o Descomposición. Su exposición “Mirar, pensar el horizonte”, donde la línea recta hablaba ya de exactitud, incitaba metafóricamente a trasponer cualquier obstáculo, un impulso intuitivo que en esta colección se consolida abriendo un nuevo espacio luminoso en la mística propia del artista. Juan Manuel Puente nos tiene acostumbrados a un modelo expositivo orgánico, circular, cohesionado. Un principio ideológico rector y un tratamiento estético en donde prevalece la estructura global sobre el valor individual de cada pieza. Alguna vez hicimos referencia al “efecto capilla” —por la rothkiana “Houston Chapel”, en Texas—, la construcción de un ámbito concordante con el espíritu íntimo de lo acogido. Esta colección de piezas también íntimas da fe de ese propósito. El principio rector es la armonía, la bien ganada paz espiritual, la serenidad en la superación de las preocupaciones ontológicas. Pero también la construcción. A nadie escapa la profunda naturaleza “constructiva” de esta muestra de Puente. No se construye en vano un ideario, un pensamiento crítico, un resultado artístico, una existencia. Viktor Frankl escribió: “El hombre que se hace consciente de su responsabilidad ante el ser humano, o ante su obra inconclusa, no podrá nunca tirar su vida por la borda. Conoce el “por qué” de su vivir”. Y Puente, con responsabilidad de creador, construye, “se” construye. Después de sí mismo, se prosigue. En su exposición antológica de Robayera había algo, quizá, de “fin de mundo”. Porque Puente se estaba sucediendo a sí mismo. Y Puente después de sí, después de la inmersión en las cuestiones trascendentes, el origen y el fin, “el lado de la vida no visible” —como quería Rilke—; después del pesimismo de la tierra, de la problemática fugacidad, de las solicitudes del horizonte, pero desde su mismo ideario humanista y metafísico ahora sobrepasado en claro y diáfano, crea una nueva obra presidida por una nueva forma. Rafael Fombellida

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el 09 feb de 2018 por ARTEINFORMADO

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