Agenda de Arte

San Román, Construcción del azud, 1900-1905
Evento finalizado
26
feb 2009
22
mar 2009

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Descripción de la Exposición

La mayoría de las imágenes expuestas pertenecen a los fondos fotográficos de Iberdrola, en la actualidad agrupados en el Archivo Histórico de Ricobayo, en Zamora, y en los Archivos Generales que tiene la Empresa en Bilbao. Dichos fondos atesoran el material fotográfico registrado en el entorno de cada una de las obras acometidas, fundamentalmente tomas que en origen se realizaron por encargo directo de los ingenieros para cumplir con la necesidad de ilustrar sus memorias de obra y documentación empresarial. Las imágenes fueron realizadas por distintos fotógrafos profesionales, entonces denominados fotógrafos industriales, como el reputado Fernando López Heptener (1902-1993), que estuvo especialmente vinculado a la Compañía en sus años de mayor actividad constructiva, o el célebre Juan Pando (1915-1992), así como por los propios ingenieros que, cámara en mano, registraron algún evento o momento memorable de su labor. Las fotografías que se pueden contemplar en la muestra introducen al espectador en un conmovedor paseo visual gracias al cual se puede atisbar algo de lo que supuso aquella magnífica y monumental transformación de la cuenca del Duero en un área geográfica productora de electricidad. Un arriesgado e ingenioso proyecto que supuso la transformación del país hacia una sociedad moderna y desarrollada. De entre toda la selección realizada por la Fundación Iberdrola son destacables las imágenes de la construcción de las centrales y presas de San Román, Ricobayo-Esla, Villalcampo, Castro, Saucelle, Aldeadávila y Villarino. Asimismo, la exposición que alberga la Sala Municipal de Exposiciones de la Iglesia de las Francesas de Valladolid es un reflejo de la historia de grandes emprendedores, magníficos visionarios técnicos y empresariales, como el genio e inventor Federico Cantero Villamil (1874-1946) o el gran empresario y visionario José Orbegozo (1894-1939), cuyos esfuerzos son, en buena medida, la base de la realidad actual de la cuenca del Duero como fuente de energía eléctrica. Comisario: Gerardo F. Kurtz

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EL POTENCIAL DEL RÍO DUERO

 

La revolución eléctrica que tuvo lugar a partir del último cuarto del siglo XIX cambió para siempre la faz de los negocios y la forma de vida de las gentes en todas las partes del mundo, y España no constituyó una excepción a esta regla sino más bien lo contrario. El problema de la energía como factor determinante de la localización industrial quedó eliminado con el avance de esta innovación, y con ella se abrió la posibilidad del desarrollo económico a países y regiones que hasta entonces habían quedado al margen. Al comenzar el siglo XX, eran ya una realidad en territorio español las empresas que se habían atrevido a introducirse en el nuevo campo de la hidroelectricidad, buscando el aprovechamiento eléctrico de la energía de los ríos mediante la construcción de saltos de agua que, según pasaban los años, aumentaban en altura y complejidad técnica.

 

Hidroeléctrica Ibérica, fundada en 1901, fue una de las pioneras. Pocos años después, el transporte de la corriente a elevadas tensiones facilitó el envío de la energía a grandes distancias, y esto llevó a ingenieros y hombres de negocios a buscar nuevos emplazamientos para saltos de agua en lugares que hasta entonces quedaban demasiado lejos de los principales emplazamientos industriales y de consumo. El río Duero asomó entonces como una atrayente posibilidad.

 

El descubridor del enorme potencial hidroeléctrico del Duero y sus afluentes fue, sin lugar a dudas, el ingeniero e inventor zamorano Federico Cantero Villamil, que fundó la sociedad El Porvenir de Zamora y levantó el primer salto de la cuenca, el de San Román, en los primeros años del siglo XX. Después de él, y en buena medida siguiendo sus indicaciones, llegaron los ingenieros que formaron la Sociedad General de Transportes Eléctricos: Eugenio Grasset, Pedro Icaza y José Orbegozo, que convencieron al capitalista Horacio Echevarrieta para que se interesara en las posibilidades del Duero. Ante las dimensiones del negocio, el patricio vizcaíno decidió involucrar al Banco de Bilbao, que en 1918 aceptó la invitación a suscribir la mayoría de las acciones de la nueva compañía, la cual tendría por nombre Sociedad Hispano- Portuguesa de Transportes Eléctricos, pero sería más conocida como Saltos del Duero.

 

A partir de entonces, y por encima de financieros y empresarios, fueron los ingenieros españoles quienes protagonizaron la conquista hidroeléctrica del río Duero. La labor comenzada por Federico Cantero tuvo continuidad gracias a la energía y determinación de José Orbegozo, primer director general de la empresa, y de su sucesor desde 1935, Ricardo Rubio. Junto a ellos, bajo sus órdenes, y después de ellos, fueron llegando al Duero y sus afluentes sucesivas hornadas de ingenieros industriales y de caminos (e incluso algún agrónomo) que se encargaron de calcular, ensayar, planificar y dirigir la construcción de los saltos, en una tarea conjunta que duró varias décadas y que atravesó innumerables vicisitudes hasta su conclusión en 1970, cuando la central de Almendra-Villarino se convirtió en una magnífica realidad. En el río castellano y sus afluentes se curtieron varias generaciones de técnicos españoles de primera línea cuyas realizaciones no desmerecieron de las llevadas a cabo en otros países más avanzados y supuestamente más instruidos en tales materias. Todos ellos contribuyeron a crear una auténtica escuela de conocimientos hidroeléctricos y experiencia práctica: la escuela del Duero.

 

LAS OBRAS PRIMERIZAS:

 

SAN ROMÁN Y RICOBAYO

 

Federico Cantero Villamil fue el número uno de la promoción de Ingeniería de Caminos de 1896, terminó su formación viajando por los centros industriales europeos, y dio a conocer su proyecto hidroeléctrico en diciembre de 1897. La originalidad de dicho proyecto estribaba en aprovechar la curva que el Duero describía ocho kilómetros aguas abajo de Zamora para construir una presa en un extremo de la curva y unirla mediante un túnel transversal a una central en el otro extremo, distante un kilómetro y medio. De esta forma se obtenía un salto de agua efectivo de catorce metros, suficiente para producir la energía eléctrica que necesitaban Zamora y Salamanca gracias a dos grupos de quinientos caballos, y después Valladolid mediante la incorporación de cinco grupos de mil cada uno. En 1898 se fundó El Porvenir de Zamora con un capital de 1.400.000 pesetas, que se convertirían en pocos años en 3.300.000 para llevar a cabo las obras de la presa, el túnel y la central. En enero de 1903 se inauguraron los dos primeros grupos, y los cinco siguientes lo fueron en 1907, haciendo realidad el salto de San Román. Zamora, Salamanca y Valladolid, así como los pueblos de sus comarcas -en total más de cien mil personas- quedaron abastecidos de electricidad gracias a los capitales zamoranos y, sobre todo, a la iniciativa y el ingenio de uno de sus ciudadanos.

 

Pero las empresas locales de tamaño medio estaban destinadas, en España y en todas partes del mundo, a sufrir pronto el embate de las grandes compañías hidroeléctricas. Cantero alertó tempranamente a sus socios de la necesidad de crecer en tamaño para evitar la ruina o la absorción, pero los orgullosos propietarios de El Porvenir de Zamora desestimaron sus propuestas de unirse a Electra Popular Vallisoletana y otras sociedades Cantero, desanimado, colaboró más adelante con los empresarios e ingenieros que llegaron a la zona del Duero, procedentes de Bilbao, buscando hacer realidad un plan magnífico de aprovechamiento de las posibilidades hidroeléctricas del río castellano y sus afluentes. El Porvenir de Zamora resistió la llegada del nuevo contendiente, mucho más grande que él, y mantuvo su existencia como sociedad independiente hasta 1951, cuatro años después de la muerte de su fundador y principal impulsor.

 

Los Saltos del Duero se fundaron en 1918 con el Banco de Bilbao como socio mayoritario. Desde el primer momento, José Orbegozo, nombrado director general, tuvo que pelear de manera incansable contra innumerables impedimentos, entre ellos las reticencias de las autoridades portuguesas, las maniobras de la competencia, la inseguridad jurídica de los derechos adquiridos, la oposición de sectores agrarios castellanos, la entrada de socios extranjeros y la búsqueda de la financiación adecuada. Durante más de un decenio la tarea de los ingenieros y directivos de la sociedad consistió más en vencer problemas humanos, políticos y sociales que en resolver cuestiones técnicas, sin que pudiera avanzarse ni un paso en tareas de construcción. Federico Cantero había vendido a Horacio Echevarrieta sus derechos sobre el Duero y había facilitado a José Orbegozo los primeros estudios y proyectos de aprovechamiento, que serían una guía fundamental para la andadura inicial de la nueva empresa.

 

Las obras del salto del Esla comenzaron en mayo de 1929 bajo el signo de la urgencia. La empresa había necesitado once años para establecer con suficientes garantías sus derechos y sus medios financieros y en los socios pesaba demasiado el tiempo transcurrido. Casi 8.000 fincas urbanas y rústicas, que abarcaban cerca de 40 kilómetros cuadrados y varias aldeas completas, fueron expropiadas, y hubo que construir vías de comunicación alternativas. Orbegozo, presionado por un Consejo de Administración deseoso de ofrecer cuanto antes energía al mercado y ante la falta de una organización interna suficiente, decidió recurrir al sistema de contrata con dos empresas constructoras que estaban relacionadas con consejeros de Saltos del Duero, incluido él mismo: la Empresa General de Construcción, luego llamada Puertos y Pantanos, y la Sociedad General de Obras y Construcciones (Obrascon).

 

Una condición inexcusable de la concesión otorgada por el Estado fue la de trasladar a otro lugar la iglesia visigoda de San Pedro de la Nave, condenada de otra forma a ser cubierta bajo las aguas del futuro embalse. Saltos del Duero puso desde el principio su mayor empeño en que el traslado, piedra a piedra, al poblado cercano de Campillo, se llevara a cabo con todas las garantías posibles de conservación y seguridad, hasta el punto de que invirtió en el mismo una suma considerable para la época, cien mil pesetas, y el Consejo de Administración fue informado largamente de la operación. Esta joya del arte español es probablemente el monumento más representativo de la arquitectura hispanovisigoda tal y como la conocemos hoy en día y en torno a ella ha existido siempre una gran controversia. Su programa iconográfico, la gran calidad de sus relieves, la configuración arquitectónica del edificio, restaurado durante su traslado, y su encuadramiento cronológico, son todavía hoy analizados y discutidos entre los especialistas.

 

La construcción del salto del Esla coincidió a partir de 1931 con la llegada de la Segunda República, pero los años republicanos no fueron especialmente tormentosos en las obras. Después de la huelga del verano de 1931 hubo algún que otro conato en 1932 y 1936, pero los acontecimientos revolucionarios de octubre de 1934, verdadero test para apreciar el grado de conflictividad de la empresa, no fueron seguidos por un solo trabajador. Ni siquiera los despidos masivos, a los cuales hubo que proceder de forma inevitable según se acercaba la finalización de la presa y la central, provocaron protestas. La causa de esta aparente calma se debió, sin duda, a que la empresa satisfizo las reivindicaciones sucesivas que se le fueron haciendo por los elementos adscritos a U.G.T., que aumentó progresivamente su influencia entre los obreros. En toda empresa hidroeléctrica, con elevadas inversiones en capital fijo muy sensibles a cualquier tipo de sabotaje, la concesión de mejoras a sus trabajadores es norma común, pues nada pueden temer más que una avería que paralice su actividad y obligue a la interrupción del suministro a sus clientes. Esto era así aún en mayor grado en aquellos años y en Saltos del Duero, ya que el largo tiempo transcurrido desde la fundación de la empresa constituía un factor a tener en cuenta a la hora de tomar cualquier decisión. Simplemente, no podían permitirse un retraso en las construcciones.

 

El proyecto inicial del salto del Esla obligaba a construir un aliviadero más allá de la margen del río donde se asentaba el lado izquierdo de la presa, para poder desviar por él los 5.000 m3 por segundo en que se calculaba el caudal que podía llevar una gran avenida, a la vista de la experiencia de años anteriores. Para efectuar los imprescindibles estudios geológicos se llamó a un ingeniero de minas de gran prestigio que pertenecía a la nómina de profesionales al servicio de Horacio Echevarrieta, todavía Presidente de Saltos del Duero. El técnico determinó que el roquedo de la margen izquierda del río ofrecía las suficientes garantías de solidez como para que la presa se apoyara en él, y basándose en estos informes José Orbegozo procedió con rapidez a iniciar su construcción. Sin embargo, en la tercera campaña de las obras, en el verano de 1931, las condiciones geológicas del roquedo donde debían asentarse tanto la presa como el aliviadero dieron muestras imprevistas de debilidad. Fue para la empresa el primer aviso de que los informes geológicos no iban a resultar suficientes ni adecuados para las obras proyectadas.

 

Pero la verdadera sorpresa llegó durante los días 22 y 23 de marzo de 1934, después de que se hubiese procedido el 10 de enero a llenar por primera vez el embalse y cuando ya se sentía cercana la fecha en que se podría comenzar a suministrar energía. Una gran avenida, de un caudal superior a los 5.000 m3 por segundo, fue evacuada por el canal-aliviadero y durante 48 horas éste soportó una prueba de resistencia para la que no estaba preparado. Su base, de roca pura sin hormigonar, dejó filtrar el agua por varias diaclasas verticales y se produjo un enorme efecto destructor que se tradujo en un retroceso del aliviadero hacia la presa de setenta metros y en la excavación de un cráter de dimensiones aún mayores. Cuando pasó la avenida, sobre la presa se cernía la amenaza de que se desplomara toda la margen izquierda, lo que habría ocasionado una catástrofe definitiva.

 

Orbegozo, acompañado del consejero Eugenio Grasset, visitó la obra una semana después y escuchó los informes del ingeniero responsable del informe geológico, de otros ingenieros de la sociedad y de técnicos alemanes de las casas Rodio y Voith. Decidió a su vez pedir el asesoramiento del Dr. Rehbock y de su laboratorio hidráulico de Karlsruhe para alcanzar una solución definitiva. Hubo que vaciar el embalse abriendo los desagües de fondo, que ya no pudieron ser cerrados, por lo que se debió trabajar en el estiaje. Y en aquel verano de 1934 sobrevino un nuevo accidente en la central al romperse la compuerta de la cuarta tubería de carga, ocasionando la muerte a nueve obreros. Este acontecimiento acabó con la salud de Orbegozo, y determinaría su triste final en enero de 1939.

 

Los accidentes siguieron produciéndose en los años siguientes mientras se discutía la solución. En febrero de 1935 comenzó a suministrarse energía a Hidroeléctrica Ibérica, pero hubo que interrumpir el suministro durante tres meses porque la central volvió a inundarse como consecuencia del embalsamiento del río aguas abajo, a causa de los acarreos de piedra ocasionados por el aliviadero. Para evitar que se volviera a producir un nuevo derrumbe se prolongó la ladera que separaba ambos cauces, el de la presa y el del aliviadero, de tal forma que se alejara la confluencia de las aguas de una y otra procedencia. En marzo de 1936 se produjo de nuevo un derrumbamiento de 20 metros en el frente del aliviadero, y poco después se decidió, de común acuerdo con el asesoramiento de técnicos españoles, americanos y, sobre todo, del alemán Rehbock y del suizo Kaech, la excavación de dos túneles que sirvieran para ayudar en las avenidas y salvar el tapón ocasionado por los acarreos de piedras aguas abajo de la central.

 

El 18 de enero de 1939 la central volvió a inundarse como consecuencia de una gran avenida, que produjo tales arrastres de escombros que el embalsamiento del río aguas abajo desbordó la ataguía de 2,5 metros de altura que se había construido para defender la central. En uno de los túneles en construcción tuvo lugar el 10 de junio de 1942 el más grave accidente de los sucedidos en el salto del Esla. Ocurrió de manera fortuita, cuando el personal de Agromán procedía a colocar las cargas de dinamita en ambas bocas del túnel que pondrían punto final a la obra. Su explosión repentina mató a 19 obreros y a los tres ingenieros que dirigían los trabajos, todos los que se hallaban en aquel momento en el interior. Sin embargo, los daños materiales apenas fueron de consideración y la obra pudo acabarse. A finales de aquel mismo año podía pensarse que se había hallado una solución definitiva ya que, como decía el nuevo Director General Ricardo Rubio, presentaba «un aspecto de solidez que procura una impresión de seguridad que hasta ahora nunca tuvimos». Hubo nuevas erosiones en posteriores avenidas que obligaron a nuevos reforzamientos, como ocurrió en marzo de 1943, pero parece que ya no se sufrieron consecuencias trágicas como las de años anteriores.

 

En definitiva, resulta prácticamente imposible establecer el coste total que supuso para Saltos del Duero el problema del aliviadero. Los informes geológicos iniciales se demostraron erróneos y es difícil entender el verdadero motivo de que así fuera. Tal vez la premura de tiempo que caracterizó siempre a las obras de Ricobayo impidieron que los geólogos inspeccionaran con el suficiente detenimiento la base rocosa del aliviadero excavado, en donde se hallaban las diaclasas verticales que provocaron el hundimiento -una gran falla central, al decir de uno de los ingenieros de la empresa-. Al coste de las sucesivas soluciones temporales habría que añadir el de las averías de la central provocadas por el mismo motivo y el coste de oportunidad del retraso en la finalización de la obra y de sus posteriores interrupciones, en conjunto más de dos años. El coste humano, por su parte, puede calcularse en varias decenas de pérdidas humanas y en el apartamiento definitivo de los trabajos del Director General, José Orbegozo. Con razón se ha hablado de la epopeya del Duero, que tuvo en su afluente Esla un dramático comienzo.

 

LOS DIFÍCILES AÑOS CUARENTA:

 

VILLALCAMPO Y CASTRO

 

La Guerra Civil y la larga posguerra trajeron numerosas dificultades al sector eléctrico pero también algunas oportunidades. El convenio firmado entre las principales empresas hidroeléctricas antes de la contienda convirtió a Saltos del Duero en el productor dominante a cambio de que no compitiese en la distribución en las zonas centro y norte-noroeste de la península, que incluían Madrid y País Vasco. Pero este pacto mostró pronto sus limitaciones porque Saltos del Duero se negó a atender las solicitudes de las demás compañías para que aumentase su producción ante el notable incremento de la demanda que se produjo debido a la congelación de las tarifas y los problemas de abastecimiento de carbón.

 

Las empresas que habían mantenido la hegemonía en la distribución, entre las que destacaban por su importancia Hidroeléctrica Ibérica, Electra del Viesgo, Hidroeléctrica Española y Unión Eléctrica Madrileña, deseaban disponer de la mayor cantidad posible de energía de cara al aumento futuro del consumo, pero, según el pacto que habían firmado con Saltos del Duero, era a éste al que correspondía construir los nuevos saltos. Y a Saltos del Duero no le convenía efectuar las cuantiosas inversiones necesarias sin estar antes segura de que iba a colocar toda la nueva producción. Por ello, el convenio implicaba un conflicto de intereses irresoluble en aquel momento y estaba condenado al fracaso.

 

Poco después de romperse los acuerdos, en el verano de 1944, Hidroeléctrica Ibérica y Saltos del Duero decidieron unirse, y así nació Unión Ibérica Duero, más conocida como Iberduero. La confluencia de muy diversos motivos aconsejó dicha fusión: un mayor poder de mercado y de negociación con otras empresas minoristas, la complementación de sus sistemas hidroeléctricos, el fortalecimiento de su posición frente al Estado, la disposición de mayores recursos para nuevas construcciones y, en definitiva, lograr una posición hegemónica en el negocio eléctrico. Entonces, en 1944, estalló en España con toda su fuerza el problema de las restricciones eléctricas, que dificultó la recuperación postbélica, ya entorpecida gravemente por la autarquía y el aislamiento internacional del régimen de Franco.

 

Los estudios del nuevo salto se ultimaron en los meses finales de 1942, una vez que Saltos del Duero se cercioró del avance del consumo de electricidad. La dirección de la empresa planteó al Consejo de Administración dos alternativas. La primera se basaba en aprovechar todo el tramo del Duero español con un solo salto de 80 metros de altura y una capacidad de producción de 700 millones de kWh. La segunda consistía en partir el tramo y aprovechar la parte superior del mismo con un desnivel de unos 40 metros y la mitad de capacidad de producción, dejando para más adelante el segundo tramo. La primera opción tenía la ventaja evidente de que se conseguía mucha mayor producción con una sola instalación, pero consideraciones de orden técnico y económico llevaron a Iberduero a inclinarse por la segunda solución. Así nacieron los saltos de Villalcampo y Castro, ambos comenzados en la década de los cuarenta y terminados en la siguiente.

 

Villalcampo se ubicó once kilómetros aguas abajo del salto del Esla, tuvo 40 metros de altura y amplió la capacidad de producción de la empresa en 350 millones de kwh. El Ministerio de Obras Públicas lo aprobó el 13 de julio de 1943 y de inmediato se preparó su construcción, para lo cual se decidió una ampliación del capital social de 120 millones de pesetas, que fue absorbida en su totalidad por los antiguos accionistas a pesar de «las circunstancias del mercado financiero», como se dijo con satisfacción en el Consejo de la Sociedad. La construcción costó finalmente 150 millones, duró siete años, tres más de los previstos debido a las dificultades de todo tipo provocadas por la autarquía, y finalmente entró en explotación en 1950, cuando Iberduero ya había comenzado el salto de Castro. La concepción de la presa era distinta de la de su antecesora de Ricobayo, pues se trataba de una presa-vertedero a la que ayudaba un túnel aliviadero de 500 metros de longitud capaz de descargar hasta 1.000 metros cúbicos por segundo. La privilegiada situación del salto hacía posible aprovechar un meandro del río aguas abajo de la presa para que el túnel descargara muy lejos de las construcciones, recordando la solución genial que Federico Cantero adoptó en su salto de San Román.

 

La personalidad de la empresa se fue forjando a medida que avanzaban las construcciones del sistema del Duero, escribiendo una página singular de nuestra historia empresarial. Los problemas sufridos en el aliviadero del Esla se encuentran en el origen de la obsesión por la seguridad que caracterizó la actividad constructora de Iberduero a partir de los años cuarenta, superando en esto a cualquiera de sus pares, hasta el punto de que desde 1958 existió un departamento independiente dedicado a la prevención de accidentes. También la difícil historia del Esla se halla detrás de la exigencia de precisión en las mediciones geológicas y de las fuertes inversiones en el estudio y la preparación de los lugares de acogida de los embalses. Además, en 1943 se creó el laboratorio hidráulico de Ricobayo, una de cuyas funciones principales fue el ensayo de soluciones para la disipación de la energía de las tremendas avenidas que debían evacuar aliviaderos y desagües. Una función que cumplió con creces bajo la dirección, primero y de Pedro Lucas Palazuelo y, desde 1974, de José Luis Blanco Seoane. En contacto directo con la sección de Proyectos, en el laboratorio se estudiaron todas las obras hidráulicas de Saltos del Duero, Iberduero, Saltos del Sil e Hidroeléctrica Española.

 

A su vez, en los difíciles y cruciales años de la posguerra, Iberduero tomó una decisión que marcaría su devenir como empresa eléctrica. Dos años después de la fusión, en 1946, su Director General, D. Ricardo Rubio, encargó la formación de un equipo de medios auxiliares de construcción, a la vista de las dificultades que encontraban los contratistas de Villalcampo para cumplir con las exigencias de calidad y tiempo que se les pedía, y pensando también en un futuro a largo plazo, pues estaba claro que Iberduero iba a tener constantemente en ejecución al menos una gran obra en las próximas dos o tres décadas, como así ocurrió. En este momento se incorporó a la empresa un grupo de profesionales de primera línea entre los que destacaron Francisco González, José Elejabarrieta, los hermanos Luis y José María Olaguíbel, Pedro Guinea y Ángel Galíndez. Éstos y otros hombres protagonizaron la historia constructora de Iberduero de años sucesivos, siguiendo los pasos de quienes, en la década de 1930, habían levantado Ricobayo.

 

Así, el salto de Castro inauguró la historia de Iberduero como constructor. En el laboratorio hidráulico se estudió el problema del vertedero de la presa y se ideó con éxito un novedoso sistema consistente en hacer chocar dos masas de agua laterales con una principal vertida a través de los dos vanos centrales, logrando el objetivo de disipar la energía. La construcción de la presa de Castro sufrió similares contratiempos que la de Villalcampo, provocados por las especiales circunstancias por las que atravesaba España, si bien no hubo problema en comprar la maquinaria y el equipo eléctrico requeridos, principalmente en Estados Unidos, gracias a la declaración de «obras de absoluta necesidad nacional » de 1945, por la cual el Instituto Nacional de Moneda Extranjera facilitó las divisas necesarias. Gracias a ello, los dos grupos de Castro se pusieron en funcionamiento en 1952.

 

LA CONSOLIDACIÓN DE LA ESCUELA DEL DUERO:

 

SAUCELLE, ALDEADÁVI LA Y VILLARINO

 

Para entonces, el agotamiento del modelo autárquico hacía ineludible cambiar la política económica del régimen de Franco. A partir de 1951 y hasta la drástica solución del Plan de Estabilización de 1959, se introdujeron medidas liberalizadoras que coincidieron con la salida del aislamiento internacional y la firma de los pactos de defensa y ayuda mutua con Estados Unidos en 1953, los cuales posibilitaron decisivamente la llegada de divisas y la compra de las materias primas y los bienes de equipo necesarios para la industrialización del país. Coincidiendo con la expansión de los países occidentales, España vivió una década de crecimiento y de lenta pero progresiva transformación de su estructura productiva, cambiando definitivamente su economía de agrícola a industrial y de servicios. En esta coyuntura, el proyecto hidroeléctrico de Iberduero experimentó un gran impulso gracias a las crecientes necesidades energéticas del país y a las mayores facilidades de todo tipo para llevar adelante los planes de construcción de nuevas centrales.

 

En la decisiva década de los cuarenta se había decidido partir el tramo internacional del Duero en dos saltos, los de Saucelle y Aldeadávila. En 1948, los equipos de Proyectos y Construcciones, dirigidos respectivamente por Pedro Martínez Artola y Manuel Echanove, se pusieron a la tarea de preparar la desviación del primero de ellos. La presa de Saucelle debía tener 82 metros de alto y un salto útil de 62, y contar con crecidas de hasta 12.500 metros cúbicos por segundo. Para su construcción se aprovechó la experiencia adquirida en la presa vertedero de Castro y se construyeron dos túneles de conducción a la central y un túnel aliviadero. Los equipos humanos de Iberduero se trasladaron a Saucelle en 1952, una vez hubieron terminado la de Castro. La escuela del Duero crecía en conocimientos y experiencia según se iban sucediendo las diversas etapas del plan constructivo de la empresa.

 

De las dificultades que entrañaban las construcciones dan cuenta las crecidas e inundaciones que sufrieron las obras de las sucesivas presas. Las de Saucelle tuvieron que ser suspendidas por esos motivos hasta ocho veces entre 1953 y 1956. Por fin, en agosto de este último año entraron en funcionamiento los dos primeros grupos de la central. Con una potencia instalada de 240.000 kW, para Iberduero supuso aumentar su producción anual media en 1.000 GWh, casi el equivalente a la de Villalcampo y Castro juntos. La empresa experimentó así su definitiva consolidación como una de las más relevantes del sector en España en cuanto a capital e inversiones, y como la mayor en potencia hidroeléctrica instalada. Y en cuanto al transporte de la energía producida en la cuenca del Duero y en el resto de cuencas explotadas por la compañía, el trazado de líneas quedó a cargo de un equipo técnico propio desde 1942, todavía en tiempos de Saltos del Duero, dirigido por José Carrasco y su lugarteniente, Francisco González del Valle.

 

La década de 1960 estuvo marcada por el Plan de Estabilización de 1959, que liberalizó la economía y la abrió al exterior, reduciendo significativamente las regulaciones y controles de la época anterior. España se sumó entonces de manera decidida a la expansión europea y llegó a tener el mayor crecimiento del P.I.B. per cápita de todo el continente, experimentando entre 1961 y 1973 el mayor desarrollo de su historia. Como consecuencia, las necesidades energéticas del país siguieron aumentando a gran ritmo y con ellas se impulsaron los planes constructivos de Iberduero. Para terminar de aprovechar el potencial hidroeléctrico del Duero internacional quedaba por realizar un gran salto en la zona de los Arribes, cerca del pueblo de Aldeadávila, mientras se seguía estudiando el aprovechamiento del Tormes para una construcción posterior.

 

La salud financiera de la compañía era excelente gracias a los buenos resultados cosechados por su política de construcciones y distribución, y gracias también a los cambios introducidos por la nueva legislación de las Tarifas Tope Unificadas, a partir de 1953. Las cuantiosas necesidades de financiación de las inversiones fueron cubiertas en su mayor parte con la reinversión parcial de beneficios y con exitosas ampliaciones de capital. Así, los cerca de quinientos millones de fondos propios de 1944 se habían multiplicado por cien en términos nominales, hasta 45.000 millones, en 1970. Si en el momento de la creación de Iberduero, en 1944, las dos empresas fusionadas aportaban el 14% de la producción de energía eléctrica del país, dos décadas después, en 1963, esa participación llegaba al 29% y se quedaría en torno al 25% durante todo el decenio posterior. Y Aldeadávila constituyó una pieza fundamental de este desarrollo.

 

El salto de Aldeadávila supuso la culminación de la escuela del Duero. Por sí solo dobló tanto las inversiones como la capacidad de producción de la empresa. Obligó a su organización constructora a aplicar las últimas innovaciones en técnicas de excavación, explosivos y hormigonado. Su construcción no hubiera sido posible tan sólo unos pocos años antes y, de hecho, fue en su momento la central hidroeléctrica de mayor potencia de Europa Occidental. Constituyó todo un reto para los ingenieros y técnicos de la empresa, que debieron levantar una presa-vertedero de 140 metros de altura con capacidad para evacuar 10.000 metros cúbicos por segundo, en un angosto cañón de más de 500 metros de profundidad. De nuevo, el laboratorio hidráulico prestó su asistencia imprescindible para hallar una solución novedosa a la disipación de la energía mediante cuatro emisarios que lanzarían en trampolín, a distancia prudencial, el agua que cayera por el paramento de la presa en caso de avenida. Los técnicos del laboratorio y los constructores de Iberduero pudieron comprobar con satisfacción y alivio que sus cálculos eran correctos cuando tuvo lugar la mayor avenida del siglo, de 6.000 metros cúbicos por segundo, en los últimos días de 1961. Unos meses después, en el otoño de 1962, entró en funcionamiento el primer grupo de la central de Aldeadávila.

 

Pero la pieza maestra que cerró el sistema del Duero fue el salto de Villarino, en el Tormes. Se venía hablando del aprovechamiento del río salmantino desde la década de 1940, pero el verdadero comienzo de las obras puede datarse en 1962, cuando se terminó Aldeadávila. Las novedades técnicas disponibles en la década de los sesenta y el auge mantenido de la demanda hicieron viable y aconsejable la construcción de una única presa bóveda de doscientos metros de altura, una obra extraordinaria que hoy sigue causando admiración a quien la contempla. Además de ella, los equipos humanos de Iberduero hubieron de vérselas con la construcción de una central subterránea que albergara grupos reversibles y que dejaba pequeña la de Aldeadávila, y con una galería de quince kilómetros de longitud y seis metros de diámetro. El salto de Villarino se vio beneficiado también por una innovación de otro tipo. En 1963, Iberduero adquirió el ordenador IBM 1401, de segunda generación, dotado de memoria para programar operaciones. El cálculo de la presa, que en Aldeadávila había costado seis meses de trabajo, costó en Villarino tan sólo tres horas.

 

Ante el reto que suponía el nuevo salto, ingenieros de Iberduero visitaron presas bóveda en el extranjero y varias empresas hidroeléctricas crearon en 1962 la consultora Consulpresa, bajo la dirección del reputado ingeniero portugués Joaquín Laghina Serafim, mientras se hacían los primeros cálculos y prospecciones de terreno. Finalmente, dadas las dimensiones de la obra, se decidió recurrir de nuevo a contratistas, que ya no sufrían de las deficiencias y la falta de capacitación de los años cuarenta. De esta forma Iberduero evitó aumentar sus equipos constructores, cuyo personal cualificado se mantuvo para supervisar la labor de la contrata. La presa, la central y la galería de conducción eran obras de enorme tamaño, a las que había que sumar la construcción de los diques que prolongaban la coronación de la presa. La dimensión del esfuerzo se aprecia si se tiene en cuenta el dato de que los metros cúbicos excavados, 2,8 millones, cuadruplicaron los de Aldeadávila. Los cuatro grupos reversibles, que girando en un sentido o en otro podían funcionar como turbina o como bomba, eran capaces de elevar cada uno 28 metros cúbicos de agua por segundo los 400 metros de desnivel del salto, y posibilitaban una producción anual media de 1.200 GWh.

 

«NOSOTROS NO CONSTRUIMOS UNA PRESA SINO PARA HACER LA SIGUIENTE»

 

La conquista hidroeléctrica del río Duero y sus afluentes fue una tarea conjunta que duró más de medio siglo y que estuvo protagonizada por varias generaciones de ingenieros y técnicos españoles. Los gravísimos problemas que causó el aliviadero del salto del Esla en los años treinta marcaron para siempre la estrategia de la compañía con respecto a la prevención de accidentes y los estudios geológicos previos a la construcción de las presas siguientes. Iberduero se convirtió en una empresa puntera en seguridad dentro de su sector. Y una consecuencia feliz de esta obsesión fue el laboratorio hidráulico de Ricobayo, que desde los años cuarenta estudió todas y cada una de las nuevas construcciones, en contacto directo con el departamento de proyectos, para hallar solución, sobre todo, a los problemas de disipación de la energía de las avenidas.

 

Los hombres de Iberduero fueron aprendiendo por el camino. El lema de la oficina de proyectos era: «Nosotros no construimos una presa sino para hacer la siguiente». Sobre los planes ideados por Federico Cantero para Saltos del Duero al comenzar la andadura de la empresa en 1918 se fueron levantando los sucesivos proyectos de aprovechamiento de las aguas del río castellano y sus afluentes. El salto del Esla fue la primera realización efectiva, y sus complicaciones y riesgos no fueron olvidados. La segunda obra, Villalcampo, con sus problemas con las contratas empleadas en su construcción, desembocó en la tercera, la de Castro, ya con equipo propio de la empresa. Los años de la posguerra fueron difíciles pero decisivos, pues además de esos dos saltos se creó el laboratorio y tuvo lugar la fusión por la que se constituyó Iberduero. Saucelle, Aldeadávila y Villarino comenzaron a fraguarse también en los años cuarenta y se volvieron una realidad magnífica en las dos décadas siguientes.

 

En 1970, el aprovechamiento hidroeléctrico de la cuenca del Duero había quedado completado. Los seis grandes saltos sumaban una potencia instalada de 1.267.000 kW y producían una energía anual media de 6.400 GWh. La lista de sus protagonistas había crecido de manera considerable. A Cantero y Orbegozo siguieron Ricardo Rubio, Juan Ugalde, Pedro Martínez Artola, Francisco González, José Elejabarrieta, los Echanove, padre e hijo, Ángel Galíndez, Pedro Guinea, los hermanos Olaguíbel, Juan José Aspuru, Pedro Lucas Palazuelo y José Luis Blanco Seoane en el laboratorio, y después Pedro Areitio, Manuel Gómez de Pablos... No es posible citar a todos, pero sí conviene concluir con una observación: se trató de una tarea conjunta en la que un importante grupo de técnicos españoles fue capaz de crear una escuela de conocimientos hidroeléctricos que estuvo a la altura de lo que se estaba haciendo en los países más avanzados del mundo.

 

Hace casi un siglo, en 1911, cuando el proyecto del Duero era aún sólo una idea en las mentes de unos pocos visionarios, Joseph A. Schumpeter publicó su Teoría del Desarrollo Económico. En ella, el economista austro-americano basaba el crecimiento de la economía de un país en la capacidad emprendedora de sus hombres de empresa, y éstos sólo se comportaban como auténticos empresarios cuando innovaban. Para llevar a cabo dicha tarea se requerían unas cualidades nada corrientes, entre las que Schumpeter destacaba una certera visión del futuro y una gran fuerza para hacer frente a la resistencia a la innovación, que sin duda se presentaría cuando el empresario tratara de alcanzar sus objetivos. Esta figura casi heroica del emprendedor era responsable de que la economía diera pasos hacia adelante y saliera de su estancamiento creando un círculo virtuoso de innovación, y el caldo de cultivo idóneo para su desenvolvimiento era el sistema de libre empresa capaz de premiar los comportamientos arriesgados e innovadores. El éxito de un país, en buena medida, residía en dar rienda suelta a la capacidad creativa de sus habitantes. Además, las innovaciones podían ser de cinco tipos ofrecer un nuevo producto o servicio, aplicar un nuevo método de producción, descubrir un nuevo mercado, explotar una nueva fuente de aprovisionamiento o implantar una nueva organización de una industria.

 

Saltos del Duero y después Iberduero reprodujeron los cinco tipos de innovación apuntados por Schumpeter, porque el ofrecimiento de electricidad barata (nuevo producto o servicio) se hizo gracias a las centrales que entraron en explotación (nuevo método de producción), aprovechando la energía hidráulica del Duero y sus afluentes (nueva fuente de aprovisionamiento) y llegando a nuevos mercados. Además, la fusión que dio lugar a Iberduero en 1944 contribuyó de manera decisiva a establecer una nueva organización de la industria eléctrica en España. Todo ello fue posible gracias a la iniciativa empresarial de un grupo de técnicos y directivos que demostraron poseer las dos cualidades que Schumpeter había reclamado de los hombres de empresa: visión de futuro y fuerza que oponer a la resistencia que encontrarían ante la innovación. En la etapa anterior a la guerra civil, los impedimentos que hallaron en su camino los directores e ingenieros de Saltos del Duero para convertir en realidad su visión de la central de Ricobayo fueron abrumadores, no sólo por los problemas ocasionados por el aliviadero, sino por la presión sufrida en los años treinta ante una demanda estancada, cuando recibían las opiniones escépticas de quienes creían -la mayoría- que el incremento de la oferta no encontraría salida en el mercado.

 

Pero la visión empresarial de Saltos del Duero se demostró acertada y sirvió de base, después de la contienda, para el desarrollo de todo el proyecto hidroeléctrico del río castellano y, de sus afluentes. A partir de los años cuarenta la oferta corrió detrás de la demanda dando saltos de gigante con la inauguración de cada nuevo aprovechamiento, de una envergadura tal que en ocasiones supuso para Iberduero, no se olvide, duplicar su producción de la noche a la mañana. Se trató de un proceso auténticamente schumpeteriano en el que los técnicos y directivos de la empresa demostraron una valiente capacidad de innovación, que premió a Iberduero con un incremento de la cuota del mercado eléctrico y que fue seguido de cerca por el ahorro nacional, encauzado a través de los bancos o del mercado de valores. Schumpeter había predicho que las buenas ideas empresariales, las innovaciones destinadas al éxito, conseguirían la financiación adecuada para desarrollarse a pesar de su riesgo. Así ocurrió en el caso del aprovechamiento del río castellano, porque Iberduero encontró en cada ocasión, desde el salto de Castro hasta el de Villarino, la confianza de los inversores en el éxito de su proyecto empresarial, que salió fortalecido de cada iniciativa de construcción de un nuevo salto.

 

Cada vez es mayor el consenso entre empresarios y académicos en que el futuro de las empresas depende de su adaptación a los cambios, y ésta de su capacidad de innovación, esto es, de saber adoptar la estrategia adecuada para que pueda aflorar la fuerza creativa de las personas que las integran. En un mundo tan cambiante como el actual, los responsables empresariales pueden volver su mirada hacia el pasado en busca de inspiración para sus decisiones.La solidez que acabó demostrando el proyecto del Duero una vez se hubo consolidado esconde en realidad una sucesión de iniciativas arriesgadas y de envergadura. Quienes tomaron las decisiones necesarias en relación a la construcción de cada nuevo salto y las llevaron adelante vieron confirmadas sus previsiones y, con el tiempo, se resolvieron las dudas de los más cautelosos, siempre mayoría. En este sentido, la historia centenaria de Iberdrola, que nace en 1991 de la fusión de Iberduero con Hidroeléctrica Española, puede convertirse en fuente de inspiración para aquéllos que buscan la manera de implantar comportamientos emprendedores, arriesgados -schumpeterianos- en sus empresas

 

Actualizado

el 26 may de 2016 por ARTEINFORMADO

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