Juanjo Viota, El faro, 2015. Óleo sobre lienzo, 91x60cm. – Cortesía de es.Arte Gallery
05
dic 2017
06
ene 2018

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Cuándo: 05 dic de 2017 - 06 ene de 2018
Inauguración: 05 dic de 2017
Precio: Entrada gratuita
Dónde: Es.ArteGallery / Avda. del Mediterraneo, 20 - San Pedro de Alcántara / Marbella, Málaga, España
Organizada por: Es.ArteGallery
Artistas participantes: Juanjo Viota
Etiquetas:
Publicada el 03 nov de 2017      Vista 69 veces

Descripción de la Exposición

Juanjo Viota es un flâneur, un término que los franceses del siglo XIX reservaban para aquellos paseantes que deambulaban sin rumbo fijo abiertos a todas las vicisitudes que le salían al paso. Y aunque parece que fue Walter Benjamin el que otorgó a la denominación carácter académico (dispensen el dato erudito), yo prefiero quedarme con la definición de Balzac, quien, como buen gourmet, solía definir la flânerie como “gastronomía para los ojos”. El mismo pintor se refiere a ello cuando afirma que le gusta captar con su retina, su cámara objetivo, cosas que ocurren a su alrededor”. ¿Afán testimonial, pues? A mí me lo parece. Pero ese término, hoy día tan devaluado, anda necesitado de algunas matizaciones. Digo tan devaluado porque con mucha frecuencia se utilizó en el pasado para ocultar un arte y una literatura lastrada de contenidos sociales que le convertían en puro panfleto. Con el sarcasmo añadido, además, de que la clase obrera a la que iba destinada prefería enmarcar en su casa las láminas que acompañaban a los almanaques de la Unión de Explosivos Río Tinto, para desconcierto de aquellos creadores de buena conciencia que estaban convencidos de que con sus grabados iban a llevar al pueblo a las barricadas. No dieron en pensar que eso no lo había conseguido ni Delacroix con su célebre Libertad guiando al pueblo. Pero, si bien se mira, era hasta lógico. La actividad política carecía de cauces propios y era razonable que se expresase en otros ámbitos. Ni que decir tiene que la experiencia duró lo que tardó en llegar la democracia. A partir de ese momento, por suerte para todos, ambos campos quedaron definitivamente separados. ¿Definitivamente? Acaso me haya apresurado a celebrarlo. Y lo digo porque andan por ahí obras que, so capa de un pretendida “reflexión”, andan instaladas en la más tranquilizadora de las correcciones políticas. Y, como es sabido, la corrección política, como buen narcótico que es, devenga pingües beneficios a creadores y patronos. Bueno, pues a mí se me antoja que Juanjo Viota anda al cabo de todo esto que digo. Como tampoco niega que su pintura posea un valor testimonial. Faltaría más. Lo que sucede es que su valor notarial posee una serie de características que le apartan de forma radical de las creaciones de los artistas de la crítica bienpensante, de las almas bellas, por utilizar un término no demasiado hiriente. Con esto quiero decir que el pintor no es nada complaciente con la realidad que le rodea. Más aún, no creo exagerar si digo que está convencido de que esa realidad que a veces nos quieren mostrar tan rutilante, tiene mucho de vertedero, vertedero de cosas y de personas, basurales ignominiosos de una civilización que camina hacia la profecía autocumplida de su propio desastre. Y esto es así porque el mal anda en ella, una suerte de mal metafísico, a veces, muy difícil de concretar, pero presente, por ejemplo, en esas luces espectrales que alumbran sus fantasmagóricos edificios y que tanto me recuerdan las luces infernales del Bosco o Patinir pero que aquí aludirían a existencias banales, carentes de sentido y sin futuro que las justifique. Un infierno nada trascendente sino bien real y cotidiano. Los mismos personajes participan también de esa naturaleza espectral que el confiere a sus edificios porque, algunos de ellos, parecen irradiar esa misma luz que los inunda. Personajes que se sitúan en vertederos inverosímiles en lugares en los que parece producirse la confluencia del campo y la ciudad, espacios a los que la rapacidad del urbanismo contemporáneo no hace más que subrayar la alienación de los seres que lo pueblan, solos y ajenos, a un mundo de supervivientes. Seres excretados por una sociedad sin alma que parece enseñorearse de todo, una especie de arqueología de la miseria. En ella ni los cielos se libran. Unos cielos suicidas que dan cobertura a la especulación inmobiliaria, y a la ausencia de panificación, puesta de manifiesto por esas escalinatas que no parecen conducir a parte alguna. Por cierto, por una de ellas se mueve un personaje con escafandra de buzo que tanto puede aludir a una cita surrealista como a algún recuerdo de la niñez o a una fantasía onírica, que tanto da. Ninguna de las tres estaría fuera de lugar en un autor que afirma sentirse fascinado por el recuerdo, la nostalgia y la evocación del tiempo ido. En suma, todo un mundo que parece haber sido arrasado por una catástrofe apocalíptica en la que hasta las ramas de los árboles parecen adquirir una fisonomía carbonizada o metálica. Y acaso tampoco sea casual que en medio de todo ese desastre bíblico provocado por humanos solo sobreviva el automóvil, objeto de consumo individual por excelencia. No, ciertamente, Viota no es complaciente con el mundo que nos rodea. Le tira con postas y sin misericordia. Le lanza un viaje al bajo vientre. Lo que no deja de verse ni siquiera en las imágenes que, a simple vista, podrían resultarnos más plácidas, como aquella en que unos niños, contemplados por su familia, parecen ejercitarse en el arte de la tauromaquia bajo inmenso sauce llorón. Una imagen en que cualquier placidez se hace ilusoria no solo por el juego de luces desconcertante –por decir lo menos-, o la perspectiva vertiginosa, sino por los prótomos humanos que aparecen en la fachada de la derecha, a modo de gárgolas que no quisieran perderse el espectáculo. Todo junto, confiere a la totalidad un aire inquietante. Pero lo que a mi entender –y concluyo- hace de Viota un pintor excepcional no son solo sus dotes como dibujante, su sutileza en la aplicación del color sino, muy especialmente, el pertenecer a esa casta de autores que le historiador del arte Lafuente Ferrari calificó “de la veta brava”, es decir su facilidad para poner en solfa los mitos de la España tradicional, ridiculizar su casticismo y bucear en los entresijos de nuestro pasado, riéndose de él mismo y de todos nosotros. Ahí está para demostrarlo la sala de fiestas del Lido, putiferio local que se levanta enhiesto resistiéndose impávido ante los embates de la modernidad. Solana (¿acaso no tenía ascendencia santanderina?), Buñuel, Saura y Berlanga lo hubieran considerado uno de los suyos. No es mala compañía. José Raya Téllez, septiembre de 2017

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el 27 nov de 2017 por ARTEINFORMADO

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