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Contra los museos

Contra los museos
Contra los museos

  • Miguel Cereceda

Dentro de la política febril de inauguraciones preelectorales de hospitales, autovías y aeropuertos, tal vez nos haya pasado desapercibido el hecho de que, de repente también, se han inaugurado un montón de nuevos museos de arte contemporáneo, mientras que los que ya estaban en funcionamiento se han quedado prácticamente sin dotación presupuestaria o funcionando bajo mínimos.

Según esto, acaban de inaugurarse en nuestro país: el Museo San Telmo en San Sebastián, el centro Oskar Niemeyer en Avilés, el Museo Carmen Thyssen en Málaga, el Museo Pablo Serrano en Zaragoza y el MACA de Alicante (colección Sempere). Y tal vez valga la pena reflexionar sobre esta euforia museística que lleva a los políticos a invertir grandes cantidades en la creación y construcción de edificios que luego sin embargo no son capaces de dotar de contenido.

En 1975, no había en España más que un único museo público de arte contemporáneo, el MEAC de la Ciudad Universitaria. Después de la transición, cuando la democracia española consiguió consolidarse definitivamente, en 1982, empezó a consolidarse también el interés por el arte contemporáneo. Ese mismo año, el éxito de ARCO, puso de manifiesto que el país tenía una demanda cultural no satisfecha de arte contemporáneo. Pero por más que el MEAC, como museo español de arte contemporáneo lo proclamase, lo cierto es que entre sus fondos los grandes artistas españoles contemporáneos brillaban por su ausencia. El retorno, en 1981, del Guernica de Picasso puso de relieve la necesidad de la creación de un verdadero museo. Éste sin embargo no apareció sin innumerables contradicciones. Pues al principio nadie creía que fuese realmente posible articular una colección que relatase la verdadera historia del arte español del s. XX, y por eso se apostó por la idea de un Centro de Arte, que se especializase en grandes exposiciones temporales, más que por la creación de un verdadero museo. El Reina Sofía nació en 1986 como Centro de Arte Contemporáneo, aunque dos años más tarde se convirtió en Museo Nacional, dando así el pistoletazo de salida para lo que sería una sorprendente carrera para la construcción de museos por todo el Estado. Un año después del Reina, se crearon el CAAM de Las Palmas y el IVAM de Valencia, que desplegaron una exuberante actividad expositiva.

Estas experiencias piloto no sólo demostraron el interés de la gente por el arte contemporáneo, sino que pusieron también de relieve la carencia de infraestructuras museísticas, adecuadas. Por eso fue la de los noventa la década prodigiosa de los museos.

Santiago de Compostela se hizo con el primer museo firmado por un arquitecto estrella (Álvaro Siza, CGAC, 1993) y en Extremadura se hizo un gran esfuerzo por transformar una antigua prisión en un nuevo Museo (MEIAC, Badajoz, 1995). Sin embargo, fue el Guggenheim de Frank Gehry, inaugurado en 1997, el que, con una estética audaz y vanguardista, consiguió romper todos los moldes. El Guggenheim tuvo la virtud de transformar una zona industrial deteriorada en una zona residencial, y transformó además la sórdida imagen de Bilbao, en la de una capital cultural moderna, atractiva e internacional. El Guggenheim además tenía la posibilidad de exhibir la colección Solomon Guggenheim, una de las mejores colecciones de arte del s. XX. De modo que, a pesar de su elevado coste, el efecto deslumbrante del museo de Bilbao quiso ser imitado por otras muchas comunidades.

Se produjo entonces una alocada carrera por construir una gran cantidad de continentes sin contenido, pensando que la mera construcción del edificio singular atraería por sí sola a las multitudes. Se crearon así el Espai de Castellón y el MUA de Alicante (Premio nacional de arquitectura, 1999), el MARCO de Vigo, el Da2 de Salamanca, el ARTIUM de Vitoria, el Patio Herreriano de Valladolid (todos ellos de 2002), a la vez que las grandes cajas de ahorros ponían en marcha sus centros culturales de Madrid (la Casa Encendida) y Barcelona (Caixa Forum).

No hubo siquiera que esperar al final de la década para empezar a vislumbrar las principales patologías del modelo. En 2005 el Guggenheim decidía instalar en permanencia, en la sala más grande del museo, la colección de esculturas de Richard Serra, La materia del tiempo, clausurando con ello esta gigantesca sala para las exposiciones temporales o para la exhibición de otras obras de la colección. De modo que el museo se ahorraba ahora con ello la necesidad de programar grandes exposiciones, reduciendo considerablemente no sólo su espacio de exposiciones temporales, sino también las obras de la colección. Particularmente las de la vanguardia del siglo XX desaparecieron como por ensalmo, camino de Nueva York.

El mayor timo de todos, en este sentido, fue la construcción del Museo Picasso de Málaga (2003), verdadero continente sin contenido, que se construyó para albergar una extraordinaria exposición temporal de obras de Picasso, que le valió el puesto de Ministra a la entonces Consejera de Cultura de la Comunidad, pero que, un año después de su inauguración, se evaporó, devuelta a sus legítimos propietarios, dejando en Málaga una pobre colección de obras de Picasso, que perfectamente podría haber albergado la Fundación Picasso sin tantas alharacas.

Aparte de la patología de construir museos que, carentes de una verdadera colección, funcionan como centros de arte y centros de arte que, carentes de infraestructuras propias, funcionan como museos (como el MARCO de Vigo y el CGAC de Santiago), el problema fundamental es que se han construido en nuestro país más de sesenta museos públicos, carentes de una verdadera colección, a los que no se dota de fondos suficientes para llevar a cabo sus actividades.

La actual situación de abandono, de desamparo o de mera supervivencia de centros de arte contemporáneo tales como el MEIAC de Badajoz, el Patio Herreriano de Valladolid, el Da2 de Salamanca, el Espai de Castellón, el CAAC de Sevilla, el CAAM de Las Palmas o el TEA de Tenerife así lo demuestra. La mayor parte de ellos manejan presupuestos de mera subsistencia que no sólo no les permite consolidar y ampliar sus colecciones, sino que apenas les permite organizar nuevas exposiciones.

Vemos ahora que se inauguran pomposamente en Avilés el Centro Niemeyer, queriendo emular, según sus promotores, al Guggenheim de Bilbao, carente por completo de un verdadero contenido, a la vez que la Laboral de Gijón -aquejada de un problema semejante- se debate entre sus propios fantasmas. Vemos cómo se inaugura en Málaga un nuevo museo, dedicado a albergar la colección de Carmen Cervera, a la vez que el Museo Picasso carece de una verdadera colección. Vemos cómo se inaugura en Alicante el MACA, sin un presupuesto suficiente para consolidar una colección o para organizar exposiciones. Vemos por último cómo se inauguran en San Sebastián el Museo de San Telmo, cuyo presupuesto asciende a 24 millones de Euros, mientras el proyecto de Tabakalera permanece empantanado; y cómo en Zaragoza se inaugura pomposamente el nuevo museo Pablo Serrano, con un presupuesto de construcción de 28 millones de Euros, de los que tendremos que ver finalmente los que quedan para colecciones y exposiciones.

Sin lugar a dudas la construcción de un museo es más rentable políticamente que la dotación de un programa expositivo o la articulación de una colección coherente. Mientras que el museo se construye en un único período legislativo (cuatro años) y se inaugura antes de las elecciones y puede quedar así como la firma de la gestión del político, encargado a arquitectos prestigiosos y favoreciendo los intereses de los promotores y constructores locales, el mantenimiento de una gestión coherente en manos de verdaderos profesionales no es rentable políticamente

En fin, si hubiese que hacer alguna declaración al respecto sonaría algo así como: "No more museums any more", con música de los Stranglers. O dicho más claramente: déjense de inauguraciones y hagan el favor de dotar dignamente los museos que ya hay, para que puedan funcionar. Por Miguel Cereceda, crítico de arte y comisario de exposiciones.

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