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Rosina Cazali y su apuesta por 7 artistas guatemaltecos

La curadora guatemalteca Rosina Cazali, que ha suspendido la práctica comisarial para centrarse en la investigación histórica del arte en Guatemala, señala, en entrevista con la comisaria española Nerea Ubieto, su apuesta por 7 jóvenes artistas de su país. Sus nombres son Hellen Ascoli, Inés Verdugo, Marilyn Boror, Gabriel Rodriguez, Manuel Chavajay y los hermanos Angel y Fernando Poyón. Y éstas sus razones. 

Nerea Ubieto
este es mi brocha, 2017, obra de Angel Poyón, uno de los artistas seleccionados por Rosina Cazali | Rosina Cazali y su apuesta por 7 artistas guatemaltecos
este es mi brocha, 2017, obra de Angel Poyón, uno de los artistas seleccionados por Rosina Cazali

Me reúno -recuerda Nerea Ubieto- con la curadora Rosina Cazali en su casa en Guatemala, donde me recibe afectuosamente con una jarra fresquita de agua de Jamaica. Los cálidos espacios de la vivienda reflejan gran parte de su dedicación vital: el arte y los libros son la base para el estudio y la reflexión. Cazali ha sido, y sigue siendo, la promotora por excelencia del arte contemporáneo en su país, sin embargo, en los últimos años ha dejado la práctica del comisariado a un lado para dar paso a las nuevas generaciones y poder centrarse en la investigación histórica del arte en Guatemala. 

Nerea Ubieto (NU): ¿Sigues atenta a la producción de artistas jóvenes?

Rosina Cazali (RC): Sí, claro, no pierdo de vista a los artistas que empiezan a emerger con perspectivas novedosas y que me interesan mucho en lo personal. 

 

NU: Te he pedido que apuestes por seis de estos artistas, ¿qué tienen en común?

RC: Todos son de una generación reciente, cada uno con un par de exposiciones individuales –sin mucho ruido ni luces–, pero sí con un interesante trabajo de experimentación. Sabemos que les está tocando un momento en el que todo está hecho y decir algo nuevo es difícil, pero precisamente lo que están proponiendo es retomar ideas, aceptándolas sin ningún tipo de pudor en enseñar las referencias obvias. Es un trabajo muy elaborado que parte del lugar en el que habitan. Es decir, reflexionan sobre la propia Guatemala, sobre su generación, las tecnologías, toda una serie de problemáticas que ven como propias. De entrada puede parecer que trabajan con medios con los que ya se ha trabajado mucho y que no aportan, pero en realidad hay una profunda renovación.

 

NU: Empecemos entonces…

RC: Hellen Ascoli me interesa mucho porque está trabajando con todo lo que tiene que ver con materiales textiles, pero haciendo una simbiosis con el cuerpo. El textil en algún punto se convierte en esa referencia corporal. Hay algo autobiográfico que también sucede con la obra de Inés Verdugo. Para esta artista, Sophie Calle es un gran referente y comienza a trabajar a partir de ella. Le interesó mucho verse reflejada en su trabajo, pero no lo toma de manera literal ni pretende ser una especie de continuadora, sino encontrar puntos de coincidencia. El primer trabajo que conocí de ella es un proyecto redondo. Desde muy pequeña, Inés comenzó a coleccionar objetos: de la comunión, cumpleaños, eventos familiares… recolectó cientos de ellos. Su propuesta para la 19 Bienal de Arte Paiz en Guatemala fue exponer todos estos objetos en una sala no muy grande y todos los días seleccionaba 2 o 3 y los dejaba en diferentes partes de la ciudad. Mostraba ese sentido de abandono, no de la acumulación, sino un despojarse de memorias y afectos. Pasaban cosas muy interesantes como gente que salía corriendo detrás de ella pensando que había olvidado el objeto. Es una acción contraria a todo lo que nos han enseñado, acumular… A partir de aquí empezó a desarrollar obras más complejas en las que sigue existiendo esa dimensión de establecer dimensiones humanas con gente que no conoce: llevar diarios, trabajar con el anonimato, introducir los mecanismos de enseñanza al arte…

Marilyn Boror venía haciendo un tipo de trabajo que es lo que se espera de cierto nivel de artista que ha trabajado pocos años, sin embargo, a finales del año pasado estuve como jurado en la Cisneros Fontanals Art Foundation (CIFO). Entre los numerosos participantes apareció un trabajo de Marilyn que me sorprendió muchísimo. Consistía en cambiar su nombre legalmente y tomar el nombre de un personaje o familia guatemalteca de alta alcurnia. Fue una bomba. Ya no hablo de la obra, sino de cómo una propuesta puede desestabilizar cualquier noción que se tenga del artista joven y en este caso del artista que está yendo más allá de sí mismo, cuestionando una cantidad de asuntos que tiene que ver con la cultura de Guatemala, con las jerarquías identitarias y racismos. Y principalmente pensando en procesos y teorías de decolonización como los que están aplicando artistas como Benvenuto Chavajay o los hermanos Poyón. Fue una propuesta realmente cuestionadora que finalmente la institución no se arriesgó a seleccionar. 

 

NU: Y ahora los hombres…

RC: Gabriel Rodríguez comenzó con trabajos no objetuales, siempre dentro del arte conceptual, el trabajo de performance… Lo que me gusta de sus proyectos es que son aparentemente muy sencillos, pero siempre tienen que ver con procesos muy complejos de las referencias que va tomando y sumando.  En Guatemala, el artista Aníbal López fue el primero que empezó a definir un cierto interés sobre el concepto de la línea y realizó varios trabajos cuestionando las fórmulas heredadas de la historia del arte, las miradas institucionales y académicas en torno a la línea. Gabriel retoma ese concepto y le añade la visión desde las tecnologías. En una de sus obras, se equipa con una cámara Go Pro y hace un recorrido ciego de una habitación para ahondar en la percepción de lo que es una línea. El recorrido se registra y al final él ni siquiera sabe qué es lo que pasó ni cual es el mapa que dibujó. Hay una especie de conexión directa con ese diálogo que inició Aníbal y al que Gabriel da continuidad. No tiene miedo de que el tema ya este tratado, porque sabe que hay que seguir insistiendo, es una actitud que me gusta mucho.

Después, hay varios artistas de esta generación que trabajan alejados de la ciudad, pero para mi de los más interesantes son los hermanos Ángel y Fernando Poyón. Ellos son Kakchiqueles y viven y trabajan en el pueblo de San Juan Comalapa. Son artistas que cuestionan el conflicto de la identidad étnica o los procesos de colonialidad desde otra mirada, desde las nuevas concepciones mayas e indígenas. Tienen un sentido del humor maravilloso. Hace unos dos años trabajamos en un proyecto que se llama la Colección Poyón; consiste básicamente una recopilación de una cantidad de objetos, libros, imágenes, fotografías que tienen que ver con la concepción de “lo maya” y cómo se ha entendido en diferentes épocas, a través de las artesanías, los legados culturales o la lectura del antropólogo o el arqueólogo. La Colección Poyón es una parodia, donde los dos hermanos se asumen como coleccionistas de todo tipo de producciones e imágenes que presentan esa visión estereotípica de lo maya: películas, chistes del peor racismo, dibujos, caricaturas… La ficción llega hasta el punto de  cuestionar el estereotipo del coleccionista de arte. Es decir, el hombre generalmente blanco, con recursos y poder adquisitivo. Los hermanos Poyón revierten completamente esta mirada de poder al nombrarse a sí mismos como coleccionistas pero desde la supuesta subalternidad con la que han sido catalogados los pueblos indígenas y mayas. Lo maravilloso del proyecto es la capacidad de los artistas de ser críticos y al mismo tiempo reírse de sí mismos.

Manuel Chavajay trabaja en San Pedro la Laguna en Atitlán, uno de los muchos pueblos que están en el entorno de ese lago emblemático. Está tratando aspectos que tienen que ver precisamente con todos los simbolismos y subjetividades que emergen desde el imaginario  del lago y la cultura tz’utujil. Su trabajo es magistral. En éste se perciben múltiples reflejos que tienen que ver con la memoria de su familia y la de los habitantes de San Pedro, como han digerido los diferentes momentos del conflicto armado y la posguerra. Chavajay hace cierto activismo a través de vídeo, pintura, objetos. Toda su obra está muy bien resuelta, con mucha poesía.

 

NU: Háblame de ti, en qué andas ahora…

RC: Estoy en una época de cambios. Me he retirado de la escena curatorial desde hace tres años y le estoy dedicando tiempo a la docencia y principalmente a la investigación.

 

NU: ¿Por qué decidiste apartarte del comisariado? 

RC: Siempre llega ese momento en el que paras en seco y tienes que cuestionarte las cosas: la profesión, lo que has hecho hasta ese momento. Percibes ciertos mecanismos y no te reconoces con el nuevo público. Me di cuenta de que me estaba tocando decir las cosas desde otro lugar, vamos a ver qué tal resulta la ausencia, ojalá todo vaya bien. 

 

NU: Si tu te vas, ¿a quién dejas al mando?

RC: Más bien hay que hablar de relevos. Hay algunos artistas que están haciendo proyectos, quizá sin problematizar tanto, pero con buenos resultados. Me gusta mucho, por ejemplo, los proyectos que proponen Gabriel Rodríguez y Diego Sagastume en el espacio Sótano 1 (S1). Es un lugar ejemplar en cuanto a riesgos y el compromiso de mostrar los derroteros de los artistas emergentes. Proyectos Ultravioleta, un lugar dirigido por Stefan Benchoam, y el Nuevo Museo –conocido a veces como “el huevo” o el NUMU, dirigido por Benchoam y Jessica Kairé- también son espacios que apuestan a las novedades y a los proyectos alternos. Su aporte es invaluable. 

 

NU: ¿Cómo sientes este proceso?

RC: Para mi es una metamorfosis. La investigación es algo que siempre me ha inquietado y estoy en esas. Tengo un proyecto editorial con la curadora Anabel Acevedo y estamos muy entusiasmadas, aunque todavía no hemos sacado nada porque es muy reciente. En seguida nos dimos cuenta de lo difícil que es hacer libros y conseguir los fondos para ello. Así que empezamos al revés, primero aplicamos a un fondo de la Fundación Jumex para realizar una investigación sobre la performance en Guatemala y lo ganamos. Luego buscaremos la manera de hacer la publicación. Como no se sabe nada de Guatemala, hay un importante interés. El proyecto tiene que ver con el estudio de la genealogía del performance en Guatemala y estamos muy satisfechas con la cantidad de material que ha aparecido, es maravilloso. 

 

NU: ¿Qué diferencia hay con tus escritos anteriores? 

RC: Siempre me había limitado a escribir el texto que acompaña catálogos, el texto de sala, reseñas o ensayos poco ambiciosos. Digamos ese tipo de dispositivo que generalmente complementa una exposición o textos que van surgiendo a partir de solicitudes institucionales, etc. Nunca me había dado la oportunidad de profundizar a nivel histórico, tomando en cuenta referentes más amplios o específicos en relación a la historia de Guatemala. Es un reto porque hay mucho por leer, aprender e incluso desaprender. Pero también es una manera de repasar las ideas que se han gestado a través de tantos años, todo lo que viste y todo lo que intentaste comprender en diferentes momentos de tu vida o contextos. Ahora toca volcarlo sobre el papel y de repente darte cuenta que estos 30 años de labor han merecido la pena. 

 

A continuación encontrará más información de cada uno de los artistas seleccionados por Rosina Cazali, así como algunas de sus obras más recientes:


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