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Emil Nolde, Nubes de verano, 1913. Óleo sobre lienzo, 73,3 x 88,5 cm Procedencia: Museo Nacional Thyssen-Bornemisza, Madrid. Crédito fotográfico: © Museo Nacional Thyssen-Bornemisza, Madrid —  Cortesía de Obra Social "la Caixa"
Evento finalizado
03
may 2019
25
ago 2019

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Publicada el 20 may de 2019      Vista 190 veces

Descripción de la Exposición

«El color del ensueño, el color del arte, un color helénico y homérico, color oceánico y del firmamento». Con estas palabras, Rubén Darío plasmaba ya en 1888 la importancia del azul en el incipiente movimiento modernista. La exposición Azul. El color del Modernismo recorre toda la paleta de azules —desde el azul ultramar (el lapislázuli), pasando por el añil indio o el azul cobalto, hasta la aparición de los pigmentos sintéticos, el azul ultramar francés, el azul de Prusia o el cerúleo— y los significados poéticos a los que fueron asociados por el Modernismo. Se plantea como una experiencia estética que arranca con la sensibilidad romántica y transita por el simbolismo. La muestra también se detiene en el incipiente uso del color que se realizó en los inicios del cine, con algunos films coloreados en azul de cineastas como Segundo de Chomón. Organizada por ”la Caixa” en colaboración con el Museu Nacional d’Art de Catalunya y los Musées d’Art et d’Histoire de Ginebra, se presenta por primera vez en CaixaForum Sevilla. Este viaje por el azul tiene como protagonistas a Gustave Courbet, Pablo Picasso, Ferdinand Hodler, Santiago Rusiñol, Joaquim Mir, Emil Nolde, Maurice de Vlaminck, Joaquín Torres-García o Isidre Nonell, entre otros. Dentro de su programación, ”la Caixa” presta especial atención al arte de los siglos XIX y XX, con el objetivo de promover la divulgación en torno a una época clave para entender la sensibilidad contemporánea. En este sentido, Azul. El color del Modernismo se inscribe en una serie de actividades que la entidad desarrolla desde hace años en torno a este movimiento artístico, haciendo especial referencia a la obra de Hermen Anglada-Camarasa, con proyectos como el que sirvió para inaugurar CaixaForum Sevilla en 2017. Ahora, el centro cultural de ”la Caixa” en Sevilla acoge el estreno absoluto de esta nueva exposición. Repartida en cinco ámbitos, se pregunta qué evoca el color azul en el Modernismo y, al mismo tiempo, de qué forma este movimiento artístico afecta la percepción del azul. Organizada en colaboración con el Museu Nacional d’Art de Catalunya y los Musées d’Art et d’Histoire de Ginebra, la muestra está formada por un total de 72 pinturas –algunas de las cuales se prestan por primera vez- de más de una docena de prestadores, así como por cinco películas, gracias a la colaboración de la Filmoteca de Catalunya. La selección incluye a los principales artistas en el paso del siglo XIX al siglo XX, entre los que destacan Hermen Anglada-Camarasa, Joaquim Mir, Isidre Nonell, Pablo Picasso, Darío de Regoyos, Nicolau Raurich, Santiago Rusiñol o Joaquín Torres García. También se incluyen algunas figuras destacadas del arte europeo como Ferdinand Hodler, Emil Nolde, Gustave Courbet o Maurice de Vlaminck, junto a una serie de estampas japonesas de la colección Anglada-Camarasa. Como viene siendo habitual en todas las exposiciones que organiza ”la Caixa”, la muestra se complementa con un completo programa de actividades para el público general, familiar y escolar, y actividades de verano y específicas para el Día de los Museos, así como la publicación de un catálogo editado por ”la Caixa” y Editorial Planeta con artículos a cargo de Teresa-M. Sala i Garcia, Eduard Vallès, Elisa de Halleux, Pere Capellà Simó, Mariona Bruzzo Llaberia y Rosa Cardona Arnau. El azul, alma de la época del Modernismo Azul. El color del Modernismo se inspira en el libro de Rubén Darío Azul…, publicado en 1888, y a partir de ahí se adentra en el espíritu de una época marcada por la presencia del azul y de sus connotaciones. Se trata de un período, el de finales del siglo XIX y comienzos del XX, en que se constituye una poetización estética basada en la relación entre los paisajes, los fenómenos de la naturaleza y los estados anímicos. Esta conexión se inscribe en el proyecto de la modernidad, transita por el simbolismo y ve nacer el cinematógrafo. La poesía y el arte de la época se llenan de paisajes crepusculares, de cielos a medianoche, de parajes montañosos, de playas y de mares, pero también de escenas cotidianas y de retratos que emplean una gran variedad de azules como vehículo para traducir y manifestar el misterio y el subconsciente, la belleza y la inmensidad, las tensiones interiores y la soledad, la vida espiritual y el más allá. Con la llegada de los pigmentos sintéticos, a los azules que estaban presentes en aquel momento en la paleta de los artistas se les añaden otros: al preciado azul ultramar (el lapislázuli), el índigo o el azul cobalto, se les unen el azul ultramar francés, el azul de Prusia o el cerúleo. Y así se amplían las posibilidades y los matices de expresión de una época que, en Azul. El color del Modernismo, se transforma en un recorrido que va de Occidente a Oriente y de la música a la poesía, pasando por la pintura y por el cine. El protagonismo que toma el azul a finales del siglo XIX no es del todo nuevo. Anteriormente, el Romanticismo ya había concedido una atención particular al simbolismo de los colores, entre ellos el azul, que representaba virtudes poéticas. No en vano, Victor Hugo sostenía que l’art c’est l’azur, es decir, ‘el arte es el azul’. También los poetas simbolistas otorgaban al azul valores y atributos fundamentales, como Charles Baudelaire, quien consideraba que emergía de la belleza enigmática de las sombras para devenir un símbolo vinculado a lo inalcanzable, mientras que Stéphane Mallarmé se aventuraba en la búsqueda del ideal de belleza absoluta a través del eterno azur. Rubén Darío, desde tierras americanas, se inspiraba en la poesía francesa para escribir, en 1888, el libro Azul…, de influencia decisiva en los modernistas. A finales del XIX, en paralelo, nace el cine. En sus inicios, el color se aplicaba manualmente fotograma a fotograma con pinceles, plantillas o tintes de colores. Así se conseguía crear atmósferas que a menudo respondían a un código de uso según el cual, por ejemplo, el rojo expresaba peligro; el amarillo, alegría, y el azul, la noche. En el año 1906 el sistema se mecaniza gracias, entre otras novedades, al Pathécolor, un procedimiento de coloreado de películas con plantilla. Sin embargo, no podemos hablar de cine en color hasta las décadas de los años veinte y treinta del siglo XX. Pero si queremos atender a los colores del Modernismo y, concretamente, al azul y a su relevancia, debemos fijarnos en las primeras películas coloreadas. ÁMBITOS DE LA EXPOSICIÓN 1. Todos los colores del azul Las tonalidades azuladas de las pinturas y de los aizuri-e de las estampas japonesas son como palabras a través de las cuales se expresan los artistas. Por eso es clave que, en el siglo XIX, los pigmentos se fabriquen por primera vez industrialmente: así se consigue imitar el arco iris con una exactitud sin precedentes y ampliar el vocabulario pictórico al alcance del pincel. El azul adquiere nuevos matices y nuevas tonalidades: al preciado azul ultramar (el lapislázuli), el índigo o el azul cobalto, se les añaden el azul ultramar francés o el azul de Prusia. Con todo, hasta la década de 1860 los artistas no dispusieron de un auténtico pigmento cerúleo, aunque inicialmente solo en acuarela. Una década más tarde, cuando ya es posible utilizarlo en óleo, alcanza una gran relevancia. 2. Azur, el poder evocador El azur se convierte en el ideal de belleza de los artistas y de los poetas que reaccionan contra el advenimiento del materialismo, en un intento por encontrar respuestas a la crisis de valores en que se hallan inmersos. El sueño de una Europa simbolista encuentra en el azul el color de la poesía, del arte y del misterio. Quien otorga al azul buena parte del sentido que el Modernismo mantendrá con posterioridad es Charles Baudelaire. En sus versos se convierte en el lugar de la belleza, pero también de la inspiración, de la vida interior y de la pureza. En uno de sus poemas más representativos, compara la figura del poeta con los albatros, a los que llama «reyes del azur». La simbología y los valores de este color también están presentes en la obra de Stéphane Mallarmé, que en el poema «El Azur» exclama: «Me obsesiono. ¡El Azur! ¡El Azur! ¡El Azur! ¡El Azur!». La luz de los azules La luminosidad y la claridad de los celajes se consiguen con el azul cielo, azul celestino o azul pálido, muy presente ya en la obra de pintores románticos como Constable y Turner. Es mediante este color y su intensidad que muchos creadores plasman lo sublime en el lienzo, a partir de paisajes y de escenas de la naturaleza que impactan por su grandiosidad. Son buenos ejemplos de ello la vista panorámica de las montañas de los Alpes de Gustave Courbet y la del mar tempestuoso de Ramon Martí i Alsina, a quien el pintor francés marcó profundamente. La profundidad y la fuerza de los lienzos de ambos pintores, situados habitualmente en el Realismo, nos alejan de cualquier tipo de etiqueta estética. 3. Paisajes sonoros / Paisajes del alma Existen numerosos paralelismos y puntos de contacto entre el arte del simbolismo y la música, que se convierten en un fructífero laboratorio para explorar las posibilidades de la sinestesia como resultado de la asociación de elementos que provienen de diferentes dominios sensoriales. Paul Gauguin afirmaba que «el color es una vibración, como la música». En esta misma línea, en una carta dirigida a su hermano Theo, Vincent van Gogh había escrito que «la pintura, tal como aparece hoy, promete volverse más sutil –más música y menos escultura–, promete, en fin, el color». La música se ve y los colores se oyen en las obras de un período en que el yo se expresa en los paisajes. Las escenas nocturnas son sinfonías en azul, igual que, de hecho, todas las representaciones de la naturaleza son melodías que se ofrecen a la vista y al oído para transmitir las emociones de quien las pinta. Fragancias de melancolía Los estados contemplativos permiten no tanto observar la realidad exterior como adentrarse hacia las profundidades del alma. A menudo hacen aflorar la melancolía, que se tiñe de azul para representar la figura del melancólico como un ser meditativo o triste que, al mismo tiempo, se corresponde con la imagen del artista y del marginado. Son buenos ejemplos de ello las mujeres que retratan Nonell y Hodler, ensimismadas y abstraídas en sus circunstancias. La hora azul / Crepúsculos El crepúsculo, en tanto que indica el instante en que el día empieza a terminarse, es una metáfora de la incertitud, la soledad y la muerte. Son muchas las representaciones textuales y pictóricas en que la naturaleza onírica de lo que podemos llamar la hora azul expresa la sensibilidad de finales del siglo XIX. Una Arcadia soñada Aunque con algunas variaciones, la Arcadia se mantiene como el lugar paradisíaco y de comunión con la naturaleza que había aflorado durante el Renacimiento y el Romanticismo. En las obras de los escritores y de los artistas simbolistas, la Arcadia es un espacio idílico, una imagen sin tiempo que conecta con el mito y que es capaz de reflejar verdades eternas. 4. El pájaro azul y la flor azul Como lugar donde se halla el ideal, el azul tiñe algunos elementos del entorno, como los pájaros y las flores, que se convierten inmediatamente en símbolos. Así pues, la flor azul y el pájaro azul representan la unión del sueño y la realidad, igual que, de hecho, la luna que mira al planeta azul y todo lo que, impregnado de este color, agudiza la vida espiritual. Son ejemplos representativos de ello la flor azul de Novalis, los pájaros azules del dramaturgo simbolista Maurice Maeterlinck y el texto de Rubén Darío El pájaro azul. 5. La noche, el sueño, el abismo y la muerte / Nocturnos Los paisajes nocturnos y las escenas en que la noche toma el protagonismo llenan las obras de este período como símbolos de la nostalgia y de la melancolía, de la tristeza y de la muerte, pero también del misterio que convoca la oscuridad. Por lo tanto, son sinónimos del insomnio, pero al mismo tiempo también de la visión poética, porque nos acercan a lo que es desconocido, a lo que se entrevé y a lo que ha quedado, de alguna forma, transfigurado. La noche desvela la realidad como un cuento fantástico, con presencias fantasmagóricas que, a pesar de que puedan provocar temores, son felizmente inquietantes. No en vano, el romántico Novalis la había descrito como «el lugar de las revelaciones». En efecto, con su ausencia de luz y de color, la noche y el sueño evocan la muerte y la angustia existencial, así como el sentido de lo siniestro y los cambios de conciencia. Sin embargo, producen el efecto de las profundidades de los abismos: desasosiegan porque representan la oscuridad absoluta, pero, ¿dónde va a ser sino en estas profundidades donde nos figuramos que descubriremos tesoros maravillosos que brillan inmutables en las tinieblas? Final: Noche de cine Hacia 1897, el cineasta Segundo de Chomón había trabajado en la compañía Star Film, de Georges Méliès, pintando películas junto a su esposa. En el film de 1908 Les lunatiques, realizado para Pathé Frères de París, la habilidad y la maestría antes aprendidas se traducen en la captura de un mundo lunático lleno de trucajes transformadores. La imaginación y la técnica confluyen así en el cine como contrapunto lúdico de los paisajes pintados de azul durante la época del Modernismo.

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