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Luis Caballero Holguín
Evento finalizado
15
sep 2016
20
ene 2017

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Publicada el 08 oct de 2016      Vista 103 veces

Descripción de la Exposición

"Es el reconocimiento a la obra de este artista bogotano durante el Trigésimo Aniversario del Museo Bolivariano de Arte Contemporáneo Quinta de San Pedro Alejandrino de Santa Marta. La exposición del Trigésimo Aniversario del Museo Bolivariano de Arte Contemporáneo Quinta de San Pedro Alejandrino es un reconocimiento al Maestro Luis Caballero (1943-1995), cuya estética se basa en la figura humana y su erotismo, dándole forma a cada obra, con exquisitos trazos. Es un homenaje a su sobresaliente producción, así se refiere la Directora del Museo, Licenciada Zarita Abelló de Bonilla a la muestra conmemorativa de los 30 años, cuya exposición se inaugura el jueves 15 de septiembre en las salas del Museo y se prolongará hasta enero de 2017. Fue considerado por la Crítica de Arte, Marta Traba en los años setenta como “ … la figura más poderosa del arte nacional joven”, en ese entonces la experta se refería al artista: “Luis Caballero, fue el alumno silencioso y devorado por la timidez; tironeado entre la herencia de una familia de filósofos ironistas y su propia errática fragilidad personal, era preciso que descubriera el erotismo como camino y meta; como la forma ambigua que más convenía a sus dolorosas indecisiones, espoleadas, además, por un enorme talento”. A su turno el Curador, Eduardo Serrano sobre su obra se refiere enfáticamente: “Caballero hizo del dibujo un lenguaje personal y conmovedor; certeramente expresivo de su voluptuosa visión del mundo, y de su lúcida noción del arte”; de ahí que aún hoy la obra de Luis Caballero continué siendo un referente. Al respecto, Elkin Rubiano en 2014 expresó que “… la carga de Caballero está puesta en la desnudez… Y la desnudez, desde luego, no es la ausencia de ropa.” “Me apasiona pintar”: Luis Caballero (1943-1995) “Me apasiona pintar. Tratar de buscar ese punto de equilibrio perfecto en que una idea se hace forma”, de esta manera se refería el artista colombiano sobre su cercanía a la pintura. Durante la exposición que hiciera en 1990 para la Galería Garcés Velásquez manifestaba en su catálogo de exhibición que “… hay que intentar hacer “el gran arte”. Una gran obra. En general, el arte contemporáneo peca por falta de ambición”. Afirmaba que en plástica, hacer una obra es crear una imagen necesaria. Lo demás es decoración. “En mi caso, esa ‘imagen necesaria’ que busco ha sido siempre la misma. No el mismo cuadro, sino la misma imagen: la belleza del cuerpo del hombre, la tensión entre los cuerpos, su relación de deseo o de rechazo, su necesidad de unión. He intentado hacerla de muchas maneras -realista, expresionista, formalista-, perdiéndome cuando olvidaba que esas maneras eran sólo caminos. Esta vez intento una vez más crear esa imagen necesaria. Intento hacerla real, y más aún, sagrada”. Luis Caballero mostraba su claro gusto sobre el dibujo, técnica que le permitía ser menos realista y a la vez más real, más directo y a la vez más simbólico -porque el dibujo ya es en sí una abstracción-. “Me permite mostrar sin relatar, evitando que la escena pintada sea simplemente anecdótica. No se trata de representar la idea, o la imagen, sino de convertirla en una realidad pictórica”. De esta forma, explica la Curadora del Museo Bolivariano de Arte Contemporáneo, Stefannia Doria Rincón que conmemorar 30 años junto a la obra del Maestro Luis caballero, es hacerle un homenaje a la anatomía, a la fuerza del cuerpo que zigzaguea entre la vida y la muerte a través de dibujos o pinturas. “Una producción que nos crea puentes entre el ideal del Renacimiento y ese impulso intimista de hacer que el espectador pase de la contemplación a la sensación de un erotismo sofisticado, sutilmente agresivo que lo convirtió en un referente no solo dentro del lenguaje artístico colombiano en cuanto a figuración se refiere, sino en el reflejo de esa ruda transición del siglo XX al siglo XXI en Colombia”. La exposición de aniversario y los actos conmemorativos de los 30 años integran la programación general del Museo Bolivariano de Arte Contemporáneo, que cuenta con el apoyo del Ministerio de Cultura – Programa Nacional de Concertación Cultural y la Alcaldía Distrital de Santa Marta. Luis Caballero visto por el galerista Albert Loeb El galerista de Caballero en París, Albert Loeb conocía detalle a detalle sobre el impacto de la obra de Luis Caballero. Desde mediados de los setenta, promotor entonces de pintores y escultores jóvenes. Actualmente coleccionista y difusor de arte primitivo africano. Para la presentación del catálogo de la exposición en septiembre de 1996 en la Galería Albert Loeb explicaba la huella dejada por el artista Luis Caballero. Luis Caballero nació en un país latino, profundamente religioso, violento y fanático. Proveniente de una familia destacada, con un padre escritor, diplomático en Madrid y en París, Luis se nutrió en su infancia y adolescencia de la cultura española y francesa. Cuando tenía diez años su padre los llevaba a su hermano y a él al Museo del Prado a copiar a Velázquez, y desde niño se sintió atraído por las pinturas de las iglesias. Cuando decide instalarse en París en 1968, su pintura –según los cánones de la época- es desde luego moderna. A los 25 años es fuertemente influenciado por Bacon, Matta, de Kooning, y por el pop art y sus representantes David Hockney y Allen Jones. Insatisfecho ante la obra de los artistas que venera –Miguel Ángel, Rubens, Rembrandt, los venecianos, Velázquez, Géricault – Luis comprende que lo humano es lo único esencial y que da al arte un sentido, inclusive una razón de ser. Por lo tanto el lenguaje purista de la forma no le basta para expresar su percepción y ahí es cuando radicalmente cuestiona su pintura. Se dedica a estudiar anatomía y perspectiva y a dibujar del natural. El cuerpo masculino se convierte, hasta la obsesión, en su único tema: un cuerpo deseado más jamás apropiado sino por el dibujo o por la pintura. Este trabajo, unido a un gran talento, le permite en algunos años expresar con fuerza y armonía, su fascinación por los cuerpos enlazados, apasionados, agresivos, agredidos. Y mientras más se empeña en seguir por este camino, más se libera de un arte contemporáneo, de “el arte por el arte”, el cual se constituye en un fin en sí mismo. En 1977, con motivo de su primera exposición en la Galería Jade en Colmar (Francia), volvió a ver la obra maestra de Matías Grünewald, el retablo de Issenheim. En esos paneles que representan la Crucifixión se encuentra el realismo del cuerpo de Cristo en la cruz, maltratado, cadavérico; la Virgen, de una palidez extrema, los labios violáceos, en lágrimas, sostenida por San Juan Bautista; y más cerca de la cruz, María Magdalena, de rodillas, enloquecidos de dolor. Esta visión exacerbada del sufrimiento humano impresionó a Luis profundamente. Grünewald le aportó la gran prueba, el modelo extremo con el cual el artista pudo comunicar al espectador la violencia de su emoción. Sensible al sufrimiento, Luis queda hondamente inspirado, inspirado por una violencia que él erotiza. Violencia y goce se unen: la violencia de los retozos amorosos, la violencia del crimen, de la sangre que corre, la violencia que hay en cada uno de nosotros. Para él, en cada gesto el hombre es un objeto de belleza. Dibuja a sus modelos hasta tarde en la noche. La emoción ante esos cuerpos –a veces un simple pie, una mano, un hombro- enriquece su mirada y hace nacer tantos dibujos, tantos cuadros, todos sobre el mismo tema, y todos distintos. Convencido del camino que ha seguido deja de preocuparse por entrar a la historia. Su única ambición es profundizar y perfeccionar su obra. Luis nos dejó una obra inconclusa. Sus últimos cuadros, los que pudo terminar antes de que la enfermedad lo privara con crueldad de las facultades físicas para pintar eran, según él mismo, los más maduros, los más logrados. Su paleta declinaba entonces en infinitas sutilezas, los negros, los grises y los blancos. Era quizás una premonición de la noche en que iba a hundirse cuatro años más tarde.

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el 08 oct de 2016

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