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Envidia, ANTOINE ROEGIERS - Gula, BRUEGHEL EL VIEJO — Cortesía de San Telmo Museoa
Evento finalizado
29
feb 2020
30
ago 2020

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Publicada el 16 dic de 2019      Vista 243 veces

Descripción de la Exposición

Con el diablo como eje, la nueva exposición del Museo San Telmo se sumerge en el universo de los Brueghel. “El Diablo, tal vez. El mundo de los Brueghel” está comisariada por María Bolaños, directora del Museo Nacional de Escultura, donde se gestó y se expuso en 2019. En San Telmo se podrá visitar entre el 29 de febrero y el 24 de mayo, y se organiza en colaboración con este museo y con el Museo de Bellas Artes de Asturias, al que irá posteriormente. La muestra explora un territorio muy fértil en la tradición artística, la tríada «tentación-pecado-demonio», a partir de un cuadro de la colección del Museo Nacional de Escultura, Las tentaciones de San Antonio, de Jan Brueghel de Velours, que sirve de “hilo rojo” para enhebrar obras y escenas, técnicas y estéticas, el pasado y el presente, en torno a un núcleo protagonizado por la familia Brueghel. Y es que fueron los pintores flamencos y alemanes -Bosco o la dinastía bruegheliana— los que con mayor inventiva, atrevimiento y energía expresiva exploraron este tema hasta convertirlo en un género artístico, de duración breve (poco más de un siglo), pero tan fulgurante, que, aunque hoy sus imágenes nos sigan dejando atónitos, tan enigmáticas e inaccesibles, nos resultan deliciosamente modernas. El auge de esta temática, como sugiere el título de la exposición, puede atribuirse, «tal vez», al poder de las artimañas del diablo en la vida religiosa, un poder que se expande justamente en las fechas en que la Europa cristiana del Renacimiento sufre una honda crisis: discordia fanática entre luteranos y papistas, aparición de poderosas autoridades, guerras de extrema violencia, vigilancia de las conciencias. Por eso, aunque desde la óptica religiosa, es el diablo el «jefe de orquesta» de este mundo dominado por el Mal, no deja de entreverse que Satán, además de un ser sobrenatural y maléfico, era también el aglutinante «cósmico» que, más allá de su verdad teológica, alimentaba el pesimismo social o el alcance que la culpa individual iba ganando en las conductas, a modo de demonios interiores. El magnetismo visual de estos artistas conserva todo su brío nutriendo la imaginación de hoy. La experimentación que combina el lenguaje digital junto con herramientas de los viejos maestros como el dibujo, dan en la obra de un joven artista del siglo XXI como es Antoine Roegiers frutos artísticos de una fertilidad poética tan sutilmente subversiva como lo fue en su tiempo la obra de los Brueghel y cuantos participaron en aquella audaz aventura de «pintar al hombre por dentro». La exposición gira en torno a Las tentaciones de San Antonio, de Jan Brueghel de Velours, una obra-faro, que determina el discurso expositivo y es el punto de arranque de todas sus derivaciones. Una de sus secciones es la constituida por la serie de Los siete pecados capitales de Pieter Bruegel el Viejo (1525-1569) (en este caso, reproducciones de los grabados originales de la Biblioteca Nacional de España), fundador de la dinastía, que cumple un papel de bisagra entre el lienzo de su hijo, Brueghel de Velours, y la obra contemporánea que se presenta en la muestra, los dibujos y filmes de Antoine Roegiers, que experimenta sobre esta serie, en un lenguaje moderno y con técnicas digitales, pero sin despegarse del espíritu brueghelesco. El mundo de Brueghel no existe, nunca ha sido real. Hoy diríamos que es un mundo «virtual». Pues bien, quinientos años después, esa dimensión «virtual» va a ser explorada por Antoine Roegiers (Braine-l’Alleud, Bélgica, 1980), un artista belga formado en la École des Beaux-Arts de París, con los nuevos medios que la técnica digital pone al servicio de los creadores, «pero con el Louvre enfrente». Particularmente seducido por la libertad y la modernidad que alcanzaron los pintores flamencos, la obra de Roegiers ahonda, fiel a sus orígenes belgas, en esa tradición pictórica de los Países Bajos, que tiene en Bosco y Brueghel a sus grandes maestros, y prosigue hasta nuestros días en personalidades tan distintas como Magritte, Broodthaers o Jan Fabre. Lo que Roegiers se propone es explorar el mayor hallazgo visual del maestro Bruegel: la simultaneidad de la acción. En sus estampas todo sucede al mismo tiempo: la sincronía de miniacontecimientos, la profusión de microrrelatos, el patchwork de escenas que colman el paisaje, al que otorga una gran profundidad, y que va ubicando en primeros, segundos, terceros y últimos términos —hasta nueve planos superpuestos—, «como si fuese un milhojas». Roegiers reinventa esa profundidad, esa tercera dimensión de la que el grabado solo da un ilusión fingida, taladrando la superficie bidimensional de la estampa. Secciones de la exposición Una temporada en el infierno Entre 1460 y 1610, la tentación de San Antonio conquista las artes plásticas. La representación de las privaciones del santo y sus alucinaciones llegó a ser un artículo muy solicitado en la sociedad flamenca, ansiosa por preservarse de la condena al infierno, un temor colectivo e individual que había cobrado un nuevo auge. Las dos grandes invenciones de estos pintores nórdicos fueron, en primer lugar, el paisaje: la ubicación de este tormento diabólico, al aire libre, en medio de grutas, bosques, ciudades y cielos en el horizonte. No es el paisaje «heroico» de los italianos. Es una naturaleza incendiada, tenebrosa, llena de energía errática y salvaje, infectada por las fuerzas metafísicas del mal. La segunda gran invención fue el carácter fantasmal y quimérico de la tentación, que se encarna en mutantes demoniacos vagamente antropomorfos, enloquecidos o seductores, en homúnculos repulsivos con signos de brutalidad, de estupidez, de malicia, que embarullan los reinos de la naturaleza: la roca de rostro humano, el pájaro-soldado, el reptil volante y, en fin, toda suerte de «disparates». No hay jerarquías y no sabemos adónde dirigir la mirada. Pronto comprendemos que la necesidad occidental de «interpretar» ha de ser sustituida por el placer de «ver». Brueghel el Viejo: una diversión sobre los pecados El enigmático Brueghel vivió en una Flandes convulsa, en medio de guerras, miserias e intolerancia. Atormentadas y pesimistas, las gentes vivían obsesionadas por el pecado y la condena eterna, en virtud de la creciente autoridad de la Iglesia y los procesos de culpabilización individual. Esta serie fue la que dio al joven Brueghel su celebridad de gran dibujante. Nos presenta un mundo embaucador y laberíntico en el que siempre ronda el Maligno. En numerosas microescenas, hombres, animales, demonios y criaturas de pesadilla, son mostrados panorámicamente, en un enredo corpóreo, desde arriba, en cuclillas, enmarañados, en posturas acrobáticas, reptantes, rodeados de centenares de cosas y detalles. No podemos despegar la vista. Pero Brueghel no juzga; es un notario que levanta acta del desenfreno humano: estupidez, avaricia, crimen, glotonería, procacidad, envidias y muy poca bondad. Es un mundo doloroso, pero visto con ligereza, donde asoma el transgresor aliento de la cultura popular, fundada sobre la «carnavalización» del mundo y la risa, como compensación a la obediencia del orden establecido. La gran locura de Brueghel cobra vida Empujados por un soplo poético e inquietante, los extraños protagonistas de los pecados se ponen en movimiento. La gran locura flamenca cobra vida. Roegiers explora un gran hallazgo compositivo de las estampas brueghelianas: la simultaneidad de miniacontecimientos que forman un «milhojas» de escenas superpuestas. Es como si, centenares de años después, Brueghel viese satisfecho un anhelo entonces inalcanzable: abandonar la inmovilidad del grabado y contarnos los secretos y las intenciones de ese hormiguero humano, para completar las historias, y, en un zoom cinematográfico, acercarnos sus gestos o alejarlos en una vista panorámica. En un movimiento repetitivo y fascinante, el decorado se anima: de una «nada vacía» surgen encapuchados o piernas que avanzan a gatas; cabezaspatas que atraviesan bosques; una misteriosa soldadesca que corre en pos de algo, caracoles y orugas que se arrastran sobre el terreno o peces que se lanzan por el aire sobre su presa. El artista hace entrar al espectador en el interior de la estampa para pasearle más allá de donde le había llevado Brueghel. Le convierte en un mirón. En esta sección se presentan las animaciones creadas por Antoine Roegiers, inspiradas en los grabados de Pieter Brueghel El Viejo, del siglo XVI. El rompecabezas de Brueghel El magnetismo visual de la tradición flamenca conserva todo su brío nutriendo la imaginación de hoy. La experimentación que combina el lenguaje digital junto con herramientas de los viejos maestros como el dibujo, dan en la obra de un joven artista del siglo XXI como es Antoine Roegiers frutos artísticos de una fertilidad poética tan sutilmente subversiva como lo fue en su tiempo la obra de los Brueghel. Seducido por la libertad y la modernidad del maestro, Roegiers se desliza en la piel de su ilustre predecesor, con el que comparte la finura en el detalle, cierta inclinación a la perversidad, el gusto por la extrañeza y una visión maliciosa del comportamiento humano. Su método creativo tiene mucho de artesanal. Con impecable maestría técnica, redibuja por separado arquitecturas, personajes y geografías, como en un rompecabezas, despiezando los miembros del cuerpo, variando el punto de vista y aislando los elementos del paisaje, que le permitirán luego describir los destinos de esa miríada de seres híbridos, solitarios y perdidos. En esta sección se muestran los dibujos preparatorios de Roegiers para la elaboración posterior de las animaciones.

Actualizado

el 24 jun de 2020
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