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Dis Berlin, Noctámbulo solitario, 2020 — Cortesía de La Casa Amarilla
16
oct 2020
12
dic 2020

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Cuándo: 16 oct de 2020 - 12 dic de 2020
Inauguración: 16 oct de 2020 / 18:00
Horario: de 18 a 21 horas, de martes a viernes, y de 11 a 14 horas los sábados
Dónde: La Casa Amarilla / Paseo de Sagasta 72, local 3 / Zaragoza, España
Organizada por: La Casa Amarilla
Artistas participantes: Almalé y Bondía , Dis Berlin , Fernando Martín Godoy
Publicada el 15 oct de 2020      Vista 17 veces

Descripción de la Exposición

El primer sentimiento del hombre fue la soledad, consigna Massimo Cacciari: nacemos heridos de soledad. Sin embargo, como el filósofo ha encontrado en los textos de Leopardi, Celan, Petrarca, Musil o Beckett, estar solo invita a activar la memoria, a no olvidar. El solitario es incapaz de olvidar; sólo es posible rastrear las huellas de la ausencia, y eso es lo que proponemos con las obras de artistas presentes en este proyecto. Su refugio lo encuentran en la soledad que nos brindan en imágenes esenciales, quietas y silentes, alejadas del ruido y de la multitud. En soledad, exposición a la que acompaña el habitual programa de actividades, convierte el espacio de La Casa Amarilla en lugar de encuentro de dos soledades: la de quienes crean en la necesaria quietud de su estudio y la de quienes, también en un momento de individualidad, fijan su mirada en las obras que se presentan, para imaginar de forma compartida. [Juan J. Vázquez] En soledad El primer sentimiento del hombre fue la soledad, consigna Massimo Cacciari: nacemos heridos de soledad. Sin embargo, como el filósofo ha encontrado en los textos de Leopardi, Celan, Petrarca, Musil o Beckett, estar solo invita a activar la memoria, a no olvidar. El solitario es incapaz de olvidar; sólo es posible rastrear las huellas de la ausencia, y eso es lo que proponemos con las obras de artistas presentes en este proyecto. Su refugio lo encuentran en la soledad que nos brindan en imágenes esenciales, quietas y silentes, alejadas del ruido y de la multitud. En el momento de nacer, el ser humano está obligado a formar parte de un grupo. Sin la presencia y la ayuda de otros no podría sobrevivir, su existencia depende de integrarse en una colectividad. Es un ser eusocial y el grupo le enseña las reglas de la existencia grupal. En sus primeros momentos de vida ni siquiera distingue entre él mismo y quienes le acompañan; existe como parte de un conjunto. Pero sólo consigue la dimensión de persona en el momento en que adquiere conciencia de su solitud. El grupo le permite sobrevivir; el sentimiento de soledad le hace ser. Esta dicotomía, individuo versus colectividad, se presenta de forma constante a lo largo de nuestra vida; diferencia las teorías económicas, políticas y sociales en dos grandes corrientes, habitualmente enfrentadas. Una contradicción que al ser humano le plantea un dilema: buscar la soledad para sentirse libres; huir de la soledad para integrarse en una sociedad que los ha excluido. Hasta tal punto es así que en algunas lenguas, como el inglés o el alemán, existen términos distintos para diferenciar la soledad acogedora y la amarga soledad. En castellano nos vemos obligados a acompañar con un calificativo los dos tipos de soledad: la que buscamos, porque la necesitamos para sentirnos libres, y de la queremos escapar, porque nos angustia. La huida se convierte en una estrategia esencial para determinar nuestra actitud hacia la soledad: huir de la sociedad, en busca de la quietud y el silencio, o huir de la soledad porque nos margina. Siempre escapar. Antonio Pau, en su Manual de escapología. Teoría y práctica de la huida del mundo, ofrece un repertorio completo de las posibilidades de huida: escapar de las multitudes, para seguir el consejo de Séneca: "Huye de la multitud, huye de unos pocos, huye incluso de uno solo", y convertir el alma en una fortaleza inexpugnable, como proponían los cínicos; huir en busca del silencio, como los solitarios de Port-Royal, que aconsejaban buscar la soledad para evitar que el mundo los dañase; huir hacia la nada, como los eremitas, a quienes la quietud del vacío facilita la búsqueda del vaciamiento, en la filosofía oriental, o la búsqueda de la serenidad, en la filosofía grecolatina; la huida de Petrarca, que escapa a su jardín, en busca de la vita solitaria; huir a la aldea como hicieran Horacio o fray Luis de León; huir al jardín cerrado; el gabinete o la biblioteca son algunos de los destinos preferidos de artistas e intelectuales para retirarse del mundo y encontrar un recinto acogedor que les permita crear, pues de acuerdo con Laín Entralgo, "la creación exige la soledad: únicamente el moribundo está más solo consigo mismo que en el momento de crear. Pero, a la vez, la creación implica solidaridad. Nadie está con los hombres, con todos los hombres, tanto como el que con sacrificio está creando una obra valiosa". Huir al bosque, como hizo Thoreau, para encontrar la libertad, ya que "el hombre que piensa siempre está solo", y "emboscarse", como proponía Jünger, para refugiarse en sí mismo; fugarse imaginariamente del mundo, apearse de él, como los tumbados o quienes escribieron su obra sin levantarse de la cama; huir hacia la isla, lugar de la utopía, como un nuevo Robinson, un "hombre que en la soledad y sin ayuda ajena llega a bastarse a sí mismo"; una vocación, la robinsoniana, señala Pau, seguida por múltiples artistas: Gauguin a la Martinica, Stevenson a Samoa, Jacques Brel a las Marquesas, Hauptmann a Hiddensee, Marguerite Yourcenar a Mount Desert Island, Michel Déon a Skyros, Stefan Zweig a Capri. Huir a una habitación propia, donde permanecer con la puerta cerrada, como el hombre que duerme de Perec y desearon Emily Dickinson, Virginia Woolf o Alejandra Pizarnik, pues, como enseñó Xavier de Maistre en Viaje alrededor de mi cuarto, en una habitación cabe un mundo infinito: "mi habitación encierra todos los bienes y todas las riquezas del mundo". También se huye de la amarga soledad, consecuencia de situaciones no deseadas, de marginación o castigo. Una soledad que ocasiona el aburrimiento descrito por Kierkegaard o la apatía de Bartleby; una soledad en la que no es posible la risa ni existe la esperanza, como le sucedía al loco nietzscheano de La gaya ciencia; la soledad insoportable de quien hace penitencia o sufre destierro, cautiverio o tortura; la soledad inexplicable del campo de concentración, que a la soledad en compañía une la ausencia y la pérdida; la soledad que conduce al suicidio o, por fin, la soledad definitiva de la muerte, como refiere Joan-Carles Mèlich en La sabiduría de lo incierto. Lectura y condición humana, para quien la soledad es insoportable ya que un ser finito no puede vivir en soledad, aunque siempre se lee a solas. Y por fin, las situaciones de aislamiento y exclusión social que en la sociedad contemporánea, como efectos no deseados por un desarrollo económico desigual, afecta a ancianos, huérfanos, sin techo o refugiados. En soledad, exposición a la que acompaña el habitual programa de actividades, convierte el espacio de La Casa Amarilla en lugar de encuentro de dos soledades: la de quienes crean en la necesaria quietud de su estudio y la de quienes, también en un momento de individualidad, fijan su mirada en las obras que se presentan, para imaginar de forma compartida. [Juan J. Vázquez]

Actualizado

el 15 oct de 2020