Exposición en Madrid, España

Erotismo(s)

Dónde:
Galería Daniel Cuevas / Santa Engracia, 6 – Bajo Centro / Madrid, España
Cuándo:
01 jun de 2024 - 26 jul de 2024
Inauguración:
01 jun de 2024 / De 11,00 a 14.30 h.
Precio:
Entrada gratuita
Comisariada por:
Organizada por:
Descripción de la Exposición
"En todo encuentro erótico hay un personaje invisible y siempre activo: la imaginación" -Octavio Paz- La sexualidad es sin duda una de las más profundas y compartidas pulsiones de todos los seres que habitan nuestro planeta. Pero, a diferencia de los-seguramente mal llamados- animales irracionales, el hombre parece ser el único viviente en el que ese instinto supera su natural finalidad reproductiva para convertirse en sujeto y objeto de deseo, en poderoso generador de placer y goces, en fuente de sentimientos y pasiones. De esta forma, el ser humano es pues la única criatura viva que ha hecho posible que su actividad sexual sea capaz asimismo de convertirse en actividad erótica, signada por una búsqueda sicológica con independencia del fin natural de la reproducción. Es entonces cuando el sexo deviene erotismo, una ciencia sofisticada, milenaria, más mental que puramente física, abierta a infinitas posibilidades que superan con creces los límites de la carne, ... adentrándose en delicadas, salvajes, plurales geografías en las que, a través de los febriles mecanismos de la fantasía, la imaginación y los sueños, el cuerpo-y sus casi innumerables palabras- puede mutar en rey y también en esclavo, dios y acólito, presa y verdugo, ángel y demonio. Para George Bataille, según señala en su obra referencial "El Erotismo", este es objeto de un tabú, que ilumina lo prohibido, "con una luz a la vez siniestra y divina: lo ilumina, en una palabra, con una luz religiosa". Un sesgo sagrado que bien podríamos igualmente relacionar con la creación artística. En este sentido, desde las primeras manifestaciones que albergaban las cuevas del Paleolítico hasta las últimas tendencias del arte actual, en el que ciertos temas como lo genérico y lo identitario cobran un especial protagonismo, recorriendo al mismo tiempo transversalmente todos los estilos de la historia del arte y de la cultura, observamos que esta pulsión-pasión-emoción se ha erigido como uno de los principales vectores de la creación artística. Así, Eros, deidad de cien caras y mil miembros, descansa, emerge y gobierna todas las obras que conforman este proyecto expositivo, digámoslo ya, profundamente novedoso dentro del panorama galerístico madrileño, y que, con sus diversos matices y miradas, intenta ser testimonio de las incontables y dulces batallas que se dirimen en su nombre. Y esa es indudablemente la principal característica que unifica, a la vez que diversifica, estos trabajos, realizados por artistas muy distintos, poseedores de visiones y estrategias expresivas plurales, y del mismo modo en cada caso singulares: la diferente manera en que se enfrentan al reto y al rito de dar forma y sentido a la polisémica pulsión del erotismo. Dejemos pues abiertas todas las puertas de nuestros sentidos. Especialmente el sexo. El sexo sentido. Las obras que nos propone José Manuel Ballester a buen seguro que suscitarán una inesperada pero grata sorpresa. Lejos-aunque también cerca como veremos enseguida- de su sintaxis más conocida, que confiere a los espacios arquitectónicos, tanto interiores como urbanos, un fundamental protagonismo, suponen una nueva narrativa en la que lo humano, o por mejor decirlo, lo próximo a lo humano, como son unos antiguos maniquíes femeninos se convierten en los habitantes de sus fotografías, siendo tal vez los futuros moradores (des)humanizados de un mundo hiper tecnológico y virtualizado en el que la IA tenga más presencia que la VN (Vida Natural). Representaciones cargadas de una elevada temperatura sensual, semi vestidas con tejidos artesanales de diversos países, parte de su colección personal, captadas en su propio estudio junto a obras reconocibles, que ofician una suerte de juego erótico a tres bandas, entre el espectador-como último receptor-, el espacio que las alberga, y el propio artista. Tengo claro que Daniel Verbis es un auténtico depredador de imágenes, siempre hambriento-sediento de cobrar sus presas en el casi infinito caladero de nuestra contemporánea fauna y flora iconográfica. Muchas de sus pinturas pertenecen a este linaje plural y poliédrico que genera componiendo como trabajos previos collages creados con fascinantes detritus de publicaciones y revistas. En otras ocasiones, estas composiciones se convierten en obras en sí mismas. El políptico que presenta, estructurado en diez espacios diferenciados y a la vez interrelacionados, se nutre de un sutil, dinámico, imaginativo juego de combinaciones y permutaciones en el que, junto a imágenes tomadas de fuentes próximas a lo puramente porno, consigue un feliz equilibrio de formas, registros cromáticos, motivos y cuerpos, que dialogan hábilmente entre sí. Potencia, elocuencia, ocurrencia, son las palabras de este juego-fuego. Siempre he sentido una especial fascinación por las habitaciones de los hoteles. Esos lugares, aparentemente neutros e impersonales, pero que guardan indudablemente tantos secretos, tantas historias, tantas acciones y palabras. Energía acumulada. Ese es también el locus de expresión y comunicación elegido por Paula Anta con sus fotografías. Y, más aún, en esta serie, que intencionadamente llama Journal, elige como concreto espacio focal las camas. Camas deshechas, que aún conservan en las sábanas el molde de su propio cuerpo, igual que si fuera una suerte de diario o cuaderno de bitácora, escenificando sobre esa blanca orografía sueños, pesadillas, descansos, deseos y múltiples relatos. La cama, como un campo de batalla para el amor o para el paso-peso de la vida. Soledades compartidas por cientos de seres que han habitado durante unas horas o unos días esos blandos, mullidos y acogedores escenarios de un teatro de luces y de sombras. ¿Quién no ha imaginado, aunque fuese por una sola vez, que el cuerpo de una mujer era un paisaje? El curvado ritmo de las líneas que lo conforman. Las suaves lomas de los senos, coronadas por el lácteo montículo de unos pezones. El valle de dulces tierras que esas colinas enmarcan y que se vierten hacia el pecho. Las llanuras de un vientre que desembocan, cálidas y húmedas, en el ignoto territorio selvático del pubis. Un oasis de erotismo y deseos, surcado por caravanas de gotas de salado sudor. Las imponentes ondulaciones de unas caderas montañosas cayendo en dirección al vértigo del abismo. La moldeable redondez de unas nalgas que emergen orgullosas y potentes como el regalo sagrado de un dios geo(i)lógico. Estoy convencido, ¿quién podría ponerlo en duda?, que estos pensamientos han guiado también la voluntad creadora de Miguel Aguirre a la hora de plasmar pictóricamente este sensual Litoral costeño. La pintura es también el modus operandi con el que nos traduce su personal visión de la realidad Javier Garcerá. Una realidad que indefectiblemente va a rimar con sensualidad. Con el singular soporte que emplea en sus cuadros, seda roja sintética, logra transmitir unos registros tonales riquísimos y diversos, un brillo que casi se nos antoja metálico, próximo a las calidades especulares del aluminio, y unas modulaciones lumínicas que, tras la aplicación de temple acrílico, convierten el lienzo en una suerte de orfebrería pintada. La acción sensual de la luz reflejada en la materia adquiere tintes casi eróticos, voluptuosos, y convierte sus obras en metáforas visuales de una vida en la que el dictado natural de lo instintivo y la untuosidad de los sentidos acaban imponiéndose al puro análisis de la razón. Me atrevo a decir que es una pintura plurisensorial que no solo puede y debe verse, sino igualmente palparse, olerse, escucharse. El casi infinito y sugerente registro de diálogos entre el blanco y el negro, y sus no menos innumerables matices: los cien mil hijos de San Gris tejen una delicada, insinuante, tamizada urdimbre con las fotografías de DavidJiménez. Las imágenes que refleja se nos aparecen sutilmente veladas por una oscuridad, ardiente oscuridad, por cuanto sugiere luces y formas allá donde aparentemente solo parece que veamos sombras y ceguera. Acertamos a reconocer fragmentos de cuerpos que quedan envueltos en una tierna, sutil umbría, pero que al mismo tiempo resultan enormemente elocuentes en su penumbra. ¡Tantas veces nos es dado sentir, imaginar, percibir, palpar con las yemas de nuestros ojos, aquello que queda solo ligeramente revelado! Hay mucha más sensualidad, más cálidas opciones visuales, más atracción y deseos en lo que apenas se muestra que en lo que se desvela con demasiada facilidad. El ámbito monocromático-de nuevo, blancos, negros, grises- preside asimismo el trabajo pictórico de Belén Mazuecos. La aparente ambigüedad que puede suponernos la presencia de unos seres disfrazados de osos panda que contemplan, con cierto aroma lascivo y voyerista, un fragmento de una estatua clásica-Eros y Psique de Ca nova- queda pronto explicada al darnos a conocer que estas criaturas simbolizan, con grandes dosis de crítica ironía, a los cuidadores de un sistema del arte contemporáneo, frágil, cambiante y complejo en el que los artistas son ¿paradójicamente? el eslabón más débil de este sector. Su inteligente mirada, arrojada como arte y parte desde dentro de este propio sistema supone un acertado diagnóstico visual de los difíciles equilibrios y tensiones que lo componen. El ajedrezado suelo de rombos nos recuerda también -los que peinamos canas en las sienes de la memoria, bien lo sabemos- una llamada a lo prohibido, a lo que no debe ser visto. Este sutil juego de mirar y observar anónimamente-al menos en apariencia- se da también en la serie de fotografías que presenta Eduardo Nave y que a buen seguro van a suponer igualmente una sorpresa con relación a sus obras más conocidas. Un juego, en cierto modo, de "miradas robadas", en las que el sujeto representado se ofrece a nuestra contemplación desde la turbadora y sensual inocencia del desconocimiento y de la ignorancia a ser visto. Un tema, por otro lado, bien tratado a lo largo de la historia del arte, especialmente quizás con el bíblico motivo de Susana y los viejos. Aquí, el artista nos ofrece la observación, grata y cargada de un suave y modulado erotismo, de un cuerpo de mujer entregado a los atractivos y atrayentes ritos-asimismo profusamente tratados artísticamente- de una toilette inocente, y al mismo tiempo, plena de ecos de deseo y voluptuosidad. Ver es conocer. Mirar es, tal vez, poseer, compartir, crear. "De los diversos instrumentos del hombre" -nos dice Borges- "el más asombroso es el libro. Los demás son extensiones de su cuerpo […] Pero el libro es otra cosa: es una extensión de la memoria y de la imaginación... "Este "asombroso instrumento" es asimismo la principal seña de identidad artística de E/isa Terroba, y su ilusión-obsesión esencial es la de convertirlo en elemento, material, concepto, objeto y sujeto de su trabajo plástico. Con toda la carga semántica y simbólica que el libro atesora, más allá de su fundamental función como contenedor de conocimiento y memoria, crea obras en las que este construye instalaciones, cartografías textuales, poemas objetuales, imágenes polisémicas. Para esta ocasión nos sugiere una propuesta que aglutina a los libros como su referente artístico fundamental, en este caso, libros marcados por un cariz erótico y sexual, y al mismo tiempo elige, como factor aglutinante y contenedor, otro elemento signado por una poderosa simbología fetichista, llena de perfume erótico como son las medias de redecilla. Así, continente y contenido se alían para ofrecernos una pieza francamente voluptuosa y sensual. Francisco Carpio

 

 

Entrada actualizada el el 30 may de 2024

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