Exposición en Zaragoza, España

Goya tras la cortinilla

Dónde:
Antonia Puyó / Madre Sacramento, 31 / Zaragoza, España
Cuándo:
23 dic de 2021 - 19 mar de 2022
Inauguración:
23 dic de 2021
Precio:
Entrada gratuita
Organizada por:
Enlaces oficiales:
Web 
Promociones arteinformado
Descripción de la Exposición
"GOYA TRAS LA CORTINILLA” es fruto de la invitación a revisar los “Caprichos” de Goya en el 275º aniversario de su nacimiento a seis de nuestros artistas: Jorge Isla, David Latorre, Cecilia de Val, Ignacio Guelbenzu, Víctor Solanas-Díaz, Olalla Gómez Valdericeda. Como bien apunta Alejandro Ratia en el texto “Dominio Goya” para la exposición: (…El propósito de los “Caprichos” suma y sigue en nuestros días. Con aquellos grabados quedó abierto un espacio para lo público, para la política y para la crítica social en el arte…). ------------------------------------------------- DOMINIO GOYA Entre las cosas que le debo a Ignacio Guelbenzu está una receta de pernil horneado al mojo y ajo que acabo de preparar. El nombre es divertido y cacofónico y además está muy rico. Es un ensayo para la comida de Navidad y lo repetiré ese día. La encontré en la web www.goya.com. No deja de ser sorprendente. El dominio en cuestión, con el nombre ... de Goya a palo seco, corresponde a una empresa de alimentos latinos. Hay otros dominios más serios, como museogoya.ibercaja,es, fundaciongoyaenaragon.es, territoriogoya.eu etc., pero el genuino y sustancioso es éste. Es muy fácil encontrar estos productos Goya. En cualquier tienda latina, locutorio o carnicería islámica de barrio los venden. Guelbenzu se compró en concreto una lata de frijoles, y los ha utilizado para producir varias obras que son muy Guelbenzu. En un gran metacrilato vertical, a modo de estela, los rojos frijoles negros estampados, aplastados, sirven para producir una pintura all-over por la que navega, controlando el tráfico del caos, la firma de Goya. Las manchas de los frijoles hechos sopa y el nombre del maestro vuelven a ser los protagonistas de otros cuatro papeles. Si alguien había tomado en vano el nombre de Don Francisco, el honor ha sido reparado por el discípulo. La lata de frijoles Goya compite con ventaja con la de la sopa Campbell’s porque suma puntos metartísticos. Pero el coqueteo de los bienes de consumo con Goya no ha empezado ahora. A Gutiérrez Solana ya le divirtió el asunto, y en su “Tertulia del Pombo”, sobre la mesa, a la derecha, junto a la mano de su amigo el ilustrador Salvador Bartolozzi, pintó una caja de cerillas con la “Leocadia”, la melancólica custodia de la Quinta del Sordo. En realidad, había toda una colección de cerillas goyescas, tal como hay sellos, etiquetas de vino, vitolas o tarjetas prepago telefónicas. Jorge Isla, dentro de su estrategia de reciclado tecnológico, y gracias a las webs de segunda mano, se ha hecho con una bonita colección de esas tarjetas telefónicas y ha compuesto con ellas un mosaico. Son unas escenas de juegos de niños, las de la colección Santamarca, un Goya temprano y costumbrista. La repetición de estos motivos alcanza un punto obsesivo, como en aquellos juegos de café con motivos de Millet coleccionados por el Salvador Dalí paranoico crítico, acercándonos con ello a lo patológico. Goya en la estantería del supermercado. Reiterado. Recordemos, no obstante, que Goya puso a la venta sus “Caprichos” en una tienda de perfumes y licores, calle Desengaño 1. Empezamos y regresamos a la tienda del barrio, por lo tanto. Álbum de 80 estampas, al precio de 320 reales de vellón. Se trataba de un local en la misma casa donde él vivía. Así anunciaba el producto en el Diario de Madrid, 4 de febrero de 1799: “Colección de estampas de asuntos caprichosos, inventadas y grabadas al agua fuerte, por Don Francisco Goya. Persuadido el autor de que la censura de los errores y vicios humanos (aunque parece peculiar de la eloquencia y la poesía) puede ser también objeto de la pintura, ha escogido como asuntos proporcionados para su obra, entre la multitud de extravagancias y desaciertos que son comunes en toda sociedad civil, y entre las preocupaciones y embustes vulgares, autorizados por la costumbre, la ignorancia o el interés, aquellos que ha crecido más aptos á subministrar materia para el ridículo, y exercitar al mismo tiempo la fantasía del artífice”. No dejará de sonarnos el planteamiento. El propósito de los “Caprichos” suma y sigue en nuestros días. Con aquellos grabados quedó abierto un espacio para lo público, para la política, para la crítica social en el arte. Otro establecimiento abierto a pie de calle, la galería Antonia Puyó, Madre Sacramento, 31, Zaragoza, ofrece productos que refrescan y actualizan esta idea goyesca de que el arte está, además de para estar, para otras cosas, para interpretar e interpelar a la realidad. Y que incluso así, paradójicamente, con este compromiso, el arte gana una cierta libertad en las formas, en el modo de hacer, de la que no se disfrutaba decorando los palacios de los reyes. La tienda o la galería de la esquina representan la libertad. Podemos sentirnos atiborrados de Goya, o imaginar a Goya atiborrado de frijoles Goya, como propone Guelbenzu, pero aprovechar para pintar con ello; podemos enmarcar la reiteración viciosa, como hará Jorge Isla. Estamos en Zaragoza, donde a Goya se le utilizó durante los años franquistas para publicitar unas lindas fiestas de Primavera donde, entre otras cosas, se celebraba en concurso de las Majas, desfilando las aspirantes con su mantilla ante los próceres, señoritas de luto como Leocadia, pero con unas faldas un pelín por encima de la rodilla. ¡Qué buen tema éste para un capricho de Goya! Las señoras de la buena sociedad tardofranquista miraban a las majas pretendientes con ojos cínicos. Sus maridos, con ojos viciosos. “Las niñas casquivanas tendrán asiento cuando se lo pongan sobre la cabeza”. Esta explicación dio Goya sobre su capricho 26: “Ya tienen asiento”, donde se ve a esas muchachas con la silla en la cabeza, sentándola en el sentido literal. Olalla Gómez toma la palabra a Goya y materializa, además, en términos feministas, ese famoso concepto del techo de cristal. De nuevo, como en Bruegel, como en Goya, cuando las frases hechas se materializan, cuando te tomas a pecho el lenguaje, las cosas cambian y las palabras vanas recuperan su sentido. Los Caprichos y dibujos de Goya están llenos de petimetres, muchachas y viejas que se exhiben o se miran al espejo. En nuestro tiempo ese lugar de exhibición personal ya no son las alamedas, sino Instagram. En los “selfies” de Cecilia de Val, la imagen se degrada, se diluye, como en todas las imágenes que ha estado manejando lo artista, que más que manipuladora de las mismas, es testigo de su inmolación, invitándonos a acompañarla a ver cómo se le van las fotos de las manos, o más bien de la vista. Una “crisis” de la imagen, imagen de la crisis de estos tiempos, dice Cecilia de Val, con paralelo, doscientos veinte años atrás, en una crisis que fue tal vez mayor aún que la nuestra, cuando las imágenes del poder se desenmascararon a sí mismas, y en un suicidio colectivo, se transfirieron a ese depósito de detritos que es el museo. Goya, sin embargo, será el artista que siga incomodando en el museo. Goya señalaba la costumbre, la ignorancia y el interés como avalistas de extravagancias y disparates. El interés imperante, enormemente crecido es justificación del disparate inmobiliario generalizado. David Latorre sigue escribiendo con ladrillos rotos sus verdades al modo goyesco. WASTELAND. El descampado como promesa incumplida. No lugar, como el no lugar arquetípico goyesco, el tipo de escenario de sus grabados, escenario precursor del del teatro del absurdo. La especulación y el endeudamiento se convierten en uno de esos cocos que nos persiguen. Los espacios desolados son propicios a la aparición del Coco y, también, a los conciliábulos de las brujas. Leandro Fernández de Moratín, el amigo de Goya, parecía el más equilibrado y sensato de los escritores. Y sin embargo se ocupó de las brujas y de los procesos contra ellas. Precisamente por ser un hombre racional interrogó lo irracional. En Goya, al pintar esos mismos asuntos, incluso al acercarse a ellos con la ironía con que se acerca en los Caprichos, sobrevive bastante de la seducción sulfurosa de lo brujeril. Y como encarnación de ella el gran cabrón, por supuesto. Víctor Solanas-Díaz, pensando en Goya, recupera una obra temprana suya, de cuando colaboraba con su abuelo Manuel, taxidermista. Una cabeza disecada de macho. Sus ojos de cristal pueden ver más de lo que pensamos. Observa cómo el personal sigue untándose el cuerpo con pócimas placebo para imaginarse vuelos virtuales. Alejandro J. Ratia Zaragoza. diciembre de 2021

 

 

Entrada actualizada el el 22 feb de 2022

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