Iñaki Bonillas — Cortesía de ProjecteSD
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03
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Cuándo: 03 dic de 2020 - 30 ene de 2021
Inauguración: 03 dic de 2020
Horario: Martes a viernes de 11 a 19.00 h. Sábado de 11 a 15.00 h.
Precio: Entrada gratuita
Dónde: ProjecteSD / Passatge Mercader, 8, Baixos 1 / Barcelona, España
Organizada por: ProjecteSD
Artistas participantes: Iñaki Bonillas
Publicada el 12 nov de 2020      Vista 76 veces

Descripción de la Exposición

La exposición presenta un conjunto de nuevas composiciones fotográficas que son el resultado de la búsqueda de Bonillas en su propio archivo. Durante muchas semanas durante el confinamiento, el artista se dedicó a revisar un gran número de negativos, la mayoría nunca impresos. Un trabajo más parecido al del miniaturista medieval que al del fotógrafo contemporáneo, puesto que requirió de mucha paciencia y una lupa, para encontrar allí posibles encuadres que retomar. El resultado son siete “Libros de Horas”, grandes “libros” iluminados de los que se ha retirado el texto, para dejar solo las imágenes, como ventanas sobre un fondo oscuro. Imágenes que están ahí dejadas de lado y que, una vez a la luz, cobran una fuerza inesperada, precisamente por tratarse de los sucesos que nos ocurren a todos: los menos notables, los de todos los días. ------------------------------------------------------------- IÑAKI BONILLAS: DIARIO DE SUCESOS POCO NOTABLES Los meses del confinamiento debido a la pandemia, orillaron a Iñaki Bonillas, como a tantos otros artistas, a trabajar únicamente con lo que tenía a la mano. En su caso, se trató de volver a los archivos fotográficos que, desde hace años, conserva en cajas apiladas en su estudio. Si antes había trabajado con el archivo que heredó de su abuelo materno, J. R. Plaza, aquí más bien fue una inmersión a fondo en un conjunto de imágenes en las que no había reparado desde hacía muchos años: las fotografías que él mismo tomó cuando era estudiante, fugaz, de fotografía. En realidad, una montaña de negativos, la mayoría nunca impresos. De este modo, la actividad principal de muchas y largas semanas consistió en asomarse, con la ayuda de una caja de luz, a esas pequeñas promesas de imagen en negativo, es decir, de escenas y momentos, apenas esbozados, que la película entrega con los colores y las formas al revés. Un trabajo más parecido al del miniaturista medieval que al del fotógrafo contemporáneo, puesto que requirió de mucha paciencia y una lupa, para encontrar allí posibles encuadres que retomar. De ahí que lo que se ve en esta exposición sea eso: grandes libros iluminados a los que se les ha retirado el texto, para dejar únicamente las imágenes que funcionan aquí, como en los antiguos libros de horas, como breviarios, sólo que en lugar de horas canónicas, lo que miden es el pasar de las horas en tiempos de uno de los sucesos más extraordinarios, esto es, la pandemia, cuando lo que logra llevarse a cabo es, no obstante, tan poco notable como tomar una taza de té o ver el techo largamente. Las imágenes de estos libros de horas funcionan, así, como ventanas que giran alrededor de un vacío, como si fueran grandes relojes de pared, en los que cada hora es una abertura al mundo. Y por eso son siete los collages, porque son la cuenta de una semana completa, que se repite sin mayor variación, como nuestras vidas en el encierro. El ejercicio repetido de mirar a través de esos recuadros o ventanas minúsculas se parecía, en parte, a lo que todos habíamos venido haciendo en el encierro: mirar pantallas rectangulares, sin embargo, aquí se convirtió de golpe en una labor sumamente analógica, que ocurría en las antípodas de la imagen digital, móvil, efímera, desechable. Se trataba, no sólo de mirar rectángulos, sino de sacarles información y pensarlos como lo que son, matrices a partir de las cuales se generan imágenes que no necesariamente son idénticas; el negativo no es un molde: es una posibilidad. Pero lo que atrapó definitivamente la atención de Bonillas fue que, por la disposición de los negativos en sucesión cronológica, la película o el carrete se convierte, a su vez, en una matriz múltiple, que carga con todas esas imágenes separadas por barras negras. Bonillas, pues, decidió saltarse esas fronteras, esas pequeñas murallas que mantienen a cada imagen en un territorio aparte de las demás, y construir así nuevas narrativas visuales a partir, precisamente, de la vecindad. Ya no nos acordamos cómo era la fotografía amateur cuando las películas tenían que llevarse a revelar. Olvidamos que en algunos casos hay continuidad de un negativo al otro, pues se tomaban varias imágenes del mismo lugar, en un viaje por ejemplo, o del mismo festejo o de la misma persona. Pero, en otros, las imágenes podían variar marcadamente, puesto que el rollo no necesariamente se terminaba en una sola sesión y ocurría que entre un negativo y otro podía mediar una semana o un mes, o podía irse de un país a otro o de un escenario solemne, como un funeral, a una fiesta infantil. También podía variar la posición de la cámara, de modo que varias fotografías horizontales podían de pronto ser interrumpidas por una toma vertical o viceversa. La serialidad o falta de ella es lo que impulsó a Bonillas a leer los negativos como un continuo en donde el corte no dependía de las barras negras sino del sentido otorgado por la contigüidad de dos imágenes que, juntas, parecían narrar de una manera nueva viejos asuntos. Se nos olvida, también, que a veces teníamos imperante necesidad de revelar el rollo para revivir cierto momento, pero quedaban tres o cuatro tomas libres, así que captábamos lo que fuera que teníamos en frente: fotos tediosas, sin gran elaboración, del perro, de la ventana, de la hija sonriendo obligadamente. En ese sentido, las imágenes que componen cada Libro de horas operan como antipostales, como imágenes que, si bien fueron tomadas, algunas, en lugares con gran atractivo turístico, se presentan como cualquier cosa, como cualquier suceso poco notable. No se trata, es decir, de imágenes fuera de lo común, sino totalmente dentro de lo común; son las orillas de la imagen, los residuos, lo que no estaba pensado para ocupar el centro de la fotografía. Y ese es un tema que, sin duda, Bonillas ha explorado en profundidad, pues su idea de la fotografía se ha ido encaminando a entenderla como una actividad que se hace en la buhardilla, con los sobrantes de imágenes que han tomado otros, que están ahí dejadas de lado y que, una vez a la luz, cobran una fuerza inesperada, precisamente por tratarse de los sucesos que nos ocurren a todos: los menos notables, los de todos los días.

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el 18 dic de 2020

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