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Louisa Holecz, Floaters, 2019 — Cortesía de La Casa Amarilla
11
feb 2020
11
abr 2020

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Cuándo: 11 feb de 2020 - 11 abr de 2020
Inauguración: 11 feb de 2020 / 20:00
Horario: de 18 a 21 horas, de martes a viernes, y de 11 a 14 horas los sábados
Precio: Entrada gratuita
Dónde: La Casa Amarilla / Paseo de Sagasta 72, local 3 / Zaragoza, España
Organizada por: La Casa Amarilla
Artistas participantes: Louisa Holecz
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Publicada el 11 feb de 2020      Vista 14 veces

Descripción de la Exposición

Inscape titula Louisa Holecz la selección de obras recientes que presenta en su segunda exposición individual en La Casa Amarilla. El significado del término, que introdujo el teólogo medieval escocés John Duns Scotus e incorporó y desarrolló en su obra el poeta inglés Gerard Manley Hopkins en el siglo XIX, escapa a una traducción exacta que estaría próxima al concepto de esencia o de singularidad. En todo caso, Louisa Holecz encuentra que es el término más adecuado para nombrar el propósito de su pintura: dar expresión al "origen común" del mundo interior y exterior. Porque hubo un tiempo, citamos a Owen Barfield, en que no se observaba la naturaleza de modo distante, como sucede hoy, sino que se participaba mental y físicamente en su proceso interior y exterior. Conforme sabemos más, más nos distanciamos de la Naturaleza. Convertidos en simples espectadores, aún tenemos la oportunidad de escuchar las voces de quienes, como Louisa Holecz, atienden a la ruptura de la unidad primordial con el ánimo de restablecerla por mediación del arte. En su libro "La vida de los sentidos. Fragmentos de una unidad perdida", Antoni Marí notificó momentos de privilegio, donde el conocimiento y el saber se identifican en una unidad de sentido que da razón de ser a la vida y a la existencia; y momentos que, desde la incertidumbre de lo transitorio, atienden al fragmento como expresión de casi todo lo perdido, lo ganado y lo por venir. Cabe señalar que para Marí el mundo moderno es el mundo del fragmento, del resto y de la dispersión por lo que no hay posibilidad para la reconstrucción de la unidad y apenas cabe un dolor insensato por la pérdida de la unidad. El arte, considera, puede ofrecer y dar sentido al mundo, puede ser el lugar de la revelación, y ofrecer consuelo metafísico. Pero el arte es, sencillamente, una manera de guardar y de transmitir la experiencia del mundo y de exponer su interpretación. Experiencia e interpretación que se realizan y se dan en la práctica del arte, en el proceso de creación y en la realidad de la obra, todos ellos medios de conocimiento y expresión. De entre los momentos rescatados por Marí, la experiencia de Goethe es reveladora en nuestra aproximación a la de Louisa Holecz. Testigo de una época trastornada por los nuevos acontecimientos científicos, y por la asunción de una filosofía que buscaba un lugar para el ser humano en el nuevo orden del cosmos, Goethe vivió el conflicto entre el sentimiento y el pensamiento: se sentía como un antiguo, porque un sentimiento superior a su voluntad le vinculaba a la totalidad del cosmos; y pensaba como un moderno, pues rechazaba todo lo que se alejara de la experiencia y de la razón. De lo que estaba convencido, anota Barfield, era de que los últimos métodos científicos no eran los únicos posibles, y para demostrarlo ideó el suyo propio, basado en la percepción de que la naturaleza tiene un interior, que no puede ser observado sin atender a los pensamientos creativos que subyacen en la manifestación fenoménica. Lo aplicó, entre otras obras, en La metamorfosis de las plantas. Louisa Holecz pinta imágenes que desfiguran la figuración, enormes masas arbóreas cuya visión espectral se materializa y desvanece simultáneamente, hasta disolverse en el fluido que las fertiliza. Los brotes de los árboles que Holecz pinta con colores fisiológicos preservan en su configuración fantasmática la conexión del mundo exterior y el mundo interior, en el anhelo de asistir, siquiera a través de la imagen pintada, al "origen común". Para Bachelard la imaginación es un árbol. Louisa Holecz pinta imágenes especulares de árboles que ocupan la totalidad del espacio de sus cuadros; y no teme adentrarse en las aguas espectrales para dominar lo cercano y lo remoto, como hiciera Patinir en El paso a la laguna Estigia, al decir de Jean Frémon, siempre atento "a los lejos", rasgo distintivo de quien es considerado, a partir de aquel cuadro, inventor de la pintura de paisaje. Los cuadros de Louisa Holecz no son pinturas de paisajes en sentido estricto. Su interés no es representar la visión exterior del territorio, sino proyectar en él sus ideas y ensueños que le permitan participar y reconocerse en el mundo. Vislumbres de lo real, llama Pablo d'Ors a los momentos fugaces pero indubitables en los que captamos quiénes somos y para qué estamos en el mundo. Louisa Holecz aún aspira a más con su pintura, porque siente, como Schiller expresó en su ensayo Poesía ingenua y sentimental, que "las formas de la naturaleza son los que nosotros fuimos: son los que deberíamos volver a ser". Sucede que la pintura es lugar de revelación y también de duda. Utilizo "y", no "pero". Porque en la duda reside la "quimérica búsqueda del arte". En su novela corta La obra maestra desconocida Balzac hizo naufragar al pintor Frenhofer, apesadumbrado por la duda tras descubrir que no existen contornos entre sí, sino solamente transiciones oscilantes. Yo sé pintar, pero dudo, dijo Frenhofer. La duda marcaba el tiempo de la pintura de Max Ferber, protagonista de uno de relatos de Los emigrados de W. G. Sebald, siempre descontento con lo pintado, obsesionado como estaba en un proceso de trabajo destructivo que continuamente debía volver a comenzar. Y en el mundo de los vivos, durante la conversación que Fermín Aguayo mantuvo con Claude Esteban, apenas quince días antes de su muerte, le confió que destruía el cuadro a medida que recomenzaba hasta alcanzar cierto equilibrio; y quiso dejar claro que su único interés quedaba fijado en el momento cuando, repentinamente, aparecía en el cuadro algo que no sabía estar buscando. A la estirpe de artistas que dudan pertenece Louisa Holecz. En sus cuadros de enormes dimensiones, que le permiten y nos permiten ser partícipes de las entrañas de la pintura y no solo espectadores, Louisa Holecz convierte la superficie pictórica en soporte activo de múltiples tensiones que decide ocultar en las sucesivas capas que, como sedimentos del tiempo de la pintura, memorizan las distintas fases de un proceso que recomienza tras cada destrucción. En su "quimérica búsqueda", Louisa Holecz no duda cuando decide sacar el cuadro del estudio al jardín y destruirlo con la manguera, arañar o borrar la imagen para volver a empezar hasta que el eco de lo que permanece oculto se desvele. [Chus Tudelilla, febrero 2020]

Actualizado

el 11 feb de 2020

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