Fernando Navarro
Evento finalizado
27
mar 2009
10
may 2009

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Publicada el 03 jun de 2014      Vista 160 veces

Descripción de la Exposición

Con esta exposición se inaugura el nuevo ámbito del Museo de Bellas Artes de Santander denominado Espacio MBAS, gabinete de ensayo e investigación. Comisario: Salvador Carretero Rebés.

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Existe una extraña perversión por parte de los artistas al convertir en belleza un mensaje apocalíptico y es posible que esta manera de hacer, sin dogmatismos ni mensajes con moralina, recreándose en una seductora estética de la muerte y la desolación, propicie un camino más directo a la sensibilización o toma de conciencia sin patetismos. Prevalece el disfrute estético, transitivo pero sin shocks, y la reflexión es posterior, individual y optativa. En esta muestra, Fernando Navarro preconiza el desastre ecológico global y tenemos la onírica sensación, una vez visitada, de haber conocido el escenario del crimen a través de una estética sutil y delicada en la que el dibujo es la estrategia dominante.

 

El dibujo como técnica artística experimentó, ya desde los años sesenta, sucesivos renaceres ligado a diferentes modos de hacer arte bajo discursos conceptuales, procesuales y performativos. A partir de los años noventa, sin embargo, toma un protagonismo inusitado en el contexto del arte contemporáneo, emancipado totalmente del resto de las disciplinas, descubriéndose así las infinitas posibilidades que posee la más esencial de las técnicas artísticas. Su inmensa capacidad evocadora, la fuerza expresiva que reposa en el trazo, el carácter de inmediatez en su ejecución (siendo directo el paso de la mente del artista a su mano) y su potencial descriptivo por los valores de abstracción con que juega, hacen del dibujo una poderosa herramienta creadora. Navarro introduce el dibujo de manera más o menos explícita. En las tintas sobre papel converge a veces con la pintura, donde las valoraciones tonales de la aguada dan cuerpo y aura a las figuras, o crean una leve sensación espacial. Algunos de estos dibujos llevan superpuesto un papel translúcido de seda -tendiendo al collage- que parece hablar de incertidumbre. Aparece el dibujo también en las siluetas de animales en pvc, en el vinilo aplicado sobre la pared y, cabría señalar incluso, en la escultura El abrazo, ya que, al estar pintada de blanco como la sala, resulta definitorio el perfil de su silueta.

 

En sus diferentes formatos, trazos, siluetas, perfiles y también veladuras, se convierten en un ecosistema artístico integrado en el que las obras se solapan, se complementan y se explican las unas con las otras. Esta articulación formal de las obras se corresponde absolutamente con el relato argumental que subyace a la exposición, lo que podríamos llamar la enfermedad de Gaia, tomando el término introducido por el científico James Lovelock. Por Gaia entiende el inmenso ser vivo que es la Tierra, tomada ésta como un sistema integral formado tanto por los seres vivos como por los elementos inanimados, unidos organismos y medioambiente en un solo ser que, evidentemente, incluye al hombre como una de sus partes, al mismo nivel que todas las demás, como uno de sus órganos. Éste gran organismo vivo que es Gaia mantiene su equilibrio gracias a un complejo sistema de autorregulación que hace que la interrelación de todas las partes mantengan una composición química apropiada y una temperatura óptima. Pero parece que una de las partes de este ser, la parte pensante precisamente, está desequilibrando ese estado perfecto. Tal y como viene trabajando en el último tramo de su intensa y polifacética trayectoria, Fernando Navarro expone las consecuencias últimas de este desastre ecológico sin entrar en valoraciones éticas y críticas, describiendo una situación de lo que podría ser el futuro de Gaia, introduciendo una distopía, una predicción apocalíptica a tenor del rumbo de la situación actual.

 

En este ecosistema artístico se articulan cuatro partes bien diferenciadas. La primera consiste en una bandada de pájaros recortados en pvc y adheridos a la pared simulando un vuelo conjunto hacia un incierto lugar del que sólo apreciamos una esquelética rama-insecto que penetra en otra área expositiva. Anteriormente el artista realizó una instalación semejante con diferentes aves aludiendo a las migraciones obligadas por los cambios de temperatura en ciertas zonas del planeta que modifican los hábitos y costumbres de muchas especies con nefastas consecuencias. Pero en esta ocasión todos los pájaros pertenecen a la misma especie, son cuervos, y su reputación simbólica es indudable... la exposición se abre con un mal augurio, un destino fatal que se va manifestar en los dibujos que siguen a continuación. En la serie, compuesta y caótica como una ramificación, se solapan imágenes de ese escenario distópico al que hemos aludido. Con trazos elementales establece una iconografía tremendamente simbólica y efectiva cargada de pesimismo a pesar del enfoque poético. Las figuras, muy esenciales, se sitúan en el blanco aséptico del papel que, extendido al blanco de la sala, se convierte en el escenario abstracto donde flotan ricas e innumerables asociaciones de ideas. La gama de colores está reducida prácticamente al negro con escala de grises y al rojo. La muerte, el peligro y la desolación están presentes de manera explícita en las calaveras, la sangre, los pájaros muertos, las ramas inertes, las raíces desnudas. También la vida, ejemplificada en los animales (para Beuys la energía espiritual del planeta, por encima del hombre). Aparecen máscaras antigás, aludiendo a la contaminación química, y puntitos rojos en diferentes elementos que recuerdan enfermedades contagiosas. Los humanos que aparecen son anónimos, grises y perdidos, sin rasgos, sin ojos. En varios de los dibujos representa mutaciones o intersecciones que vinculan a plantas, hombres y animales: una pluma ramifica como un arbusto, una rama es también un insecto, en la cabeza de un hombre echa raíces un árbol que da hojas rojas (venenosas o de sangre), un caballo se erige orgulloso con cabeza de humano y cornamenta de ramas, un hombre echa raíces en la tierra madre, una cabeza enjaulada germina en arbusto de bayas rojas que come un cuervo...

 

El abrazo es una escultura exenta en la que dos sillas blancas contrapuestas son unidas o enlazadas por un árbol pintado también de blanco. Simboliza ese pulso entre el hombre y la naturaleza al que continuamente alude Navarro. También la deriva propia de los procesos que se escapan a las voluntades, cierto destino fatal y fantasmagórico. La exposición se cierra con otra pieza blanca en su totalidad en la que los animales han perdido ya la esencia por la que reciben su nombre. En latín, animal significa que tiene alma, aliento, aire; algo animado es algo que tiene vida. Aquí ya no son tal cosa, los insectos -fabricados en pvc blanco- se representan muertos y colocados, cual colección de taxidermista por el capricho del hombre, en cajitas, cada una de las cuales tiene una placa con el nombre de uno de los productos más contaminantes que emitimos a la atmósfera: Peroxyacetyl Nitrate, Ammonia, Cadmium, Nitrate, Plume, Nitrogen, Sulfur, Copper, Chlorofluoro. (Lidia Gil Calvo).

 

Actualizado

el 26 may de 2016

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