Jacobo Gavira, Miña, 2008
Evento finalizado
20
ene 2011
20
mar 2011

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Cuándo: 20 ene de 2011 - 20 mar de 2011
Inauguración: 20 ene de 2011
Dónde: Mercedes Urquijo / Bárbara de Braganza, 4 - 1º dcha. / Madrid, España
Organizada por: Mercedes Urquijo
Artistas participantes: Jacobo Gavira
Etiquetas:
Publicada el 03 jun de 2014      Vista 213 veces

Descripción de la Exposición

Los oleos y dibujos expuestos, realizados entre los años 2005 y 2009 continúan formalmente los caminos de la figuración, columna vertebral del artista en estos años.

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El retrato ya no existe. Ya han certificado su desaparición o mejor, su metamorfosis total, los estudiosos que comenzaron mirando las distorsiones de Goya, la anulación del sujeto burgués, que era quien se retrataba para consistir y dar ejemplo de triunfo y poderío. Ahora los retratos no son tales, no tienen pompa sino desmesura (Saura), desgarro (Bacon), pero antes, hondura lisa ensimismada (Magritte), descomposición en rampas faciales (Picasso), fijación sin atributos (Antonio López).

 

  No existe el retrato burgués, porque ahora la extrañeza de la caricia del pincel, la implicación en el repaso por el lienzo -así se expresa Jacobo- depara sorpresas. La más grande: la aparición de un rostro que no estaba, ni en la vida ni en el lienzo. Precisamente por no ir a copiar, ni a imitar, ni a retratar estatus, o condición o sexo, por superar todas esas mímesis en el gesto envolvente y comprometido de medirse con la luz del lienzo, precisamente por eso el retrato es una invención. No es copia del mundo, es aportar al mundo unos ojos que no estaban y que se te quedan mirando.

 

Tengo la tentación de comentar esta exposición brillante de Jacobo Gavira, fijándome sólo en los rostros que desde el fondo de la blanca sala, de la esplendida alcoba, nos llaman. Y así hablar sólo de Miña, Brenda, Sabella. Esos rostros de poder, serenos, de una intensidad poco común. Pero en el momento en que me fijo en esa llamada de la pintura en si misma, una noticia se me cruza y altera mi modo de mirar. Las embarcaciones llamadas gamelas en Canido, llevan esos mismos nombres. Que son los nombres de las mujeres de los pescadores. Las tres gracias del fondo se han revelado con una intensidad llena de matices. Se dan con sus nombres y sus pasajes para embarcar: la aguada sorpresa de Miña, la coqueta mirada de Brenda, la inquietante reserva de Sabella. Nombres que se hacen a la mar, nombres de esos rostros que ahora los llenan, los ocupan y los sacan del tiempo y del espacio marinero, para quedarse ante nosotros diciendo: 'mirame, yo, que tan quieta me muestro, soy lo que el nombre de mi barca dice, soy un rostro que vuelve de una singladura'.

 

Pero es Ñapa la que nos advierte que ya hemos atravesado el umbral de los asideros para ver. Es el rostro de la manifestación sin ambages de su condición adolescente. Y sin embargo, no hay casi materia que lo diga. Sólo la gran pincelada verde que envuelve el rostro y lo hace existir. Como la escueta paleta de Pateca que deja al que mira indeciso entre dos épocas: una morisca, de aldea de hace tiempo, otra de contemporaneidad urbana.

 

Calaboca es así también, documento de posguerra y retrato de colegio, inquietante, como el silencio de las niñas.

 

  Invito de manera especial a detenerse en Leida. Todos los rasgos que llevo enhebrados con los nombres de los cuadros, salen aquí a la superficie con la mayor delicadeza y expresividad. Lo exótico de la figura, de la vestimenta que no anula la contención y el desafío de los ojos más negros.

 

La llamada de los ojos del sur, de las muchachas de México, de Perú, de Almería. Son como los ojos de Leida: ellos dan fe de una fundación de la cultura más viva. De cuando se inventó la primera mirada, en la que los ojos -que supo ver Antonio Machado- no son ojos porque los miras / son ojos porque te ven.

 

Lona, Luna y Carmen encierran otras historias que también inventa Jacobo dejando traslucir seguramente las presencias de un mundo más cercano, la propia historia reciente, los iconos de una condición femenina que se convierte en enigma sin perder su cercanía.

 

Pero hay mucho más.

 

Primero en el mismo registro de los retratos de mujeres. Las dos Series (1 y 2) de retratos que se `presentan como falsas pruebas, como pentimentos, como bocetos y son en realidad los retratos más acabados, aquellos por donde sale la mayor potencia de lo insoportable que atenaza al pintor, y que no le deja quieto hasta hacerle dar alguna forma, alguna materia de luz, algún hueco, borrón, tachadura, reguerito aguado. Aquí está de forma clamorosa lo que veníamos viendo: el retrato como invención. Ya hemos despegado de todo modelo y, al mismo tiempo, sentimos que tienen todo ellos una concreción que emociona y que aturde. Como retratos pompeyanos, como retratos tunecinos...eso es lo que uno echa por delante para ver si domestica tanta fuerza y variedad. Pero no. Las categorías de la historiografía del retrato ya no valen. Hay que dejarse conmover, es decir, hay que dejarse mirar por esos rostros que desgranan una condición femenina (¿por qué sólo retratos de mujeres?, mira: esta vez es así, es esa la chispa que llevó a pintar) que interpela.

 

Y luego un festival bullicioso de formas pintadas, de las que destaco las dos pequeñas tauromaquias (ese torerito), y sus figuras laterales. Y de formas dibujadas que son la muestra de una extraordinaria capacidad de componer y de poner en escena. A veces con una mera línea que se deslía a si misma y sale del contorno de un cuerpo que es pura revolera.

 

Creo que es una experiencia de aprendizaje y de disfrute. No hay suavidad más que aparente. No hay contención más que para empezar. La fuerza dramática que atraviesa todas estas piezas que remedan la serenidad para protegernos, es la palabra que Jacobo Gavira nos entrega. Y lo hace a cuerpo limpio. Sin protegerse él. Cuidándonos a nosotros. Recordándonos que es el rostro el lugar por donde el otro se me da, se me aparece. Que es el lugar que no resiste que se anule ni se distorsione. Que cada faz descubierta trae una expresión al mundo. Que cada cara inventada nos enseña a mirar.

 

Es sencillo y rotundo, pues nos invita a acabar diciendo, con John Berger: Y nuestros rostros, mi vida, breves como fotos. Sabiendo que esa es la condición del retrato hoy. Pero que, en su aparente fragilidad, su poderosa llamada -como en la foto, como en la plástica, como en la poesía- tiene un destino mayor que esta vez logra: suspender el tiempo.

 

Actualizado

el 26 may de 2016
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El 19 nov de 2019
Presentación en Sala Comunidad de Madrid-Alcalá 31 / Madrid, España

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