Natures mortes
Evento finalizado
10
jun 2017
Sin fecha

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Cuándo: Desde 10 jun de 2017
Inauguración: 10 jun de 2017 / 19:00
Precio: Entrada gratuita
Dónde: La Trastera - Espacio [container] / Puerto de Segur de Calafell / Calafell, Tarragona, España
Organizada por: La Trastera - Arte contemporáneo
Artistas participantes: Ramon Sicart
Publicada el 07 jun de 2017      Vista 152 veces

Descripción de la Exposición

La obra fotográfica de Ramon Sicart (Llorenç del Penedès, 1959) reflexiona, a partir de la fragmentación, sobre aspectos que nos afectan emocionalmente. Bodegones (2003) es una instalación de cajas de luz dónde se incide en la fragilidad de perpetuar la memoria y como el olvido se instaura con el paso del tiempo. ----------------------- La memoria. Esto es: el olvido La memoria es el gran tema de la literatura moderna. Ramon Sicart se empeña en hacernos ver que la memoria puede ser, asimismo, el gran tema de la fotografía contemporánea. Decir la memoria, es decir el olvido. En realidad, memoria y olvido son las dos caras de una misma moneda. Y Sicart ha puesto su cámara en la frontera entre las dos. Fíjense en la foto de portada del catálogo: clavelinas boca abajo. Conservan algo de color en los pétalos, pero poco. La marchitez ya empieza a disfrazarlas con su tinte del polvo. Se asemejan a un ejército de soldados cabizbajos, ¿a que sí?, o a una lluvia de cartuchos vacíos de pólvora. Una pequeña muerte de cartón. “Natures mortes” reflexiona acerca de la memoria. Esto es: acerca del olvido. La memoria social que llevamos a nuestros muertos —otra cosa es la memoria que podamos conservar en el corazón—. Y lo hace, por de pronto, mediante la flor —esa suerte de correlato simbólico de la memoria funeraria. Llevamos flores a nuestros muertos: cortamos una primavera portátil con forma de ramillete, y en el día de Todos los Santos engalanamos las tumbas. Una primavera que crece, que madura. A menudo, de dicha primavera sólo resta el vestido, el papel de aluminio: el verde se mustió. La frondosidad vegetal se trocó en un cadáver exquisito: una vez muertas, las flores, como los hombres, tienden al polvo. Uno de los mayores aciertos de “Natures mortes” es que muestra —impúdico objetivo— el otoño de una pequeña primavera. Es la memoria del camposanto, de patitas débiles como las de un gallo. En ocasiones, el ingenio humano crea objetos para preservar intacta la memoria: la flor de trapo o de plástico. ¿Hay sentimiento más mortuorio que el que nace impostado? Un ramillete de flores marchitas conmueve. Uno de flores artificiales horroriza (a mí, por lo menos). Es algo infantil, como las llamitas de bombilla en los cirios de los niños en las procesiones de Semana Santa. Conceptualmente, la obra muestra un descenso inequívoco. No hay ascesis que valga, sino todo lo contrario: la alcayata sostiene una memoria débil; firme, hincada en la piedra. El cordel, sin embargo, se deshilacha; se oxida el alambre. La alcayata es, de algún modo, la referencia: anuden, en esa misma alcayata, brotes de la primavera corruptible de la memoria. La flor de trapo o de plástico ni pesa ni se corrompe. Acaso sólo la desgastará un poco el tiempo —el meteorológico, no el cronológico—: un color un tanto desvaído en los pétalos, la huella del polvo. Constituye la ficción de la memoria. En cambio los ramilletes de verdad tienen vida. Se resisten a expulsar de sus corolas el color vivificante. El tiempo (una semana, todo lo más) los enrocó, pero el rey de una flor resistió algo más, decrépito, orgulloso, el cuello gacho. Ante la muerte, nada que hacer. Nada importa el color de tu piel, nada tu condición (lo dijo Manrique). Florecilla, da lo mismo que seas clavelina o margarita. La senectud: la conciencia de hallarse solo en medio de un bosque calcinado. El ramillete marchito de la vida. Una memoria que cruje. Como el fuego con buenos leños. Y esta memoria acaba por desprenderse. Todo termina en la esencia desnuda de una flor momificada. Momificada en la irreductibilidad del hueso. Una flor que se parece a un insecto. La corteza, el borrajo, el otoño. Bolitas de rosario y clavo que ya nada sostiene. Piedras amontonadas, en un rincón. Ese muro impenetrable. El misterio. El nombre del olvido, que reconocemos con un escalofrío. Jordi Llavina

Actualizado

el 07 jun de 2017

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