Selfportrait as a saint obra de juan matos capote
Evento finalizado
22
dic 2003
24
ene 2004

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Publicada el 11 jul de 2019      Vista 9 veces

Descripción de la Exposición

(Sobre el autor del texto) Max Henry es poeta, comisario artístico independiente y crítico. Vive en la ciudad de Nueva York. Ha escrito para Art in America, Flash Art, The Art Newspaper, y Tema Celeste, así como numerosos ensayos para catálogos. Durante el boom punto-com, fue un destacado columnista que escribía con regularidad para la revista on-line Artnet.com. Escribió “Gotham Dispatch”, que informaba de la escena artística emergente en Nueva York. Ha sido invitado como comisario, crítico y conferenciante al International Center of Photography, Nueva York, al Whitney Museum of American Art, y al International Studio and Curatorial Program (I.S.C.P.), Nueva York. ---------------------------------------------------------------------------------------------------------- Estamos rodeados por fragancia y sonido. Sonido y fragancia impregnan la existencia humana, tanto en los ambientes naturales como en los artificiales. Los mundos auditivo y olfativo nos ofrecen miríadas de texturas de densidades variantes. El zumbido y tarareo de la vida en la ciudad posee el marcado murmullo de un mecanismo que fluye a media velocidad en las horas de descanso, o ya tarde en la noche. Las áreas rurales evocan la tonalidad rítmica del viento soplando a través del follaje y de los grillos cantando a coro. Emitimos sonido incluso al dormir, al respirar (cuando estamos sanos) de forma constante y profunda, cuando surge un bostezo satisfactorio quizá previo al descanso espasmódico. El sexo penetra nuestra cultura a través de los modos ingeniosos de la industria de la propaganda, que explota los sonidos sociales relacionados con la copulación, para hacernos desear bienes de consumo. Mm-mm-bueno vende sopa, y claras descripciones tonales nos hacen querer comprar un coche nuevo o un champú que deje el pelo suave como seda. La cultura de principios del siglo veintiuno trasgrede cada espacio personal que se pueda concebir, alterando las frecuencias cerebrales con deseos codiciosos. Parecemos aceptar el estímulo cuando reconocemos su presencia con indiferencia. Somos crudos y perturbados por el ‘sonido blanco’ de las distracciones multimedia. El arte posmoderno tiene una buena historia al responder a estas tendencias y corrientes principales, producidas para la manipulación del consumidor. Artistas contemporáneos abrazan y rechazan conceptualmente la condición icónica de los objetos, a menudo empleando técnicas subversivas para reorganizar nuestra percepción del ambiente, nuestra relación con los objetos y la afinidad o distancia emocional que tenemos con ellos. Esta reflexión me lleva a la pintura y a los objetos escultóricos de Juan Matos Capote, un artista que trabaja las regiones inferiores de la percepción sensorial fenomenológica. Produce objetos que tienen menos que ver con los objetos mismos, que con su esencia descriptiva potencial. Pintando monocromos de colores que varían en intensidad, desde los cálidos y atractivos a los fríos y volubles, pinta también textos que evocan la fragancia de cada color correspondiente. La serie titulada El Mago Mudo (producida entre 2000 y 2001) toma la simple premisa de la fragancia y sugiere una experiencia corroborativa cuya intención es derribar la indiferencia hermética del monocromo. Matos Capote abre las sendas sensoriales para provocar una experiencia en el estado de conciencia que producen sonido y fragancia; “HUELE A LAVANDA”, “HUELE A ROSAS”, “HUELE A MANZANILLA”, “HUELE A EUCALIPTO”, “HUELE A TREMENTINA”. La última obra de esta lista manipula ingeniosamente un cambio del mundo natural al químico y sintético. Su aplicación uniforme, ahumada de color hueso da estéticamente al líquido nocivo el tratamiento Ryman. Es más una referencia histórica realizada en tono de broma al artista proverbial, trabajando en el estudio-laboratorio, pensando y empleándo una serie de tubos de pintura abiertos y desplegados con toda clase de disolventes, lacas, barnices, y pinceles, que se combinan en una alegoría de la creación. La trementina produce una impresión lacerante y dañina en el olfato, en contraste al atractivo sensual de la lavanda y las rosas, así como la infusión de manzanilla juega con las sutilezas de las papilas gustativas. En la pintura clásica se nos ofrecen imágenes alegóricas para estimular las emociones y enfatizar la jerarquía de la religión. Vemos las agonías del pecado y la gloria de la virtud cristiana, representadas por alicientes visuales sofisticados que impresionan al observador con asociaciones gráficas memorables. En otras palabras, la imagen se pega. Recordamos las cosas por su belleza o fealdad, humor y deleite, o teatralidad. Juan Matos Capote nos sorprende, nos entretiene, y por último nos seduce con sus pinturas y su obra tridimensional. Sus esculturas textuales forman filas de letras gruesas apoyadas unas al lado de la otra en la pared para deletrear sonidos como “OUHHHHHH”, “MMM” y “AAAHHHH”. Sus componentes principales son plumas de ganso que evocan la imagen de almohadas suaves y edredones, el abrazo romántico del amor apasionado, y la tranquilidad del dormir. No son tanto indulgencias semióticas como composiciones fructíferas de un poeta concreto. Los concretos son los hijos bastardos de los poetas simbolistas franceses como Apollinaire y Mallarmé. Emplean la presentación visual del poema, tensando lo melifluo de los sonidos en la paleta óptica y la fisicalidad del texto con una energía cinética. Saltando de un fragmento a otro, los poetas concretos abandonan la medida lineal en favor de una presentación estética de la palabra-sonido, despojando el contenido emocional excesivo. En una serie de obras tridimensionales expuestas en el suelo y la pared (hechas de una acumulación de pintura acrílica y gel) Matos Capote añade otra capa visible a su arsenal de sonido. Estas son los “bocadillos de texto” que se usan en los comics para insertar el intercambio de diálogos entre los personajes. “SSSSSS” (2003), “VISLUMBRES” (2003) y “CASA HORIZONTAL” (2003) son producidas en blanco (menos la línea de demarcación negra, típica de los comics), en negro y en Azul de Prusia, un negro-azulado profundo que evoca la noche. Son hacinadas una encima de la otra para formar una mini-montaña, o sujetadas a la pared formando dos largas filas, o dispuestas en el suelo cerca de la pared. Todas son curiosidades que aluden tanto a lo hueco de las palabras como al vaciamiento de la emoción hasta que no queda nada. La vieja parábola zen, “¿cúal es el sonido de una sola mano aplaudiendo?”, puede ser una forma apropiada para describir estas obras, sorprendentemente animadas. No puedes evitar pensar en las connotaciones pop, especialmente en muchas de las pinturas de Roy Lichtenstein, “GRRRRRRRRRRR!”, de 1965, entre otras. Matos Capote mantiene un humor a través de este grupo de obras. El juego con sonido y lenguaje es consistente. Se sumerge en un pozo de fenómeno para alcanzarnos el vacío. Y lo que descubrimos es que el vacío no está tan vació después de todo. Hay sutilezas que nos rodean; meramente necesitamos prestar atención para apreciar sus puntos más delicados. Su uso onomatopéyico del sonido-significante depende en cuasi-precisión. Muchos de los sonidos son algo ficticios, palabras y frases inventadas en coherencia con el peso o ligereza de la descripción particular que él quiere expresar. Son observaciones válidas en el sentido fenomenológico y son incluso extracciones de “palabras reales” con “definiciones lógicas”. Otra serie de pinturas y obras sobre papel, basadas en la letra “H”, parecen desde la distancia constelaciones. Bastante en el estilo de la pintura de Vija Celmins o de las fotografías a gran escala de una noche de cielo estrellado de Thomas Ruff. La sustancia en ellos es totalmente diferente. En detalle, vemos letras apretadamente condensadas; grupos de la letra H pintadas con esmalte y con atroz precisión en color hueso. Parecen danzar sobre la superficie del monocromo confuso, como muestras de laboratorio sobre una placa de cristal bajo un microscopio. Una fotografía de una señal de carretera, que indica la proximidad de un hospital, tiene la palabra SILENCIO debajo de una letra H grande y sólida. Es un poco un juego de palabras porque la H es muda, silenciosa, en lengua española, y también una recontextualización del significado de la señal. Podemos también notar una consistente desconexión de los modelos lingüísticos normativos; la ortografía y la puntuación desechadas en favor de un léxico inventado que posee su propia lógica interna. La interpretación es abierta en cuanto a qué están actualmente describiendo estos cuasi-textos, con sus sonidos casi familiares. Subjetivo o no, mueven musicalmente el oído y suenan activos. Matos Capote trabaja el terreno de la pintura y la escultura como un ‘performer’ acústico. Su leve toque de humor contrapesa una seria investigación fenomenológica en el significado de las palabras y el modo en que las palabras y sus sonidos se correlacionan con la fisicalidad, el peso y forma del objeto por sí; los misterios de lo material contra la presentación de esas partes sublimes que pueden transformar la percepción. La obra que Juan Matos Capote ha producido hasta la fecha es una investigación formal de los aspectos intangibles de la identificación del objeto. No sólo cómo miramos a un objeto, sino algunas de las esencias más sutiles que lo componen individualmente, distintas o similares a otras de la misma especie significante Cada material tiene su textura diferente e inconfundible y por lo tanto, fragancia y sonido específico. Una materialidad áspera se corresponde con agresivos ruidos guturales, mientras que materiales refinados como las plumas de ganso nos producen connotaciones de placer y ligereza, el fieltro un ruido sordo, y los materiales esponjosos nos sugieren la permeabilidad del sonido. En un autorretrato que brilla en la oscuridad, la figura parece levitar hacia fuera del lienzo, planteando una cuestión acerca de las presencias fantasmales como parte del mundo inadvertido de cada día. El artista se retrata con un halo angelical y dosis de kitch, que nos recuerda una de las pinturas en terciopelo de Jesucristo. Claro que uno también puede ponderar la cuestión ¿puede un fantasma producir sonido?. O, ¿cuál es el sonido de un fantasma flotando ante mí?. Las imágenes pequeñas, enmarcadas en vitrinas de plexiglás y colocadas en fila en la pared, son principalmente hechas con medios normalmente hallados y mencionados anteriormente. Ellos se diferencian de los santos en lienzo en que parecen entrampar los espíritus en perpetuidad, como un alma atrapada en un ataúd transparente. ¿Tienen las almas un sonido específico?. Uno se pregunta qué sonido podría ser ése. Hay vulnerabilidad y humor en toda esta muestra. Juan Matos Capote ha creado una iconografía de una quietud intensa, una belleza sutil, y una especificidad muy bien medida. El, como sus iconos santos, lucha con un contenido que demanda del observador el uso de su aparato sensorial para mirar el arte de una manera diferente, más que una observación meramente pasiva. Su creador nos pide participar, escuchar, comulgar, y quizás incluso transcender el peso de nuestra sobrecarga posmoderna.

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