Figurativo en sus inicios, Pedro Rodríguez recaló, luego, en una abstracción punzada de lirismo, para evolucionar de nuevo hacia un realismo semimágico. Sus paisajes y naturalezas muertas se funden -no se confunden- en planos de colores armónicos, ricos en veladuras, caleidoscópicos y sugestivos, reveladores de un claro concepto del equilibrio y el buen gusto. Antonio Manuel Campoy dejó escrito que eran «los ángeles malvas de su paisano Juan Ramón Jiménez» los que le asistían, prestándole «su suave encanto».
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