Irene Sanchez Moreno_Casas al aire_2015
Evento finalizado
22
oct 2016
14
ene 2017

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Publicada el 20 oct de 2016      Vista 218 veces

Descripción de la Exposición

Cualquier tipo de paisaje es inevitablemente interpretado como un reflejo subjetivo de la consciencia humana. No en vano, se trata de una representación sesgada de la naturaleza que conlleva la asimilación de una serie de pautas culturales y cánones plásticos inherentes a los tiempos que corren y que da muestra de la interioridad individual de cada persona, sin importar su condición de artista o espectador. De esta forma, la representación pictórica del entorno pasa de ser una mera enunciación de lo que nos rodea para convertirse en una invitación directa a descubrirnos en él, a encontrar ecos de uno mismo a través de la pintura. Para Jesús Zurita (Ceuta, 1974), Irene Sánchez Moreno (Granada, 1983), Cristina Ramírez (Toledo, 1981) y Simón Arrebola (Torre del Campo, Jaén, 1979), el paisaje se convierte en el pivote central de la obra, siendo el protagonista de la representación, pero también un objeto referencial donde ocurren cosas. Por eso, la naturaleza va construyendo espacios oníricos mediante la ruptura, transformación, ocultación o incluso reconversión de la realidad por diferentes medios. A pesar de sus claras diferencias estilísticas, podemos encontrar en todos sus trabajos un afán por esa recreación de escenarios inexistentes a través del dibujo o la pintura, que aunque en ocasiones tienen ciertas concomitancias con la realidad, rápidamente se desmarcan por la relevancia otorgada a sensaciones y elementos más característicos del mundo de los sueños o la ficción. De esta manera, la hiperdescripción monócroma y las formas imposibles que adquieren las composiciones vegetales de Zurita, contrastan fuertemente con las atmósferas cegadoras de colores saturados propios de Irene Sánchez. Paisajes salvajes, inclementes, que desorientan bien por lo excesivo, como en los dibujos del ceutí, o por todo lo contrario, la cruda devastación que muestran los lienzos de la granadina. También, los mundos míticos, casi mágicos que propone Arrebola, herederos de la pintura prerrenacentista, se hibridan con la representación plástica del terror a través espacios ambiguos con referencias a la literatura pulp, el comic y el ukiyo-e japonés que Cristina Ramírez emplea en sus dibujos. Este interés por emanciparse del entorno cotidiano se ve reforzado por la fuerte carga de elementos simbólicos, así como por el singular carácter narrativo que poseen las obras. En ellas tienen lugar historias extrañas, relatos fragmentados, alterados o descontextualizados de forma consciente para dar una apariencia de incompletud. Juegos descriptivos más propios del subconsciente y la memoria, donde se nos invita a desatar la imaginación para encontrar el significado de los acontecimientos, partiendo en ocasiones de la mera representación de sus consecuencias. De esta forma, la fragmentación de lo narrativo da lugar a crónicas inconexas que contribuyen a despertar en quien las contempla cierta sensación de incertidumbre, dotando así a las pinturas de una contundente carga poética. Sin duda, una de las principales causas que suscitan dicha inquietud es la omisión intencionada de la figura humana en las composiciones, que es sustituida por objetos que de una forma u otra se convierten en alusiones directas a su persona: la barca, la cabaña, la calavera, la caravana, la cueva... Esta utilización de lo humano como vestigio, como huella insignificante y perecedera dentro de la inmensidad de la naturaleza, potencia la expresividad de las obras y nos induce a pensar en ellas como una suerte de vanitas contemporánea. Objetos devastados o amontonados, arquitecturas precarias, grietas en la tierra, seres humanoides que ocultan su mirada o un bosque que crece despacio, morboso, hasta convertirse en una maraña desmesurada de elementos lánguidos en descomposición. Es así como el paisaje, otrora bucólico, se torna inhóspito, inaccesible, hostil. Un escenario trágico, a veces terrorífico, pero cargado de interrogantes que nos obligan a indagar en la pintura, abriendo una puerta a nuestro mundo interior y empujándonos a explorar nuestro lado más irracional en un proceso psicológico de liberación. Un viaje catártico, purificador, en busca de la belleza más convulsa, porque como dijo André Breton, padre del surrealismo, “la belleza será convulsiva o no será” (André Breton: Nadja, 1928).

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