Javier Martín de Frutos
Evento finalizado
28
jun 2007
13
jul 2007

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Cuándo: 28 jun de 2007 - 13 jul de 2007
Dónde: Galería Barbarín / Avda. Manoteras 10, A007 / Madrid, España
Organizada por: Galería Barbarín
Artistas participantes: Aurora Rumí, Prado Toro
Etiquetas:
Publicada el 03 jun de 2014      Vista 153 veces

Descripción de la Exposición

Colectiva fin de temporada realizada en colaboración con la "Fundación Claves de Arte". Un grupo de alumnos de su "Master Oficial de Mercado del Arte" han sido invitados por la galería para que comisarien esta exposición. Ellos han seleccionado a un grupo de 5 artistas de su generación.

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Jorge de Oteiza, enfrentado al hecho de que los estudios realizados sobre los cromlech de Oyarzun no dieron ningún resultado, escribió: hemos encontrado nada. Pero una Nada con mayúsculas, aclaró.

Los científicos no han sido capaces de explicar los motivos por los cuales los hombres del calcolítico, a costa de grandes esfuerzos colectivos, levantaron enormes piedras. Oteiza, sin embargo, intuyó que la Nada que las piedras alzadas ponían en el mundo era también la que apareció, muchos siglos después, en las obras de Mondrian y Malevich; una presencia real, cabría añadir, que se encuentra también en las obras de Chillida, Moore y el propio Oteiza, así como en la pintura oriental, en los cuadros de Duccio, Morandi o Motherwell, en los jardines de la ciudad de Kyoto, en los templos de Lalibela, en las excavaciones de Heizer. Aquí, en las fotografías de Javier.

Los hombres de la prehistoria, seguramente movidos por el mismo afán colectivo que les condujo hacia las formas del lenguaje, el mito, el arte y la ciencia, debieron sentir que alzando piedras ponían algo nuevo en el mundo. No estaban locos: con las piedras hacían poéticamente el espacio. Producían también la Naturaleza, fundada en lo artificial del levantamiento, y el cielo, señalando hacia arriba.

Las piedras alzadas eran artefactos, máquinas de significar, que conectaban realmente la tierra y el cielo: lugares de encuentro. Eduardo Chillida, con la humildad que le caracterizaba, lo explicó de la siguiente manera: un día descubrí que las taulas de Menorca quieren sujetar el cielo.

Aquellas piedras eran signos que producían lo real, confirmando la presencia del mundo invisible por relación al visible, del espíritu por relación a la materia, y del mundo natural por relación al artificial. Al igual que las estelas funerarias, las piedras alzadas hacían el lugar poniendo de manifiesto, con su presencia inmutable, la permanencia del Espíritu.

Con aquellos signos el Espíritu hacía el mundo y el mundo, a la vez, se hacía habitable: del menhir a la estela y desde ésta al stilo, columna que permitió a la materia del templo, en el peri-stilo, entrelazarse con el vacío.

La verticalidad de los templos, más adelante, vino a confirmar la necesaria relación entre el mundo material y el mundo del espíritu. Los templos también eran signos que re-creaban la realidad.

Fue el sabio alemán Ernst Cassirer quien redefinió al hombre como animal simbólico: un animal que inconscientemente produce signos que transforman las impresiones internas en expresiones con sentido. De acuerdo con Cassirer, el hombre produce lo real, metafórica o poéticamente. Hoy, sin embargo, se suele dar por supuesto que lo real es aquello que presentan los sentidos o exponen los científicos.

Las cosas son como son y valen para lo que valen, sostienen algunos. Lo real se compone de partículas elementales y fuerzas de atracción o repulsión, sostienen otros. Pero el arte y los verdaderos artistas insisten en negarlo.

Los edificios que compiten por superar a otros en altura y elegancia, por ejemplo, representan muy bien el poder totalitario al que aspiran las grandes multinacionales. Detrás de sus formas brillantes y esbeltas, sin duda, se encuentran la ambición y la avaricia. Debemos llamar las cosas por su nombre. Pero la visión de Javier los transforma en realidades muy distintas que expresan la necesidad humana de mirar hacia arriba. Es una ilusión poética y productiva; la ilusión que da sentido a lo real y, por tanto, también al artista creador.

Los idealistas del XIX ya pensaban que era el arte quien hacía al artista y no el artista al arte. El arte, explicaban, no depende tanto del artesano o el artista, como del misterioso afán colectivo que conforma la sensibilidad de los pueblos. Hoy no nos hace mucha ilusión, pero algunos artistas modernos, como Paul Klee, también pensaron que el artista es sólo un intermediario: ni amo absoluto ni sumiso servidor.

La vida imita al arte mucho más que el arte imita la vida, escribió una vez Oscar Wilde. Años después, Georg Simmel declaró que la vida es una forma preliminar del arte teatral. En consecuencia, el yo autónomo y creador al que tanto nos aferramos no es más que el yo circunstancial de un actor que se oculta tras una máscara y cuya realidad se manifiesta en relación con lo que no es, es decir, con lo otro y los otros. La arrogancia del yo que caracteriza nuestra época, muy bien representada por los poderosos rascacielos de cristal y por el poder creador que la colectividad atribuye a sus autores, pone de manifiesto su debilidad.

Nos queda el arte, escribió Nietzsche, para no perecer ante la verdad. Nos quedamos, pues, con la humilde intuición del artista y con la sensibilidad del artesano. Con la visión de Javier y la de algunos pensadores sensibles, como Isidoro de Sevilla, quien explicó que comprendió el valor de la constancia en la vida al acercarse a un pozo a sacar agua y observar la hendidura que había dejado la cuerda sobre la dura piedra del borde.

Actualizado

el 26 may de 2016

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