Sandra Moneny, Semillas, 2019 — Cortesía de La Casa Amarilla
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Cuándo: 27 abr de 2019 - 31 jul de 2019
Inauguración: 27 abr de 2019 / 12:00
Horario: de 18 a 21 horas, de martes a viernes, y de 11 a 14 horas los sábados
Dónde: La Casa Amarilla / Paseo de Sagasta 72, local 3 / Zaragoza, España
Organizada por: La Casa Amarilla
Artistas participantes: Charo Pradas, Louisa Holecz, Marina Rodríguez Vargas - Marina Vargas
Enlaces oficiales Web 
Publicada el 26 abr de 2019      Vista 29 veces

Descripción de la Exposición

Los primeros signos humanos que se conocen indican que el relato sobre la Luna puede ser el primero registrado. Hasta que, alrededor del año 2000 a. C., la luz de la Luna se apagó y todas las historias se perdieron, y con ellas las de la Diosa. El Sol tomó para sí el brillo de la Luna. Solo a través de la imaginación será posible recrear el antiguo lazo sagrado entre Naturaleza y Humanidad, que existía bajo el signo lunar y la cultura de la Diosa. El proyecto expositivo La influencia de la Luna sobre la cabeza de las mujeres, toma el título de un grabado francés de autoría anónima realizado a mediados del siglo XVII, cuya imagen presenta a cinco mujeres que, coronadas con medias lunas provistas de un ojo, danzan para celebrar los dones recibidos. A su lado, un grupo de hombres buscan con candiles dónde puede estar el pedazo que falta a la luna creciente. Expresar el sonido del origen, desconfiando de la realidad de las cosas para dar luz a los paisajes interiores del imaginario, es el propósito de las cinco artistas convocadas por La Casa Amarilla en este proyecto: Louisa Holecz, Sandra Moneny, Charo Pradas, Sara Quintero y Marina Vargas. En sus obras la apariencia visible y la fuente invisible son lo mismo. La afinidad de las mujeres con la Luna, permanece. Ocurrió por azar. Al hojear el libro de Jules Cashford, La Luna. Símbolo de transformación (Atalanta, 2018) que acababa de llegar a La Casa Amarilla, el volumen se abrió por la página 308 que incluye la reproducción de un grabado francés de autoría anónima, realizado a mediados del siglo XVII. Su título: La influencia de la Luna sobre la cabeza de las mujeres, atrajo de inmediato la atención hacia la imagen. Cinco mujeres coronadas con medias lunas provistas de un ojo, danzan en círculo para celebrar los dones recibidos. A su lado, un grupo de hombres con candiles son incapaces de ver dónde puede estar el pedazo que falta a la luna creciente. Siguió la lectura del libro de Jules Cashford, autora con Anne Baring de El mito de la diosa (Siruela, 2005), igual de fascinante; y ambos, unidos por un momento clave: la desaparición de las historias de la Luna, las primeras registradas, y con ellas las de la Diosa. Ocurrió hacia el año 2000 a.C., cuando el Sol tomó para sí el brillo de la Luna y los relatos de la Diosa comenzaron a ser reescritos por los del Dios. El desplazamiento de la orientación lunar a la solar, al final de la Edad de Bronce y principios de la Edad de Hierro, tuvo implicaciones fundamentales cuyas consecuencias llegan hasta la actualidad, como ha analizado el filósofo Owen Barfield en su ensayo Salvar las apariencias (Atalanta, 2015). Barfield establece tres fases en la consciencia humana del mundo: en la primera, que denomina "Participación original", y la describe lunar y orientada a la Diosa, existió un lazo sagrado entre Naturaleza y Humanidad. La apariencia visible y la fuente invisible eran uno y lo mismo, y la vida continuaba más allá de los sentidos. La segunda fase, "Retirada de la participación", comenzó cuando el Sol se estableció como fuerza gobernante y progresivamente se fue desvaneciendo la visión unificada de la Madre Tierra, y con ella la Diosa. La tercera fase, "Participación final", consistiría en recrear la antigua consciencia participativa mediante la Imaginación para restituir lo perdido. El proyecto expositivo La influencia de la Luna sobre la cabeza de las mujeres convoca a cinco artistas: Louisa Holecz (Londres, 1971), Sandra Moneny (Barcelona, 1976), Charo Pradas (Hoz de la Vieja - Teruel-, 1960), Sara Quintero (Madrid, 1971) y Marina Vargas (Granada, 1980), cuyas obras perseveran en el deseo de expresar el sonido del origen, desconfiando de la realidad de las cosas para dar luz a los paisajes interiores del imaginario. En sus obras la apariencia visible y la fuente invisible son lo mismo. La afinidad de las mujeres y la Luna permanece. Las diosas del destino, moradoras de la Luna, tejen y cortan los hilos del destino en la Tierra. En 2016, Marina Vargas presentó la exposición Las líneas del destino en el Museo ABC de Madrid, dentro del programa Conexiones que dirige Óscar Alonso Molina. Invitó a la historiadora y crítica de arte Susana Blas, experta tarotista, a realizar la lectura de la tirada de 9 cartas del Tarot de Marsella que había pintado. La Luna, que ahora inicia nuestro particular viaje en La Casa Amarilla, fue el único arcano mayor de aquella tirada. No extrañó a Susana Blas por ser, escribió, "fiel representante de la energía femenina creativa con todas sus contradicciones. La Luna es la pulsión inevitable del crear. [...] La Luna controla las mareas y pone orden espiritual en los cuerpos". Todo es intempestivo en las imágenes que pinta Charo Pradas. Imágenes insólitas, imprevisibles, siempre a la fuga, encadenándose cíclicamente en el arrebato del vértigo cósmico que se sumerge en lo más profundo, donde todo flota y estalla a un ritmo desestabilizador en el que irrumpen coágulos de sangre que agitan y suspenden los gestos. Louisa Holecz pinta imágenes que desfiguran la figuración, enormes masas arbóreas cuya visión espectral se materializa y desvanece simultáneamente, hasta disolverse en el fluido que las fertiliza. Los brotes de los árboles que Holecz pinta con colores fisiológicos siguen el ciclo lunar que les hace experimentar, según las últimas investigaciones, hasta dos mareas al día debido al campo magnético de la Tierra con la Luna. Las conexiones perduran. "Piso en los cielos y cae la lluvia; / piso en la tierra y brotan la hierba y las plantas", cantó Inanna, Gran Diosa Madre, reina del Cielo y de la Tierra. Las lágrimas, las flores negras y rosas cuyos pétalos se abren como vasijas, las lunas llenas negras y las semillas que Sandra Moneny esculpe en cristal, son la expresión poética del tiempo lunar, origen de las aguas de la vida y principio de regeneración. En el largo proceso de solarización no todas las historias de la Luna han desaparecido aunque hayan permanecido ocultas. Sara Quintero ha recuperado tres imágenes de viejos grabados que interviene con su dibujo con el propósito de evocar los ritmos de la Luna que ordenan o influyen en la naturaleza y en la vida y muerte de los seres vivos. Las citas a Enheduanna, primera escritora conocida de la historia, y a la partera Justine Siegemund, recuperan relatos de mujeres influidas por la Luna. [Chus Tudelilla. Comisaria de la exposición]

Actualizado

el 15 jul de 2019

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