Sandra Rocha, Waterline
Evento finalizado
18
oct 2013
10
dic 2013

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Publicada el 03 jun de 2014      Vista 106 veces

Descripción de la Exposición

A través de Waterline la creadora nos propone la contemplación de paisajes marinos fotográficos, perspectivas horizontales del mar y del cielo. 12 instantáneas componen una muestra que no deja indiferente y que fueron tomadas entre febrero de 2012 y agosto de 2013 en una docena de enclaves litorales de España (Fuerteventura, Tarifa y Melilla), Italia (Bari, Brindisi y Lampedusa), Albania (Durres y Vlorë), Túnez (Mahdia y Sousse), Marruecos (Tarfalla) y Sahara Occidental (Laayoune).

 

Una exposición lamentablemente actual y es que detrás de cada una de las fotografías que nos muestra Sandra Rocha puede esconderse una o miles de historias de 'pasajeros' a los que un día 'ese' mar alejaba o acercaba a un 'nuevo' horizonte. Destaca hoy precisamente una obra trabajada y desarrollada en aguas de Lampedusa...

 

Según la convención de la perspectiva, que lo centra todo en el ojo de quien observa -auténtico centro de gravedad del que todo parte y hacia donde todo confluye-, no existe la reciprocidad visual, al menos, así lo afirmó John Berger en un conocido ensayo donde señalaba también que la invención de la cámara fotográfica había transformado los viejos modos de ver, pues se descubrió que 'ya no era posible imaginar que todo convergía en el ojo humano, punto de fuga del infinito' y 'lo visible, en un fluir continuo, se hacía fugitivo'.

 

Poner la mirada sobre una imagen no significa que seamos capaces de nombrar todo lo que vemos en ella. Siempre hay un elemento de no-saber que se nos escapa, algo invisible que pugna contra la tiranía de lo visible y de lo legible. El riesgo más bello de la ficción, sostiene Georges Didi-Huberman, consiste precisamente en no intentar apoderarse de la imagen y en dejar, por el contrario, que sea ella la que se apodere de nosotros, en 'dejarse desposeer de su saber sobre ella'.

 

Este puede ser un buen punto de partida para aproximarnos a las doce fotografías que vertebran el proyecto Waterline de Sandra Rocha, compuesto por una serie de variaciones sobre distintos paisajes marinos en los que el mismo esquema se repite una y otra vez: una vista frontal del mar y el cielo salomónicamente repartidos por la línea del horizonte, que define el eje compositivo de todas las piezas.

 

En apariencia, no hay otro hilo argumental. La visión de la naturaleza desnuda se impone en una imagen primordial donde la masa de agua en movimiento va adquiriendo diversos matices en lo que respecta a forma y color, pues todos los mares son diferentes.

 

La superficie vibrante del agua parece estar en calma y no se divisa ninguna costa. Aparte de esto, no hay huellas o indicios de nada más. Se trata de representaciones del perfecto paisaje clásico, sereno, despojado de anécdota. Solo cielo y mar escindidos por un horizonte donde la autora sitúa el foco de la cámara, dejando ligeramente desenfocado el primer plano. El punto de vista se encuentra un tanto elevado, como si las fotografías hubieran sido realizadas dentro del agua. Cada composición, reducida a los mínimos elementos, roza lo abstracto, alejándonos de cualquier interpretación narrativa. Pero toda imagen es portadora de memoria y la percepción de un lugar, la construcción de un paisaje, siempre es distinta, depende de las circunstancias de cada cual. Los paisajes marinos que Sandra Rocha pone ante nuestros ojos, marcados por el vacío y la soledad, provocan cierta sensación de extrañeza e inquietud. Algo excede la línea del horizonte, más allá de lo que la artista da a ver, para interrogarnos acerca de lo no visto.

 

Vayamos entonces un poco más lejos. Las fotografías fueron tomadas entre febrero de 2012 y agosto de 2013 en doce lugares específicos, concretamente, doce emplazamientos litorales pertenecientes a seis estados: España (Fuerteventura, Tarifa y Melilla), Italia (Bari, Brindisi y Lampedusa), Albania (Durres y Vlorë), Túnez (Mahdia y Sousse), Marruecos (Tarfalla) y Sahara Occidental (Laayoune). Estamos, por tanto, frente a dos mares (Mediterráneo y Adriático) y un océano (Atlántico). Doce puntos de partida o de llegada, según se mire. Igual que el horizonte es una recta imaginaria que coincide con nuestro punto de vista y se mueve con él, Sandra Rocha nos propone trazar otras líneas que vinculen estos extremos.

 

Todos ellos comparten la misma problemática: son vías de salida o entrada para la inmigración ilegal y, por consiguiente, el escenario de un auténtico éxodo contemporáneo de personas -mayoritariamente jóvenes y adolescentes- que se echan a la mar intentando escapar de situaciones de conflicto y pobreza extrema en sus respectivos países de origen, con la esperanza de alcanzar una vida más digna en la otra orilla.

 

El horizonte impone su distancia, igual que nuestra mirada hacia el otro. Cada imagen dibuja una frontera o límite entre lo visible y lo invisible, igual que la línea del horizonte media entre lo no formal y lo formal, entre el centro y sus periferias y, análogamente, entre la vida y la muerte. El océano, en su movilidad perpetua y carácter informe, se define por su 'carácter ambivalente'3: puede llegar a ser tan germinal como destructor. Detrás de cada una de las fotografías de Waterline se esconde la historia de miles de pasajeros clandestinos -magrebíes y, sobre todo, subsaharianos y asiáticos-; nuevos argonautas que protagonizan una diáspora invisible en múltiples direcciones, sin papeles, arriesgando la vida en el intento, guiados por la utopía del 'más allá'. Solo el mar se interpone en su camino hacia el continente viejo, un espacio permanentemente vigilado y compartimentado en zonas que los estados se reparten persiguiendo intereses económicos, políticos o estratégicos e ignorando los derechos humanos.

 

Sandra Rocha recurre a la fotografía, quizá porque su esencia, así lo puso de manifiesto Roland Barthes (La cámara lúcida), es esa pulsión de muerte que trae consigo la desaparición o ausencia del referente, el residuo de algo que ya no está pero que fue. La cuidada puesta en escena de las doce imágenes genera una experiencia envolvente, dibujando un horizonte simbólico en torno a un centro sobre el que se proyecta, directamente sobre el suelo, un vídeo del mar en movimiento que visionamos a la altura de nuestros pies. Se trata de un plano secuencia de poco más de tres minutos de duración rodado en Super-8 en una travesía entre Albania e Italia. La artista lo muestra desde la misma perspectiva en que fue filmado, sobre la cubierta de un barco de grandes dimensiones cuyos motores provocaban una mayor agitación del agua y un fuerte oleaje que, en ocasiones, parece confundirse con el cielo. La combinación de ambos formatos -fotografía y vídeo- subraya el contraste entre quietud y dinamismo, sosiego y turbación y, de nuevo, muerte y vida. Sandra Rocha ha vivido veinte años en las islas Azores y conoce bien la potencia del océano, su capacidad devastadora y su fuerza. Waterline es un homenaje a esa flota invisible que se la juega en travesías hacia la incertidumbre; una letanía iconográfica que pone el acento en los relatos que se ocultan detrás de cada escenario marino, tal vez porque, como apunta el poeta africano que abre este texto, la otra orilla también nos concierne.

 

Actualizado

el 26 may de 2016

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