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Amaya González Reyes, Tender la red -trampa escultórica-, 2011
Evento finalizado
16
dic 2011
20
may 2012

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Cuándo: 16 dic de 2011 - 20 may de 2012
Inauguración: 16 dic de 2011
Dónde: MARCO - Museo de Arte Contemporáneo de Vigo / Príncipe, 54 / Vigo, Pontevedra, España
Comisariada por: Agar Ledo Arias, Iñaki Martínez Antelo
Organizada por: MARCO - Museo de Arte Contemporáneo de Vigo
Artistas participantes: Amaya González Reyes
Publicada el 03 jun de 2014      Vista 405 veces

Descripción de la Exposición

La exposición de Amaya González Reyes es la quinta y última propuesta del ciclo ENTRAR EN LA OBRA , que se desarrolla a lo largo de varios meses en las salas de la primera planta, y cuyo título está tomado de la célebre pieza de Giovanni Anselmo Entrare nell opera (1971). La paradoja que rodea el concepto de espectador y que lo sitúa entre la pasividad y la acción es el punto de partida de esta serie de proyectos, que analizan al público, al visitante, al espectador, a la audiencia, como un elemento inherente a la obra. Amaya González Reyes (Sanxenxo, Pontevedra, 1979) reserva para el espectador un espacio propio y lo emplaza a descifrar las obsesiones de la artista; un aspecto que se relaciona con el título -o subtítulo- elegido para su propuesta: Entrar en la obra. Perder(se) en ella . La exposición reúne un conjunto de doce obras, todas ellas de nueva producción, realizadas en 2011, que incluyen instalaciones o esculturas/objetos, además de una videoproyección y cinco fotografías de la serie Asalto (est)ético.

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'Entrar en la obra' es un ciclo de exposiciones que se está desarrollando en las salas de la primera planta del MARCO. El título del ciclo está tomado de la célebre pieza de Giovanni Anselmo Entrare nell'opera (1971), emulsión fotográfica sobre lienzo, en la que el artista se fotografía a sí mismo atravesando una ladera en una acción que interpretamos como reveladora sobre la relación entre el artista y su obra y entre el espacio y el tiempo. El artista altera su papel y genera una situación de integración, ante la que también reacciona el espectador que, si bien no entra físicamente en la obra, participa siendo testigo de esta ruptura de los límites tradicionales que separan sujeto y objeto. El significado último reside, pues, en la reacción del espectador.

 

El papel fundamental del espectador en el proceso de creación de la obra de arte ha formado parte, en las últimas décadas, de discusiones y ensayos. A lo largo del siglo XX surgen los conceptos de obra abierta, espectador emancipado o muerte del autor, y el rol del público pasa a ser esencial para completar la pieza, mediante su mera presencia física o la necesidad de implicarse activamente. El artista ya no es el eje central del proceso y las coordenadas de percepción las marcan, como escribe Douglas Crimp, no solo el encuentro entre el espectador y la obra, sino entre ambos y el espacio que ocupan. ¿En qué grado necesita el público estar ante la obra? ¿El simple hecho de mirar no tiene ya valor?

 

La paradoja que rodea el concepto de espectador y que lo sitúa entre la pasividad y la acción es el punto de partida de esta serie de proyectos, que analizan la condición del público como elemento inherente a la obra. La relación directa entre ambos, el intercambio físico o la reciprocidad inmediata generan una nueva dimensión en la que tiempo y espacio alteran las condiciones de la recepción y de la percepción.

 

El ciclo 'Entrar en la obra' ha incluido proyectos de Loreto Martínez Troncoso, Wilfredo Prieto, Rubén Grilo y Karmelo Bermejo, y finaliza ahora con la propuesta de Amaya González Reyes.

 

Amaya González Reyes

Entrar en la obra. Perder(se) en ella

 

Amaya González Reyes reserva para el espectador un espacio propio y lo emplaza a descifrar las obsesiones de la artista; un aspecto que se relaciona con el título -o subtítulo- elegido para su propuesta: 'Entrar en la obra. Perder(se) en ella'. La exposición reúne un conjunto de obras que, a partir de la idea central de pérdida, en el más amplio sentido del término, hacen referencia a juegos de significado, a sensaciones contradictorias o complementarias -el confort, el capricho, la satisfacción, pero también la trampa, el desencanto, la pesadilla-, al dilema entre sentimiento y razón, en línea con el inconformismo y ambivalencia que son característicos de su obra.

 

En los trabajos de Amaya González Reyes hay una constante alusión a la búsqueda y al proceso, a esa presencia física de la artista que nos remite a la acción como generadora de la obra. Esculturas, fotografías o instalaciones portadoras de un significado abierto, donde la presencia/ausencia de la artista y las relaciones que establecen las piezas entre sí, provocan un cruce de narrativas y múltiples interrogantes en su encuentro con el espectador.

 

TEXTO CURATORIAL

 

'Entrar en la obra. Perder(se) en ella invita al espectador a descifrar las obsesiones de la artista durante el recorrido por una exposición que, tal como su título sugiere, está directamente relacionada con la búsqueda constante, con el inconformismo y la ambivalencia que caracterizan la obra de Amaya González Reyes.

 

La referencia a sí misma, el interés por el proceso y la búsqueda de la perfecta definición de arte son aspectos fundamentales de su trabajo -En efectivo; Osadía (quiero ser un poco como On Kawara); Yo gasto; Una idea brillante y otras historias adorables- que reaparecen en sus piezas recientes. De carácter autobiográfico, las obras en exposición provocan un cruce de narrativas y múltiples interrogantes en su encuentro con el espectador, a quien se invita a participar en un juego de significados. Son un conjunto de obras de nueva producción que se refieren a la idea de pérdida, de 'no conseguir lo que se espera, desea o ama', según describe el diccionario de la Real Academia Española.

 

'Hablar de la pérdida puede ser hablar de la falta, o de la duda, o de la necesidad de búsqueda, o incluso de la sensación de sentirse vencido o atrapado, pero también de la posibilidad de fascinación, de recrearse y ensimismarse hasta quedar embriagado.

 

Perder... ¿el sentido?, ¿las formas?, ¿la continuidad?, ¿el criterio? ¿el tiempo? Una exposición cuyo centro es la lucha entre el sentir y el pensar, el querer y el deber, indagando en lo que creo que se quedó por el camino. Un lugar donde los caminos se cruzan y se reformulan, y un enorme nudo donde se confunden las extensiones: el yo, el deseo, la necesidad, el capricho, el valor, el azar, el tiempo, la presencia, la apariencia, la satisfacción... Un ir y venir en el interior que evidencia el estado de desorientación en el que me encuentro -más allá de lo personal y de las salas de exposición- o quizá un reflejo del momento que me toca vivir'. [Amaya González Reyes]

 

Una peana recibe al visitante. En ella se custodia una escultura (Mitosis, 2011) que en su abstracción se aproxima a una forma orgánica duplicada. Un cerebro-corazón, en un pequeño guiño a la dualidad entre pensamiento y emoción, entre razón y sentimiento. Existe una ligera asimetría en las dos piezas que la componen, provocada por la factura manual de las partes que la artista diseña y compone pacientemente en su taller. La duplicidad introduce al espectador en un juego de ambigüedades que se repite a lo largo de la exposición, entendiendo que, solo liberado del peso de la razón, el visitante podrá participar del proceso artístico, del proceso de búsqueda.

 

La pérdida de orientación que provoca la disyuntiva entre razón y emoción se materializa también en piezas como la serie de fotografías Asalto (est)ético, 2011. La artista se autorretrata con una media en la cabeza, en una afirmación del uso del cuerpo como material y de la importancia de la acción, que considera un paso previo en la formalización de sus trabajos. Su rostro aparece oculto -nos recuerda a esas medias que deformaban la cara de Ana Mendieta en sus Facial Cosmetic Variations y al anonimato que garantizaban las máscaras cómicas en Confess all on video, de Gillian Wearing- y aprisionado, aludiendo a la simulación, a la falsa representación y a la clara decisión de asaltar al visitante para atraparlo en el proceso.

 

En un intento de mostrar los entresijos que dejan ver sin ser visto, entrever sin identificar, como en el gusto por el arabesco de Moureau, o los signos lingüísticos en las celosías de Cristina Iglesias, modifico mi imagen con medias caladas, de rejilla o de encaje. Estampados florales, geométricos y filigranas envolventes como jaulas de seda, nailon o lycra. Me auto(rre)trato, con efecto fetiche, para un plan de ejecución que toma por asalto el sistema artístico y, por tanto, al espectador. [AGR]

 

El aprisionamiento y refugio se alternan en Sin título, 2011, una jaula a escala humana elaborada con hierro, una escultura que mantiene una relación dinámica con el espectador, donde reaparece la bombilla, presente en otras obras de la artista, y esa alusión a la utopía y al poder. La belleza de la jaula nos habla de la comodidad del encierro, del abandono; lo contrario a la ansiedad que provoca la búsqueda.

 

La obra de González Reyes se sitúa en un ámbito crítico y despliega una ironía afilada e hiriente. Todo ello mezclado con una actitud firme respecto a los valores estéticos en piezas como Sin título -una carretilla forrada de terciopelo, material al que recurre por su valor simbólico y estético, por su significado, como representación visual de aspectos muy relacionados con la artista, como el capricho, la satisfacción o el lujo- o Jardín. Otras, como contrapunto, nos amenazan con títulos como Tender la red (trampa escultórica) o Pesadilla. La artista parece retomar a Louise Bourgeois cuando afirma que 'el arte sirve para expresar emociones', consciente de que, cuando nos dejamos llevar por la emoción, en esa búsqueda nos perdemos. Jardín es una pieza elaborada por la artista desde un mínimo componente: el abalorio. Miles de abalorios cosidos por la artista y dispuestos dibujando un laberinto, símbolo de la confusión y el enredo. Un laberinto abierto, sin principio ni fin, que adquiere una disposición reticular en su intento por controlar el caos. Los abalorios están ya inmóviles, cuidadosamente ordenados, en un lugar propio.

 

Tender la red (trampa escultórica) se propone como una red, una red ilustrativa de cierta sensación de bienestar, de un espacio donde hay orden y belleza, que nos fascina, nos atrae y nos seduce, tanto que cuando queremos salir nos damos cuenta de que estamos justo en medio, atrapados, curio­samente en una red de malla metálica de pro­tección anti-cortes, que a la vez que te atra­paría te protegería. Una trampa pensada para cautivarnos por su forma, por su posición, una trampa que evidencia su propia estructura, muy sólida, a pesar de la flexibilidad del material, cuyo enorme peso se presenta como algo suave, casi liviano, dinámico, con formas ondulantes y suspendida en el aire, casi dispuesta a alzar el vuelo en cualquier momento. [AGR]

 

En esa búsqueda de la emoción artística formaliza la artista la trampa. Translúcida, esconde un significado dual y, de nuevo, nos remite a Bourgeois: 'la seguridad de la guarida puede también ser una trampa'. En el fondo se percibe una lámpara, el objeto seductor, y en el camino nos atrapa la red. La lámpara, caída, se refiere al fracaso inevitable al entrar en el juego de la búsqueda de la emoción estética.

 

La ambivalencia de las piezas de Amaya González Reyes reside en su aspecto amable, frágil, por un lado, y en su significado amenazante y agresor, por otro, lo que conforma una metáfora de aquello que siempre le ha fascinado: las relaciones de poder. Cuestiones simbólicas y formales, presentes en piezas que oscilan entre un minimalismo y un barroquismo aparentemente contradictorios. Y es precisamente esta contradicción la que nos advierte de que sus trabajos no responden a una categoría definida, sino que cada pieza se confronta con las vivencias de la artista, con sus obsesiones y frustraciones.

 

Materiales cotidianos y objets trouvés conviven con las fotografías y las esculturas, en un conjunto que habla de ilusión y representación, y que adquiere unidad en el carácter autobiográfico del trabajo de González Reyes. En el trasfondo está siempre la búsqueda, el experimento, el intento; y el azar como elemento permanente.

 

La propuesta se completa con una película, un punto de encuentro donde confluyen todas las demás obras, que funcionan de forma in(ter)dependiente en el espacio de exposición. Vivencias de una urraca (un ensayo sobre el exceso y el lujo) plantea una reflexión en torno a la sociedad del lujo y de los excesos. Se proyecta en un espacio frente a una silla vacía, que alude nuevamente a la presencia de la artista que -ausente- concede a las piezas un halo performativo. Se trata de una película de ficción, de corta duración, basada en una estructura clásica de planteamiento, nudo y desenlace. La protagonista, la artista, se confronta con su alter-ego, con ese otro yo que representa la belleza, el lujo, el poder. Toma como punto de partida esa duplicidad, para confrontarse consigo misma y ofrecernos un repaso por sus obsesiones, caprichos y otros aspectos recurrentes en su trabajo, como la dualidad realidad-ficción y la reflexión sobre la apariencia, lo imaginario o lo simbólico. Cada una de las piezas que componen la exposición -la jaula, la bombilla, el laberinto, la trampa, la carretilla, la lámpara o los autorretratos- encuentran su reflejo en la película, de forma literal o sugerida, lo que les aporta teatralidad y carácter escenográfico, en un guiño hacia el espectador que, más que nunca, se convierte en protagonista de la paradoja expresada por Jacques Rancière: 'no hay teatro sin espectador'. El espectador emancipado, el que conoce y participa, es el que da sentido a los interrogantes planteados por la artista'.

 

[Extracto del texto curatorial para el catálogo de la exposición]

 

Actualizado

el 26 may de 2016

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