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Sin título, 1953
Evento finalizado
31
ene 2008
03
mar 2008

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Publicada el 03 jun de 2014      Vista 150 veces

Descripción de la Exposición

Esta exposición, comisariada por Manuel J. Borja-Villel y Teresa Grandas, presenta una selección de más de 150 obras que permite realizar un completo recorrido por todos los periodos de la trayectoria artística de Palazuelo, poniendo especial énfasis en las obras realizadas en los años cincuenta y sesenta. Dado el carácter perfomativo de la obra de Palazuelo, en esta exposición se ha querido dar especial relevancia a sus dibujos y a aquellas obras en las que se refleja más claramente el proceso de trabajo del artista, estableciendo asimismo relaciones entre sus pinturas, sus esculturas y sus proyectos arquitectónicos. Para Palazuelo, el arte es ante todo una búsqueda, una indagación de nuevas formas y espacios, y ello queda claramente reflejado en esta muestra, en la que se cuestiona la interpretación de su obra centrada únicamente en aspectos “místicos” y “pseudo-religiosos.

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Pablo Palazuelo ha sido una de las figuras clave del arte español de la segunda mitad del siglo XX que, desafortunadamente, sigue sin gozar del reconocimiento internacional que su obra merecería.

Las razones de este desconocimiento son varias, pero sobre todo una concepción dominante excesivamente lineal de la abstracción, que arranca de las experiencias posimpresionistas en el tránsito al siglo XX y que en los años sesenta llega a sus últimas consecuencias con el minimalismo. Según esta articulación de carácter teleológico, la abstracción es la culminación de los principios de autonomía y pura visualidad propios del arte moderno. La hegemonía indiscutida de este discurso ha hecho que otro tipo de prácticas y estéticas que, aunque situadas dentro del arte moderno han interiorizado sus principios de manera heterodoxa, se hayan quedado parcialmente ignoradas. Palazuelo sería una de las figuras en tal situación. La presente retrospectiva pretende, precisamente, enfatizar los aspectos más ignorados, ambiguos e inasibles según el canon moderno en la obra de este artista, incorporando muchos trabajos que no habían sido presentados en público anteriormente. Con más de 160 obras, esta muestra incluye una amplia selección de dibujos, gouaches y pinturas. El catálogo de la exposición recupera a su vez textos del propio artista.

Palazuelo concibe el arte como «un camino para dar salida a los problemas humanos». Sus referencias a la historia de la pintura son continuas, y es especialmente importante la influencia en su trabajo la noción de línea derivada de la obra de Klee, que supone una auténtica revelación para él. También reivindica en sus inicios su interés por constructivistas rusos como Gabo y Pevsner, aunque rechaza su concepción científica de la geometría. La obra de Palazuelo ha sido clasificada por la historiografía de los últimos treinta años como una abstracción de tipo idealista, muy vinculada a corrientes de espiritualidad y a una concepción sagrada del artista y de su obra. Si bien Palazuelo se nutre efectivamente de corrientes de pensamiento vinculadas al esoterismo, la cábala y la filosofía y pensamiento orientales, también es cierto que las matemáticas, la física y el pensamiento científico occidentales son fundamentales en su trabajo. El desarrollo de la abstracción y el uso de la geometría en su obra están íntimamente ligados a un proceso analítico basado en el descubrimiento –no en la invención– de nuevas formas. Este descubrir constante que guía su trabajo se traduce en una tensión manifestada a través de las variaciones interminables de las formas.

En este sentido, la exposición no se plantea como una retrospectiva tradicional en la que se representarían cronológicamente las diferentes etapas de su trabajo, sino que se ha primado evidenciar su búsqueda de un tipo de abstracción cercana a nociones de proceso, performatividad o relacionalidad. Si bien la reconsideración de cuestiones como la geometría, o la materia, han sido centrales en su trabajo, no debemos olvidar la vinculación entre la estructura formal de la obra y la ambigüedad y la multiplicidad de referencias que su propia poética genera. Se trata de una obra que, aun dentro de la visualidad abstracta moderna, se vincula con prácticas y estéticas más relacionadas con lo simbólico, que exploran los espacios intersticiales que se generan a partir de lo visible, y en cuya búsqueda y afloración es esencial la intervención del espectador.

En 1967 Michael Fried escribió su célebre ensayo «Arte y objetualidad», en el que utilizaba el concepto de teatralidad como una crítica a ciertas prácticas entonces emergentes, sobre todo el minimalismo, que desde el punto de vista de la visualidad moderna implicaban la desaparición de la obra de arte autónoma y su confusión con lo ordinario. En ese ensayo, la visualidad pura y descorporeizada del arte moderno se define por oposición a nociones de teatralidad.

Esta oposición de una visualidad autónoma, autorreferencial frente a una noción de teatralidad que implica lo discursivo, lo performativo y lo textual es característico de las formulaciones del arte moderno desde sus fundamentos históricos, enraizados en Manet y Cézanne, y llega a sus formulaciones últimas y más depuradas en este momento posterior a la Segunda Guerra Mundial. La condición de teatro comportaba que el significado y valor de la obra dependería del intercambio que se produce entre los espectadores y la obra en el espacio público, así como de las articulaciones discursivas en torno a la obra. Toda obra «teatral» tendría entonces una naturaleza textual, es decir, funcionaría como un guión que se actualiza a través de la experiencia del espectador. El espectador se convierte en el intérprete, en el actor de la obra, la cual permanece en un estado potencial y abierto, es decir contrario a la autonomía moderna, hasta que ocurre tal encuentro se produce.

En el trabajo de Palazuelo, se produce una confluencia paradójica de formas de visualidad propias de la abstracción moderna con métodos de trabajo de carácter performativo y teatral, afines a la noción de teatralidad planteada por Fried en su crítica al minimalismo. El método de descubrimiento de formas en Palazuelo no parte de una idea preestablecida, ni siquiera busca la forma unívoca, sino que lo importante son las relaciones que se establecen entre las formas. No trata de representarlas, sino de colaborar en el acto de su aparición. A su entender eso conlleva, por parte de quien contempla la obra, una lectura que va más allá de la interpretación o traducción formalista. Las formas tienen algo de cinéticas, en el sentido de que son abiertas y es el espectador quien ha de completarlas; generan constantemente transformaciones, diálogos continuos que fuerzan el espacio que se genera entre ellas, un espacio relacional. La imaginación juega un papel importante puesto que es un medio de activación de la realidad escondida y el mundo real es, asimismo, un órgano de conocimiento. La literalidad en el caso de la obra de Palazuelo es fruto de un proceso interior, reflexivo, a diferencia de la literalidad objetual del minimalismo.

La trayectoria de Palazuelo no es lineal: las formas aparecen, se esconden, vuelven a manifestarse de diferentes modos con el paso del tiempo. En este sentido, la repetición es consustancial a su trabajo, a través de estructuras que mediante un proceso de manipulación, provocan «generaciones metamórficas que forman familias», de un modo biológico. Las familias (Palazuelo nunca habla de series), no son más que la consecuencia del análisis de las estructuras y de las necesidades y sensaciones positivas psíquicas (e incluso físicas) que le producen. Podríamos hablar de un proceso o método de juego que usa lo familiar en una sucesión de relaciones que materializan lo desconocido.

Fruto de una jerarquización académica de los diferentes soportes, por la que se prioriza el cuadro o la escultura como obra final, se ha hecho quizás demasiado énfasis en las pinturas de este artista y en la separación de los medios utilizados. Sin embargo, tal como mencionábamos antes, en Palazuelo es muy importante el hecho performativo, la acción misma de la búsqueda. En este sentido, el dibujo adquiere una centralidad en la obra, puesto que ayuda a reconsiderar su trabajo no como objeto sino como proceso. La obra no tiene la especificidad de lo pictórico o lo escultórico, sino que ocupa un espacio cambiante que, aunque no es un espacio literal, sí es concreto, y requiere la participación del espectador para ser completado.

Actualizado

el 26 may de 2016

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