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José Ramón Lozano. Vanitas — Cortesía de la galería BAT - Alberto Cornejo
Evento finalizado
10
may 2019
22
jun 2019

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Cuándo: 10 may de 2019 - 22 jun de 2019
Inauguración: 10 may de 2019
Dónde: BAT-Alberto Cornejo / María de Guzmán, 61 / Madrid, España
Organizada por: Galería BAT Alberto Cornejo
Artistas participantes: José Ramón Lozano
Etiquetas:
Publicada el 06 may de 2019      Vista 103 veces

Descripción de la Exposición

JOSÉ RAMÓN LOZANO Y LA PINTURA CONTEMPORÁNEA Si algo ha caracterizado la pintura y en general el arte, llamado “contemporáneo” para diferenciarlo del “moderno”, desde el final de las vanguardias, es la falta de certezas y de dogmas que se hallan en los manifiestos de los ‘ismos’ del siglo XX. Esta clara delimitación de los distintos movimientos artísticos está ausente en el arte de hoy y se ha convertido en la marca crucial por la que se identifica a todo el arte contemporáneo. La desaparición de las escuelas ha dado lugar a la mezcla de los diferentes estilos que se pueden encontrar en toda la historia del arte. Así, la claridad y optimismo del modernismo, donde la confianza en el progreso llevaba al ser humano a ir siempre hacia delante, ha desembocado en la confusión y ambivalencia del mundo contemporáneo, donde son muchos los que cuestionan ese avance y preconizan que tanto desarrollo tecnológico no hará sino acabar con el planeta. De este modo el artista contemporáneo ya no se conforma con expresar sus sentimientos individuales en las obras que realiza sino, al igual que hace un teórico, exponer sus ideas a través de los materiales que utiliza. Es en este acercamiento hacia un determinado tema que José Ramón Lozano presenta sus paradójicas figuras: grandes cabezas y naturalezas muertas suspendidas en el espacio y en el tiempo. Visualizaciones que más parecen la consecuencia de un vano recuerdo. La pintura de José Ramón Lozano se mueve entre la contradicción de la falta de emoción del artista, que no traslada sus sentimientos a la obra sino que por el contrario ejecuta esta de un modo frío casi científico, como si se tratase de un físico organizando y midiendo las masas de una superficie; y al mismo tiempo la carga emocional que envuelve al espectador cuando contempla estas configuraciones hieráticas que oscilan entre la vida y la muerte. Un baile de contrastes, entre lo natural y lo artificial; lo abstracto y lo figurativo; lo racional y lo emocional; el movimiento y la quietud, expresado en esos espectros cuyo tratamiento semeja al de las estructuras arquitectónicas. Unos seres que funcionan a la manera de espacios. Y es que la obra de Lozano se cimenta sobre dos pilares fundamentales: la película de Ingmar Bergman Gritos y Susurros (1972) y los cuadros Color Field de Mark Rothko. Si de la primera, más explícita, el artista extrae los primeros planos de rostros con bocas anhelantes que pululan gran parte de sus lienzos; para entender la segunda influencia hay que remontarse a su periodo de estudios en la Facultad de Bellas Artes Alonso Cano, en Granada, cuando descubre a raíz de un viaje efectuado a Madrid para ver la feria de Arco en 2002, el cuadro Verde sobre morado del pintor letón en el Museo Nacional Tyssen-Bornemisza. Será esta impresión según sus palabras de “emoción concentrada a través del espacio” la que trasladará a sus lienzos durante esta etapa de formación. Primero utilizando formas abstractas para después darse cuenta, a consecuencia de los encargos de retratos que le surgen en su último año de carrera, de que al descomponer las aglomeraciones corpóreas de las facciones del cliente y desarticular estas en manchas de color, obtenía como resultado una composición constitutiva a partir de un individuo. Este interés del artista por la construcción estructural puede estar justificado en la racionalidad con la que siempre aborda sus obras, dejando muy poco espacio para la improvisación, y prefiriendo en su lugar la ciencia y la técnica; hasta el punto de que su primera opción era hacer un bachillerato tecnológico con la idea de estudiar luego arquitectura. Por consiguiente, el artista ceutí convierte a sus retratados, por regla general personas cercanas al entorno del pintor, en objetos a través de un proceso que comienza con la toma fotográfica que realiza ex profeso de sus modelos, siempre en poses alejadas de las grandes pasiones, afectos y dramas; hasta cosificarlos y hacer de ellos, capa tras capa de acrílico, catedrales creadas para su contemplación. Sin embargo, a pesar de que el artista no deposita ni un ápice de sus sentimientos en la captación del modelo y sus rasgos individuales, sin dejar entrever ni tan siquiera la opinión que le confiere la persona que retrata, y reduciendo esta a un amasijo de pigmentos, es tras la repetición de un mismo tema, ya sea una testa, un torso, o una planta, que Lozano comienza a descubrir elementos que antes desconocía y de los que hace partícipe al espectador. Esto es especialmente esclarecedor en los retratos de su mujer, donde la insistencia en reproducir una y otra vez una misma efigie con igual encuadre y gesto, sin atender a aspectos relacionados con cualquier tipo de índole, sino limitándose única y exclusivamente a apropiarse de la fotografía a través de áreas cromáticas, le lleva a desvelar la naturaleza oculta del modelo, transformada ahora en concepto. FERNANDO RODRÍGUEZ SALAS

Actualizado

el 10 may de 2019